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#Crítica

El libro La novela luminosa, en el peor de los casos, intriga línea a línea al lector; en el mejor, asesina sus cánones mentales sobre la literatura. A este fenómeno puede denominársele epifanía. No una sino muchas epifanías, muy disímiles experiencias entre sí. Mario Levrero creó un verdadero mundo propio, aquel edén o infierno —da lo mismo siempre y cuando sean auténticos— que la mayoría de fabuladores no llegan a conquistar, de modo que, consciente o inconscientemente, se limitan a plagiar dimensiones personales de otros creadores, sean de literatura u otras artes. El mundo levreriano, sin embargo, no se sitúa ni en la gracia ni en el fuego: es una especie de purgatorio, como él describe al mundo, su mundo. Su literatura es su mundo. De corte autobiográfico, al menos en apariencia, porque eso nunca se sabe a cabalidad, el libro adopta la forma del diario en su ochenta por ciento. El lector, perplejo sin duda, no sabe si es realmente un diario. No lo sabe porque bien podría ser un diario inventado de pies a cabeza. En el fondo queda la esperanza de que todo lo narrado sea cierto, cierto para Mario Levrero. El restante veinte por ciento le corresponde a La novela luminosa propiamente dicha, aunque con abundantes elementos símiles al diario. Es como si Levrero tomase los episodios más desconcertantes del diario que escribió a lo largo de toda su vida, y los entroncara suprimiendo las fechas y horarios. Y los enlaza con fórmulas narrativas que garanticen un grado de armonía entre las partes. Se trata de momentos fantásticos, alucinógenos. El discurso continúa como si fuese un trasunto de la vida del autor; Levrero consigue que el lector le crea todas sus promesas de verosimilitud. Y, al mismo tiempo, el lector piensa: “¡Pero esto no puede ser! Parece…pero no puede ser. Son escenas imposibles. ¿O no?”.

La novela luminosa | Librotea

En su mayoría, la obra está compuesta por textos relativamente breves. Los últimos son más extensos, a modo de explicación. A veces son párrafos muy interesantes, a veces son muy profundos, a veces son excitantes, y muchos de ellos son aburridos. Aburridos como el propio Mario Levrero describe su existencia y entorno. Y, sin embargo, al final, lanza una cadena de imágenes ígneas, acompañadas por melodías que alternan entre el estilo de Wagner y el más azucarado bolero mexicano. Su mundo literario pulula entre el fuego y el hielo, la cama y el vértigo, la tempestad y el sosiego. En el decurso de tres páginas nos ofrece el llanto y la risa, y entre ambas, muy marcadamente, el sexo. No el sexo más o menos barato que ansía granjear sensaciones al lector, sino su carácter más humano y, por ello, menos elaborado. Como si fuese retratado con suma naturalidad, como quien describe los actos de respirar o masticar. Casi siempre se trata de sueños. Para Mario Levrero el mundo onírico es, en ocasiones, más real que el que palpa al despertarse. Y sabe transmitírselo con eficacia de maquinista al lector hipotético, como él dice. Los personajes que transitan su diario son fantasmales, poco más que sombras. Y son en su mayoría personajes femeninos, mujeres de complexión surrealista que raras veces abren la boca, y en muchas ocasiones lo hacen solo para comer. El movimiento es en el libro más importante que las palabras.

A Mario Levrero se lo ha comparado con Juan Carlos Onetti, pero no por estilo o temática sino por el carácter de “raros”. Ángel Rama fue quien acuñó el término “raro” para referirse a esos escritores que, en otras naciones, caerían al pozo común de los “malditos, inaugurando así un clan de propiedad uruguaya al que habría que sumar algunos nombres más, como Felisberto Hernández, Eduardo Galeano y Marosa Di Giorgio. Son creadores cuyas obras no se circunscriben estrictamente a ningún género preestablecido. Saltan entre los géneros, cruzan puertas secretas comunicantes que derivan en obras de múltiples registros artísticos. Son viajes cuyos destinos son puertos sui generis. Son búsquedas en las cuales no siempre se encuentra algo —ciertas páginas del libro son definitivamente impotables—, pero, cuando surge un hallazgo, el descubrimiento es deslumbrante, profundamente luminoso.