Foto: Jair Villacrez
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Diego Ato

Muchos han dejado Cuba. Para la mayoría, es un momento de esperanza por lograr un mejor futuro, pero también de cierta tristeza por dejar a la familia, los amigos y la patria. Cinco cubanos recuerdan ese momento, qué los llevó a tomar esa decisión y lo que enfrentaron.  

Ignacio Abella tiene 49 años. Nació y creció en Baracoa. “Al este de Cuba. Es uno de los primeros lugares que visitó Cristobal Colón en el encuentro de Europa y las Américas”, comenta. Es también la primera ciudad fundada en el país. Sin embargo, Ignacio vive desde hace 21 años en el viejo continente, específicamente, en Londres. Ahora, recuerda el momento en que dejó su país.

“En los 90, la crisis tocaba fondo y muchos tenían la idea de escaparse de Cuba. Esa es la palabra: escaparse. Ahora está pasando lo mismo. Yo salí cómodamente en un avión, pero muchos cubanos salen en balsa, en bote o salen en un avión a otro país de Centroamérica y luego suben a EE. UU. Las personas que pueden se van de Cuba. Yo me traje a mi hermano”, cuenta.

Después de finalizar la carrera de Lengua y Literatura Inglesa en la Universidad de Oriente en Santiago de Cuba, Ignacio no encontró trabajo en esta ciudad. Él estaba interesado en trabajar en turismo como intérprete, pero finalmente tuvo que regresar a Baracoa, donde el Gobierno le asignó una plaza en la oficina de Servicio y Gestión Cultural de la Casa de la Cultura de su ciudad. En aquella época, explica, hasta principios del 2000, el Gobierno ubicaba a los universitarios graduados en cualquier trabajo para no contar con desempleados.

Ignacio en su cumpleaños número cuatro con su hermano (el bebe en brazos) y amigos.
Ignacio en su cumpleaños número cuatro con su hermano (el bebe en brazos) y amigos.

Él vivía con su madre y hermano menor. En su trabajo, un 17 de agosto de 1999 conoció a quien sería su esposa durante un tiempo, una ciudadana británica. “Ella estudiaba Cultura Latinoamericana, y fue a pasar un año en la Universidad de La Habana. Antes de iniciar, paseó por toda la isla. En Baracoa, lo primero que hizo fue visitar a la Casa de la Cultura”. Exactamente un año después, nació su hija en Londres.

Los trámites para salir de Cuba fueron relativamente fáciles para Ignacio. Se casó en su país. Solicitó la visa para el Reino Unido, que costó USD 400, y solicitó el permiso para salir de Cuba, que fueron USD 100 más. El 1 de mayo de 2000 fue su último día de trabajo y el 11 de mayo del mismo año ya se encontraba en Londres.

Lo complicado fue contarle a su madre. “Eso no quiere oír ninguna madre. No entendía por qué. Fue peor cuando mi hermano también se lo dijo”.

Con los amigos y los colegas tampoco fue fácil despedirse. En aquella época, el Gobierno cubano era más estricto con las personas que mantenían contacto con cubanos que habían dejado el país. “Tuve que explicar en muchos sitios por qué me iba. Había que hablar con amigos que, en esos momentos, no podían tener amistad con personas que vivían fuera de Cuba. Debí tener ese tipo de conversaciones. Eso duele mucho: decírselo a una amistad de la infancia o un familiar y saber que, cuando vuelvas, no pueden visitarte ni saludarte”.

A Ignacio le interesaba viajar y conocer otros países, pero hasta ese momento no se había imaginado su vida fuera de Cuba. Fue el primero en su familia en irse a vivir al extranjero. Su caso no era como el de otros jóvenes que vivían pensando en dejar su país, pero se lo planteó pensando en que no le gustaría que sus hijos sufrieran lo que él sufrió en cuestiones de educación.

A su memoria viene un hecho: casi pierde la carrera universitaria por cuestionar las opiniones del Partido Comunista de Cuba. En 1993, lo retiraron de la universidad. Le comunicaron que había suspendido un examen y le quitaron el derecho a dar los exámenes de recuperación. El siguiente año fue el histórico Maleconazo, en el que miles de personas protestaron contra el gobierno en el Malecón de La Habana. Cuba pasaba por una crisis en los 90 conocido como periodo especial, ocasionado por la caída de la Unión Soviética, que era el principal sustento económico de la isla.

“La solución en aquella época fue dejar que todo el mundo se vaya. Se especula que ese verano salieron 30 mil o 40 mil cubanos, incluyendo varios funcionarios de mi universidad. Todos los comunistas que sabían de mi retiro, se habían ido de Cuba. No había pruebas. Volví a continuar mi carrera en 1994”, cuenta Ignacio.

Recordar esos años inevitablemente lo llevan a hacer un paralelo con las protestas recientes del pueblo cubano, las del 11 de julio. Veintiún años más tarde, observa que sus compatriotas más jóvenes quieren coger un bote y salir. “La economía es un desastre. Hay una apatía general. Sesenta años de sacrificio no se aceptan más. La juventud que se manifestó son los que están cansados porque vieron sacrificarse a sus abuelos, a sus padres, a sus amigos”.

Esta última crisis en el país no se la ha contado los noticieros, sino su propia madre, quien le decía que no había medicina. “En Cuba, hay mas cárceles que hospitales, más patrulleros que ambulancias. Se han gastado tantos millones de dólares en todo eso… Me duele porque la tragedia de Cuba me ha tocado personalmente. Mi mamá falleció el 28 de junio, por la COVID. El dolor que tengo y la rabia son muy fuertes. Ver que Cuba regaló las vacunas a Venezuela y no había para ponerle una a mi madre…”.

Querer irse, no se dice

La idea estaba presente desde los 15, pero lo tuvo claro a los 18 años. Ana Nápoles Quesada nació en la ciudad de Manzanillo en Granma. Actualmente, con 34 años, vive en Atlanta en Estados Unidos desde hace diez años. Ella explica que desde joven sabía que quería dejar Cuba, pero prefería no comentarlo. Nadie lo decía por la cultura de secretismo que se vive en su país y porque si se enteraban las personas incorrectas podían expulsarla de la escuela.

Ahora, Ana sabe que no era la única de su entorno que quería salir de la isla. Con el tiempo, ha podido ver que muchos de sus compañeros de estudios viven en Estados Unidos.

Ana comentaba su intención de irse con su madre, pero ella no la tomaba en serio. Su madre era apolítica. “Iba al trabajo y regresaba. Mientras tenía algo de comida, no le importaba”, comenta. También le contaba esta idea a abuela paterna y su padre, quienes estaban de acuerdo con esta idea.

Ana dice que es gitana porque en Cuba vivió en Manzanillo, la Isla Los Pinos y en La Habana, y en Estados Unidos en Miami, Texas, y en Atlanta.

Su padre, quien se mudó a Varaderono quería que Ana se quedara en Cuba porque creía que ahí no tendría futuro. «Él estudiaba Medicina, pero no lo dejaron finalizar la carrera. Se frustó. Se hizo arrendatario de una casa en varadero. Se volvió prácticamente un opositor del Gobierno».

Ana siempre lo visitaba en vacaciones y en esos diálogos fue comprendiendo temas de los que en Cuba no se habla, sobre todo de cómo era la vida afuera. Su padre le compartía sobre lo que conocía por medio del contacto que tenía con muchos turistas.

Otras experiencias de su vida también le hicieron dudar del discurso del gobierno. Ella vivió en Manzanillo hasta los 6 años, luego su madre la llevó a la Isla Los Pinos, o más conocida como la Isla de la Juventud. Vivía con su madre, su padastro y sus hermanos. Sin embargo, a los 15 años ganó una plaza para estudiar el preuniversitario en La Habana para estudiantes destacados en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Vladimir Ilich Lenin.

“Ahí estudiaban los hijos y nietos de todas las altas esferas del Gobierno. Compartí escuela con nietas del Che Guevara, con nietos de Fidel Castro, de Raúl Castro, con un sobrino de Diaz Canel, con una muchacha americana cuya mamá era periodista y que iba a esa escuela y con muchos otros niños que eran hijos de mamá”, cuenta.

Continúa: “Uno llevaba una merienda bien sencilla, pero ellos reforzaban el almuerzo que les daban en la escuela con distintos tipos de enlatados, como salchichas. En esa época, una lata así podía costar la mitad de salario de un mes de un trabajador, y ellos llevaban 10 a la semana. En ese momento, me empiezo a dar cuenta que lo que se le exigía a los demás y lo que realmente ellos vivían eran dos mundos diferentes”.

Todos estos hechos le hicieron ver la diferencia de su nivel de vida con el de estas personas y fueron confirmando esa idea de dejar Cuba.

Ana Nápoles estudió Lengua y Literatura Francesa en La Habana.

Finalmente, en el 2004, su padre decidió presentarse a la oficina de la Embajada de EE.UU. que atendían los casos de refugio político. Él expuso las razones por las que solicitaba asilo para él, su hija y su madre, la abuela de Ana. Le respondieron que su situación tenía base para la solicitud, pero que su madre no aplicaba. De igual manera, él hizo la aplicación formal y recibió un número de caso. “De ahí solo había que esperar. Todo el proceso duró siete años”.

Les dieron la visa y con esta se dirigieron a Migraciones para solicitar su pasaporte. “La persona que nos atendió se asombró. Le chocó y nos preguntó que por qué habíamos pedido esa visa”.

El Gobierno de los EE.UU. no les requería un pasaporte para la solicitud de asilo, ya que el costo de este documento es bastante alto para que un cubano lo realice sin la certeza de que podrá usarlo (55 CUC). Por ello, recién con la visa solicitaban el pasaporte. Se demoraron alrededor de quince días para la entrega de este documento.

Ana y su padre debían solicitar un permiso de salida. Esperaron cerca de dos meses para recibirlo. “La Seguridad del Estado iba a averiguar con los vecinos a preguntar sobre nosotros”.

A su madre le chocó la noticia. Ana estaba en el último año de licenciatura de Lengua y Literatura Francesa, pero decidió abandonarla porque temía que si la finalizaba no la dejaran salir. “Ella tenía ansias de verme terminar la carrera, pero en esa época, después de graduarte, tenías que trabajar 3 años donde el gobierno te ponga. Como obtuve la visa dos meses antes de licenciarme, yo tomé la decisión de no licenciarme. Yo le dije que me iba. Prefiero ser libre y no ser licenciada”.

Escapar de las amenazas

Para Lázaro Jesús Peña Ramos, de 24 años, la idea de dejar el país siempre estuvo presente. “Es el sueño de todo cubano. No tenemos ningún futuro aquí. Estudiar es por gusto. Una persona que hace housekeeping en un hotel gana más que un profesional”.

Él es de Holguín y es hijo único. Vivía con su madre y su abuela. Dejó Cuba en abril del 2019 tomando un vuelo a Nicaragua. No pidió ninguna ayuda ni consejo a familiares ni amigos. Solo estuvo cuatro horas en este país. Cogió un taxi a la frontera. Ahí lo esperaba un coyote que lo cruzó a Honduras. Siguió a Guatemala, luego a la frontera de México y, por fin, a los Estados Unidos.

“Ahí yo tuve que arreglármelas solo. Un coyote me estafó”, comenta.

A pesar de que no se consideraba un activista, él estaba seguro que si se quedaba en Cuba iba a ir preso. “Comienzo a tener acceso a las redes sociales y a compartir publicaciones de los opositores. La Seguridad del Estado (SE) comienza a hablar con mi mamá y la amenaza con que la pueden sacarla del trabajo por mí. Yo ponía mensajes de ‘¡Abajo el comunismo!’”.

Lázaro pertenecía al movimiento El Evangelio Cambia, liderada por el pastor venezolano Javier Bertucci.
Lázaro pertenecía al movimiento El Evangelio Cambia, liderada por el pastor venezolano Javier Bertucci.

Otro incidente que tuvo con el gobierno fue el 24 de febrero de 2019, cuando se dio el referéndum para aprobar la nueva constitución. La policía lo visitó en su casa para ordenarle que votase, ya que él no lo había hecho. Lázaro cuestionó que si era voluntario por qué debía ir. “Lo mejor que puedes hacer es callarte, firmar el papel aunque no estés de acuerdo”, asegura que le respondieron las autoridades. No firmó.

Al poco tiempo, la policía lo volvió a visitar. Esa vez fueron directo a buscar entre sus pertenecías hasta que encontraron una bandera de los Estados Unidos. Le advirtieron que si no seguía los ideales de la revolución podía ir preso, y se llevaron el símbolo americano. Estos tres hechos no le dieron otra alternativa que irse de Cuba.

Lázaro afirma que siempre estuvo en contra del régimen. Para él, la educación en su país es un adoctrinamiento macabro porque desde niños se busca que adoren a Fidel Castro y al Che Guevara. Él cree que su generación, al tener más acceso a internet y ver el mundo exterior, se dio cuenta que el sistema cubano no sirve.

Para Lázaro, cualquier cosa que podía pasarle era preferible a que quedarse en Cuba. “Fue bien duro. Tenía dos opciones: irme y ser libre, o quedarme con mi familia y mi mamá, que la dejé sola. Dejé mis amigos, mi vida allí, sin saber cuándo iba a volver. Fue doloroso ver a mi mamá sufriendo, desconsolada por su hijo que se iba, porque muchos son asaltados o secuestrados por un coyote”.

Actualmente, vive en Kentucky y su situación legal es compleja. Se encuentra solicitando asilo político. Comenta que cuando cruzó la frontera no sabía que tenía que pasar por inmigración. “Yo pasé la frontera ilegal y la policía no me detuvo. Saqué un boleto para Miami. Mi idea era que iba a estar un año y luego presentaría mi residencia, pero no fue así porque no tenía un papel de mi entrada al país. Me dijeron que mi única alternativa era pedir asilo político”.

Ser hijo de una dama de blanco

Eddy Ciarreta Álvarez es de La Habana, pero actualmente vive en el estado de New York. Tiene 32 años ahora. Él dejo su país en el 2018. “Fue un día muy duro para mí. Abracé a mi abuela. Me dijo que no llorara. Solo pude hacerle una reverencia: ‘¡No me ves más nunca’. Dejé a mis hermanos y a una pequeña hija”.

Él cuenta que sufrió represión por expresar sus ideas y por ser hijo de una activista, de una integrante de las Damas de Blanco, movimiento opositor fundado por Laura Pollán que reúne a esposas y familiares de presos políticos en Cuba. “Mi madre, quien en paz descanse, padecía de esquizofrenia paranoide. A ella no la dejaban trabajar en un centro de trabajo común por eso se dedicaba a vender tazitas de café a 1 peso cubano. Cuando ella le exigía alguna ayuda al Gobierno cubano, salía conmigo a protestar”.

La época escolar para Eddy fue bastante confusa. En las clases, escuchaba a sus profesores culpar de todos sus problemas al imperialismo yanqui, que debían prepararse para cuando los yanques quieran invadir Cuba, que el Che Guevara era tratado como un dios, entre otras cosas. “No sabía quién era el malo: si era mi mamá o el gobierno. Un día mi madre me dijo: ‘Tú eres un ser humano que viniste a la vida, tu libertad nadie te la puede decir cómo pensar, cómo hablar, cómo pensar, cómo caminar, por dónde hablar. La única persona que te lo puede decir es tu madre’”.

Sus compañeros le decían ‘gusanito’ por ser hijo de una opositora —entre los insultos que reciben los disidentes en Cuba se les llama gusanos y mercenarios—.  No termino la escuela, sino que la abandonó en séptimo grado por el continuo bullying.

Así heredó el activismo. De joven, estuvo preso durante un año en el 2006. “Me acusaron por robo con violencia, algo que no había cometido en mi vida. Simplemente me querían silenciar”, explica.

Más adelante, trabajó en el área de mantenimiento del Hospital Universitario Miguel Enríquez, pero fue expulsado y prohibido de laborar en todo centro de salud del país. Él explica que esto sucedió por estar en contra del sistema salarial del sistema hospitalario y por compartir sus ideas sobre esta situación con un colectivo de trabajadores. Él ganaba 11 dólares por mes en este empleo.

Luego se dedicó a trabajar como mesero en restaurantes. El Gobierno no le dejaba relacionarse con turistas porque tenían miedo de que él les cuente sobre la realidad del país.

Para Eddy, la idea de irse se fortaleció desde que realizó un viaje a Rusia en el 2014. “Este país es comunista, pero el pueblo no vive como en Cuba. Tienen lo básico como el acceso a papel de baño, a un tarro de leche”. A partir de esa experiencia, comenzó a hacer mayor activismo. Por eso, ese mismo año, lo sancionan de nuevo. Esta vez con tres años con prisión domiciliaria. Solo podía ir del trabajo a la casa sin relacionarse con nadie.

Finalizada la prisión domiciliaria, Eddy comenzó a planificar irse de Cuba. En el 2018, le llegó la notificación del dictamen de una fiscal que indicaba que debía ir preso; sin embargo él pronto contó con todos los papeles para salir del país. “Ellos no se lo esperaban, salí al aeropuerto”.

Salió gracias a la ayuda de unos amigos mexicanos, quienes lo recibieron en su país. Ellos le ayudaron a procesar una visa de trabajo para México apenas terminó su prisión domiciliaria. Ahí también lo esperaba su actual esposa, una ciudadana dominicana y estadounidense que residía en EE. UU y que conoció en Cuba. Ella regresó a Estados Unidos en avión y él, aunque con el mismo destino, antes debía cruzar la frontera por tierra.

“Me presenté a una gareta oficial de la frontera y solicitó asilo político a EE. UU. Presentó sus pruebas para pedir asilo político. Tuve que esperar en México, en un centro comunitario, casi una semana. Fue una locura. Tuve un momento feo porque que me quisieron secuestrar a mí y a un amigo venezolano. Andábamos todos juntitos para que no nos pasara nada”, narra Eddy.

Luego, estuvo cuatro meses detenido en Arizona. “Te quitan todo cuando te detienen. Entiendo que es parte su sistema. Ellos no saben la persona que está entrando. Te encadenan del cuello hasta los pies, me encerraron en una pequeña jaula. Estuvimos ahí dos días con el amigo venezolano”. Posteriormente, lo llevaron a un centro penitenciario en Arizona. Tuvo que pasar por tres cortes judiciales en el que evaluarían la veracidad de su caso.

Eddy sonríe cuando piensa que para él el centro era como un hotel, ya que en Cuba había pasado varias detenciones.

La historia de cualquier migrante

Zaida Artiaga tiene 48 años y vive en La Florida, pero es natural de Palma Soriano en Santiago de Cuba. Su historia, cuenta, es la de alguien que desea tener una vida mejor, como cualquier otro migrante. Salió de Cuba hace diecisiete de años, en mayo del 2004, con su esposo. “Nos fuimos con tristeza. Era un sentimiento agridulce porque uno no sabe lo que le pasará ni cuándo podría regresar. Llegamos con cinco dólares y una deuda muy grande. Teníamos mucho temor por el idioma y del futuro”.

Dejar Cuba no siempre fue el plan, sino más bien un camino que poco a poco se fue mostrando y que Zaida no se arrepiente de haber tomado. Ella cree que su infancia transcurrió como la todo niño cubano. Sus padres eran de familia humilde. «Vivíamos como yo diría el 90% de las familias en Cuba, con abuelos, tíos, primos. Hasta que tuvimos la oportunidad de mudarnos solos con mi papá, mi mamá y mis dos hermanos».

En 1996, se graduó como licenciada en Psicología de la Universidad de Oriente. Ese año lo recuerda como una etapa muy dura por la ayuda que el país dejó de recibir de la Unión Soviética. Sus padres se habían mudado a La Habana como muchos otros cubanos que buscan una mejoría económica.

Zayda con su familia en su último día antes de dejar Cuba.
Zaida con su familia en su último día antes de dejar Cuba.

Todo empezó en 1999 cuando estuvo viviendo en La Habana y su padastro los animó a ella y a su esposo a completar el formulario de la Lotería de Visas, como es conocido el Programa de Visas de Inmigrantes por Diversidad del Gobierno de Estados Unidos.

Luego, Zaida se traslada con su esposo a Puerto Padre, en las Tunas, ciudad de donde era natural este. Dos años después, en el 2001, le avisaron que había llegado un sobre amarillo de la Embajada de los Estados Unidos a la casa de su padastro en La Habana. Eso solo podía significar una cosa: habían ganado la Lotería de Visas y con eso la posibilidad de ser entrevistados para solicitar la visa.

“No sabíamos qué hacer. Nunca habíamos sentido esa ansiedad de dejar el país. Teníamos estudios, pero quizás esta era la oportunidad para ayudar en la familia, porque ningún profesional en Cuba vive de su profesión”, comenta.

Ella se encontraba trabajando en el Centro de Atención Mental de Palma Soriano. Tuvo que informar al Ministerio de Salud del trámite que estaba realizando, ya que cuando en Cuba se labora en salud pública —aclara Zaida— había que esperar hasta cinco años para que “te liberaran” y poder dejar el país. Ella tuvo que esperar dos años. Por eso en la entrevista en la embajada pidió que le entregaran la visa hasta que estuviese liberada.

Además de este proceso, debían cerrar todas las cuentas del banco que podrían tener y su hogar debía pasar una inspección. “El Gobierno cubano debía llevar un inventario de sus pertenencias. Si tenía alguna propiedad, una casa, un auto, una vaca, cualquier bien, debíamos dejarlo. Nosotros lo único que teníamos era un televisor muy pequeño, de 20 pulgadas, que lo compramos con mucho sacrificio. Lo escondimos. Cuando llegaron, no teníamos nada. Todo le pertenecía al abuelo de mi esposo”.

Zayda y su esposo camino a tomar su vuelo para dejar Cuba.
Zaida y su esposo camino a tomar su vuelo para dejar Cuba.

Quienes quedan 

Después de 5 años, Zaida y su esposo se hicieron ciudadanos. A partir de ahí, pudieron cada uno llevar a su madre y su padastro a vivir con ellos. “Más adelante, pudimos reclamar a mi hermana que vino con su esposo y sus hijos. Mi esposo reclamó a sus dos hermanos. Ha sido una cadena tratando de traer a la familia. Me quedan dos hermanas en Cuba: una está en proceso de reclamación y está esperando entrevista y la otra hermana, por parte de padre, que aún no ha iniciado el proceso.” 

Ana cuenta que no es de extrañar porque en Cuba vivió en distintas ciudades y en Estados Unidos ya va viviendo en tres, pero a quien sí extrañó fue a su novio, con quien se reencontró cuatro años después de que ella migrara. Ahora es su esposo y tienen una niña de tres años juntos.

Su abuela, a quien no le dieron el asilo cuando Ana y su padre lo solicitaron, pudo reunirse con ellos hace seis años. Y su madre lo hizo hace un año, aunque actualmente se encuentra en Cuba debido a que regresó de visita y se ha quedado desde la pandemia.

Ignacio cuenta que las pocas veces que ha ido a Cuba regresa con fotos de primos, sobrinos, compañeros, amigos. Todos quieren que alguien en Londres las vea y se casen con ellos. Él cree que la generación de jóvenes cubanos no tienen futuro si se quedan en su país y que su generación que aún está en la isla perdieron la oportunidad de salir.

Su hermano sí logró dejar la isla. En el 2006, visitó a Ignacio en Londres y ahora vive en Canarias, donde conoció a su actual esposa.

Eddy aún tiene a sus dos hermanos, su abuela y a su hija en Cuba. Ella vive en el extremo del país, en Guantánamo y tiene 4 años. “No la pude verla estando en Cuba por la prisión domiciliaria. Solo la conocí cuando nació”.

Él aún no se siente libre estando en otro país. Le queda el miedo a expresar y la angustia por su familia en Cuba. “Uno está aquí, pero está con la preocupación de que te piden medicina y no hay cómo hacérsela llegar. Así yo mande dinero, no resuelven nada”.

Eddy también planea sacar a su familia, aunque guarda esperanzas de que el Gobierno cubano caiga, y entonces no sea necesario.

Mientras espera la respuesta de su solicitud de asilo, Lázaro hace su vida normal, trabajando y soñando con llevar a su familia a Estados Unidos. “Quiero tener a mi esposa, hijos. Quiero fundar a alguna organización que ayude a los migrantes de mi país, de derechos humanos, de perseguidos políticos”.