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Por: Hernán Yamanaka

La muerte encontró a Napoleón Bonaparte a la caída del sol del 5 de mayo de 1821, desterrado en la lejanísima isla santa Elena, el verdadero fin del mundo. Seis años antes había dejado el poder derrotado en Waterloo y -descortésmente traicionado por los británicos que fingieron ser sus anfitriones- llevado a esa roca semiprehistórica al fondo del Atlántico, a 8000 kilómetros de su amada Francia.

En Longwood House -así se llamó la casa de residencia- el emperador y los cinco fieles generales que lo acompañaron desde Europa escribieron el final del sueño napoleónico.

El dictador bienintencionado

El genio de Napoleón es indiscutible. Extremadamente lógico (lo estratégico-táctico fue su fuerte), pragmático, visionario y audaz son algunas características del Gran Corso. Hijo de la Ilustración y de la Revolución Francesa, supo ir más allá de ellas y darles una forma más ordenada, menos excitada.

Dio un golpe de Estado contra el Directorio, órgano colegiado que detentaba el poder de la República (el 9 de noviembre de 1779 o el 18 de brumario del año VIII del calendario de la Revolución). Sin derramar sangre, con la elegante persuasión de las armas, Napoleón logró la caída del régimen   -en verdad muy ineficiente y corrupto- y ser nombrado primer cónsul (al inicio por 10 años). Su poder absoluto le permitió hacer y deshacer en una Francia sedienta de paz y necesitada de protección, ante los reinos europeos que la miraban como enemiga: el republicanismo revolucionario francés era una amenaza al absolutismo monárquico y no sería tolerado.

Entonces, surge este militar, este cónsul, este emperador como arquitecto en el caos de la nueva República y como encarnación de un destino común contra el enemigo colectivo. El resto es historia conocida.

Debe y haber

La biografía de Napoleón es la de un hombre tan sobresaliente como ambiguo, sus luces compiten con sus sombras. El «Debe» napoleónico pesa mucho. Desconcertante serán siempre la restauración de la esclavitud en las colonias francesas (sistema abolido por la Revolución); la indiferencia al exorbitante número de bajas que producía sus campañas; el nepotismo impúdico que lo llevó a convertir a sus familiares en testas coronadas; la megalomanía con la que hablaba, actuaba y decidía.

En el «Haber» de esa vida están su deseo de estabilizar Francia, aún caótica por la farra de la Revolución; volver a la convivencia civilizada promulgando códigos (destaca el Código Napoleónico de 1804 que aún hoy es ejemplo en lo suyo); su ánimo constructor que hizo de París un modelo de urbanismo; reformar el sistema educativo; abolir los resquicios de feudalismo; instaurar la libertad religiosa, al punto de ser bendecido en la coronación por Pío VII; ordenar la economía creando el Banco de Reserva, entre otros muchos logros.

La Legión de Honor

Napoleón tenía claro que era preciso honrar a los ciudadanos que aportaban a la grandeza de Francia y, al mismo tiempo, crear una nobleza basada en la excelencia y no en el origen: una nueva orden constituida por la meritocracia que no recordara las taras del Ancien Régime. Por ello, creó la Legión de Honor (1802), condecoración que premiaba los más altos servicios prestados a la nación y cultura francesas.

Este honor se volvió parte de la historia de Francia y hoy se entrega también a extranjeros sumamente destacados. Varios peruanos son miembros de la Orden: Jorge Sanjinés Lenz, excombatiente por Francia en la Segunda Guerra Mundial; Salomón Lerner Febres, ex rector de la Universidad Católica; Mario Vargas Llosa, entre otros. La Legión de Honor es reconocida como una de las mayores distinciones civiles del mundo.

La muerte del emperador

¿De qué murió Napoleón? La autopsia dice que de cáncer estomacal, algunas teorías que fue envenado (el famoso arsénico) y no faltan los que culpan a la pena como causa de la muerte. Lo último no es delirio, pues no hay duda que Napoleón sufrió una profunda melancolía (¿o depresión patológica?) en su severo encierro sin cadenas, un deshacimiento por todo lo perdido: la corona imperial, la gloria, su hijo, la familia, sus amadas tropas…incluso la esperanza. A Napoleón lo mató un tumor y también haber sido sepultado vivo.

Por si faltara algo, sus años finales fueron doblemente amargos por la severidad del encargado de su detención, sir Hudson Lowe, gobernador de la isla, empeñado en atormentar con guante blanco la resistencia de Napoleón (a quien llamaba despectivamente: «El general»). Al expirar, las últimas palabras del emperador fueron: «France, l’armée, Joséphine» que sintetizaban sus grandes amores… la patria, sus soldados, Josefina.

Una celebridad incómoda

Desde hace mucho el Affaire Bonaparte es una piedra en el zapato de los Gobiernos franceses que no saben bien cómo tratarlo. El emperador es omnipresente y, a la vez, muy incómodo: ¿Cómo celebrar a un advenedizo, a un ambicioso y astuto que restableció -maquillada- la monarquía decapitada por la Revolución? ¿Y cómo no ver su gran obra legislativa, arquitectónica, cultural y esa leyenda que ha traspasado el tiempo y la imaginación, tocando incluso el humor del mexicano Chespirito con su personaje «Chaparrón Bonaparte»?

Napoleón Bonaparte: doscientos años de haberse apagado en esa roca que abofetean los vientos llamada santa Elena. Su sombra, tan grande, sigue dado serenidad y frio, ilumina y desconcierta. El Gran Corso duerme ya al margen de juicios y especulaciones en el cuádruple ataúd que lo acoge, como un seno, dentro del rojizo sarcófago de cuarcita que parece un altar. Él, tan consciente de su grandeza, tan autosuficiente… ¡cómo reirá al saber que reposa en un lugar llamado Los Inválidos!