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Camila Vera
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Por Camila Vera Criollo.

Detrás de las noticias, reportajes, columnas, entrevistas, crónicas y cada uno de los productos periodísticos que consume la audiencia virtual y no, hay un profesional que en tiempo pandémico ejecuta su labor con mayor compromiso. Desde el 15 de marzo de 2020, cuando el Gobierno peruano decretó el aislamiento social obligatorio, los periodistas han caminado sobre las ranuras del aprieto sanitario para luego mostrarlo desmigajado, comprensible a un público cuyo ánimo ya está conmovido por una cuarentena, una estrechez económica y una crisis política.

El esfuerzo ha logrado mantener informado a un país, pero también ha dejado una cifra que, en el Día del Periodista Peruano, duele incluso más: un conteo de la Asociación Nacional de Periodistas del Perú (ANP) certifica que 82 trabajadores fallecieron a causa de la COVID-19 en los cinco primeros meses de la emergencia nacional, el saldo más alto en Latinoamérica. Del total, 35 se contagiaron mientras desempeñaban sus actividades.

Es un año atípico. Se trata de una amenaza que además de multiplicar números y dividir familias exige ser documentada bajo un rigor profesional, una ecuanimidad que cuide la memoria colectiva. Renzo Salazar Camacho, reportero gráfico del Grupo El Comercio, es uno de los encargados de velar por esta rectitud periodística.

Renzo Salazar es parte del equipo fotográfico del Grupo El Comercio. Foto: José Rojas Bashe.

Escenarios

Aliado de una Canon EOS-1D X Mark, Renzo ha capturado los rincones de una Lima solitaria, las estancias improvisadas de viajeros sin hogar, el desacato de ciudadanos nocturnos, las carencias de poblaciones vulnerables, las nuevas versiones de las entrevistas políticas, los reclamos carcelarios, la liberación de Keiko Fujimori, las celebraciones de padres y madres, las lágrimas también… pero el cometido más complejo fue reunir en una galería fotográfica la faena de los recolectores de fallecidos por COVID-19.

Trabajadores de Piedrangel recogen a un fallecido por COVID-19. Foto: Renzo Salazar.

“El primer día llegué a casa paralizado”, afirma el reportero gráfico, quien del 23 al 26 de mayo recorrió Lima y Callao junto con los recolectores de Piedrangel, un crematorio que antes de la pandemia solía incinerar una docena de cuerpos y que ahora supera el centenar por día.

La solución de amonio cuaternario después de visitar cada vivienda reducía la posibilidad de contagio, pero no quitaba el impacto del desconsuelo familiar. Renzo recuerda, por ejemplo, las palabras de una joven en el distrito de Independencia: “Pero, ¿por qué te fuiste si tú me dijiste que te ibas a quedar conmigo?”. Era un adiós al patriarca. “Se me quedó grabadísimo. […] Es la negación de la muerte, es no aceptar que la familia ya era víctima del virus, que el virus ya había llegado a la casa”, relata el reportero.

La disciplina del oficio

“Ese día llegué a casa con la frase en mi cabeza. Se me ponía la piel de gallina, pero también estaba tratando de bloquear todo tipo de pena y emociones para poder hacer el trabajo”. El profesionalismo que lo llevó a ganar la categoría Innovación y Fotografía periodística –Agresión a Tubino– de los Premios Nacionales de Periodismo 2019 fue el motor que lo mantuvo alerta, firme. “Por ponerte en los zapatos de la familia puedes llorar junto a ella, abrazarla. No es la idea tampoco, teníamos que recorrer varias casas”, confiesa Renzo. “Hay que tener en cuenta que cada uno tiene una función. Al policía también le dará mucha pena […] Pero creo que hay que saber por qué estamos ahí, ¿cuál es la misión? Si es periodística, pues hacerla bien; si es de salud, también”.

Gabriel García Márquez afirmaba que la ética debe acompañar siempre al periodismo, como el zumbido al moscardón… En el caso de Renzo, como los implementos de desinfección al morral. Encuadrar una pieza requiere talento y una buena dosis de alcohol. “La cámara es un foco de infección. Uno se frota el ojo, la nariz, la boca… el rostro entero”. Renzo experimentó la nueva concepción que tiene el contacto corporal. Si antes era ordinario comer en medio de una comisión, aquí el hambre debía esperar. Si antes alcanzar un ángulo ambicioso requería piruetas y soportes espontáneos, ahora representaba un riesgo gigante apoyarse en un vehículo desconocido.

Pero novedades hay muchas. La pandemia se ha encargado de evidenciar nuevas formas de convivencia, de compra, de sueño y hasta de duelo: “Hace unos meses la gente lloraba con un pañuelo en la mano, ahora llorar con un celular. Es el último recuerdo que puede tener de un familiar al que no volverá a ver”, señala el reportero.

Una familia despide a miembro fallecido por COVID-19. Foto: Renzo Salazar.

Soledades

Pero así como hubo familias a las que Renzo les aseguró que su trabajo estaba respetando la dignidad del fallecido, hubo un cadáver solitario. Era Neptalí, según los vecinos, un taxista que había perecido dentro de su vehículo, el mismo que jugaba el papel de casa. Una semana atrás había empezado a sentir los síntomas. Lo último que hizo fue llegar a un estacionamiento en Cercado de Lima.

Su cuerpo, como el de los recolectados en San Martín de Porres, Los Olivos, Independencia y cada uno de los sitios que indicaban los mensajes de WhatsApp, fue incinerado en uno de los siete hornos del Cementerio de la Policía Nacional del Perú en Chorrillos.

El reportero gráfico se ha codeado con los números, con el virus y con la cara de la muerte. “He visto los rostros. Si se me borran de la mente, los tengo en fotos”. Es una dinámica de la que no puede liberarse, tal vez solo aplazarla unos días, luego de manejar bicicleta para soltar los recuerdos y encadenar la aflicción. Después debe revisar cada imagen una y otra vez hasta lograr un resumen de doce o quince fotos, una cantidad que no se compara con los ratos de duda por ser portador o no.

Recolectores de Piedrangel trasladan a uno de los más de cien cuerpos que recogen diariamente. Foto: Renzo Salazar.

Luego de ocho pruebas de descarte y de tomar distancia de su familia, Renzo afirma que después de esta vivencia, con gusto asumiría cualquier otro reto: “Dudo mucho que lo que venga sea tan grave. Estaré listo para lo que siga, para lo que pase”. Por lo pronto, frente a él han pasado dos trabajadores que ahora forman parte de los 32 324 fallecidos por COVID-19 en el Perú. Uno de ellos era un camarógrafo del Canal 5 y el otro, un chofer que lo había llevado a cubrir una comisión unas semanas atrás.

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El lenguaje visual

La fotografía como medio de gran alcance de la expresión y de comunicaciones ofrece una variedad infinita de opiniones, de interpretaciones y de ejecuciones. Lo dijo Ansel Adams, un fotógrafo estadounidense, y lo practica Renzo en cada una de sus tomas: “Es una desgracia que la gente muera, pero creo que también es una prueba para ver qué tan empáticos somos con las personas que estamos visitando. […] Hay que ser bien responsable en la forma de compartir ese material. […] No quiero faltarle el respeto a ninguna persona que fotografíe”.

El encuadre de la Canon ha capturado, por ello, también escenas que le dan un giro a tanta angustia. Es el balance, según Renzo. La lista no es tan extensa como la de los periodistas que han fallecido a causa del COVID-19, pero comprende las entregas de productos de primera necesidad a familias empadronadas, la donación de sangre de peruanos solidarios, el relajo de un gato al lado de su dueño, la contemplación de un padre y un hijo, la espera de un perro fidelísimo afuera del hospital Almenara, un pollo de tamaño humano en pleno protocolo de seguridad. “Pasan cosas tristes, pero no es solamente todo lo que pasa”, señala el reportero gráfico.

El trabajo de Renzo Salazar es una muestra del ejercicio arriesgado pero valioso de los periodistas peruanos que sí llegaron al hoy, a la fecha que conmemora la creación del primer diario de circulación continua en el país –el Diario de Lima–, fundado por Jaime Bausate en 1790. Los años quizá han decolorado páginas y nombres, pero este logro se ha instaurado como el marco ideal para que el periodismo saque a la luz, también, el recuerdo de aquellos colegas que se quedaron en el camino.