Periodista en Página en blanco
Comunicador por la Universidad de Piura y máster en Lexicografía por la RAE, España. Trabajó como periodista en Canal N/América, El Tiempo, Mercurio Peruano y Punto y Coma.
Jair Villacrez

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Alexander Gamboa, una voz venezolana con ritmo de peruanidad

Jair Villacrez

Al salir de su natal Venezuela, tenía la seguridad de que no le iría mal. Confiaba en que su talento musical le ayudaría a sobrevivir y abrirse camino por el mundo. Pero sí le sorprendió la rapidez con que le llegó el éxito: ese 26 de agosto de 2017, Alexander Gamboa estaba en un estrado de Tacna frente a más de 50 mil personas, cantándole al país que lo había acogido desde hacía poco menos de un año. Era uno de los cuatro finalistas de ‘Yo soy’, el exitoso programa concurso de canto e imitación peruano. Esa noche, él sería Silvio Rodríguez, y su interpretación se vería por televisión a nivel nacional y en varios países de América Latina.

La felicidad que sintió esa noche era desbordante. Sus familiares y amigos, desde Venezuela, contemplaban nerviosos la televisión, mientras le enviaban todas las buenas vibras posibles desde casa. Todos, unidos. Era un momento crucial no solo para él, sino también para toda la comunidad venezolana dentro y fuera de Perú: era la primera vez que un compatriota suyo llegaba tan lejos en aquella competencia.

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Alexander obtuvo el cuarto lugar, pero su mayor logro fue visibilizar a los millones de venezolanos que, como él, salieron de su país en busca de una mejor vida. Con su sencillez y carisma, ha sabido ganarse el cariño de los peruanos. Y, en agradecimiento a la patria que le abrió los brazos, ahora compone canciones en vals criollo e, incluso, en quechua. En esta entrevista que concedió a Página en blanco, este caraqueño de 47 años —quien también se siente margariteño— cuenta cómo fue su travesía por llegar al país del cual se ha enamorado y qué planes tiene para su carrera artística.

¿Cuán difícil fue dejar tu país y empezar de nuevo?

Cuando salgo, mi primera estación fue la frontera de Venezuela con Brasil, en Santa Elena de Uairén. Ahí yo esperaba unos recursos porque había terminado un trabajo y no me terminaban de cancelar la liquidación, pero eso no pasó. Entonces, agarré la guitarra y dije: «Voy a viajar. No sé cómo, pero en el camino iré haciendo música y algo va a pasar». Tenía fe total en que iba a llegar hasta Perú. Antes de salir, hablé con unos amigos que estaban fuera de Venezuela y les pedí prestado dinero. Eran amigos de Alemania y Estados Unidos que habían estado en Margarita y con los que hicimos una buena amistad cuando yo vivía ahí. Apenas llegué a Boa Vista, Brasil, tenía en mi cuenta 700 dólares y dije: «Con esto puedo tranquilamente viajar». La idea era reponerles su dinero con el tiempo. En Santa Elena, pasé 15 días. Conocí gente, me relacioné, toqué en un restaurante e hice dinero. Después me refirieron para otro restaurante más, de un hotel. Fui y toqué. Como era la fiesta de un general de la Guardia Nacional, había mucha gente que empezó a pedirme que tocara en sus fiestas. Esos días pude hacer dinero.

¿Y en tu país tenías la oportunidad de hacer eso? Porque en Venezuela se respira música…

Sí, hay mucha cultura musical. Se aprecia mucho a los músicos. Antes de salir de Venezuela, agarré como una racha de 3 o 4 meses tocando solo para fiestas. Un día fui donde un judío que se enamoró de la música. «Yo voy a ser tu representante», me dijo. Entonces, cualquier celebración que había, me avisaba. Justo yo atravesaba un proceso de depresión: falleció mi madre y otras cosas muy personales que me golpearon bastante. Hubo un momento en que no quería levantarme de mi cama. Era una tristeza fuerte que tenía. Hasta que dije: «No, ya esto no puede seguir así. Esto tiene que cambiar», y me activé de nuevo.

¿Qué tipo de música tocabas y cantabas allá?

He hecho distintos géneros: música venezolana folklórica, pop e, inclusive, instrumental. También incursioné en la trova. Lo único que no he hecho es reguetón. Mi formación es como guitarrista clásico. Cuando arranqué con la música profesionalmente en el año 99, lo primero que hice fue armar dúos. Tuve uno con un clarinetista, otro con una flautista, otro con un flauta traversa, y con el que más duré fue con un violinista. Con él viajé por primera vez a Brasil, en 2003, para un intercambio. Cuando dejamos de tocar juntos, dije: «Bueno, veamos cómo me va cantando», porque yo era tímido y no me atrevía a cantar. Empecé a hacerlo y resulta que a la gente le agradaba.

Agarré la guitarra y dije: «Voy a viajar. No sé cómo, pero en el camino iré haciendo música y algo va a pasar». Tenía fe total en que iba a llegar hasta Perú.

Fue un impulso tuyo el querer lanzarte como cantante…

Más que un impulso, fue una necesidad. Con este violinista trabajé 10 años. Hasta que un día me dice: «Ya no quiero tocar más contigo», por cosas que pasan (risas). Y yo dije: «¿Y ahora qué hago? No quiero armar más dúos. Quiero atreverme a ver qué puedo hacer yo mismo», y empecé a cantar y a tocar la guitarra. Y a la gente le gustó. Yo sabía que cantaba, pero estaba escondiéndome detrás de la guitarra siempre. Luego de eso, empecé a sentir más seguridad y me fui a estudiar a Caracas. Tenía 28 o 29 años. Volví al conservatorio después de varios años de haberlo dejado.

¿Cómo te sentiste cuando llegaste a Perú?

Cuando entré a Perú, fue increíble. Como había grabado un disco de música cristiana, vendí sesenta CD en Puerto Maldonado, una de las primeras ciudades a las que llegué. Además, me pasaron cosas increíbles: en el primer hotel que me quedé, me pidieron que tocara y cantara. Cuando conecto los equipos, ¡pump! Explotó mi amplificador. Fui a pedirle a un sacerdote que me ayudara a vender mis CD, y me invitó a tocar en la misa. Al terminar, dijo: «Aquí está este hermano venezolano que viene peregrinando. Vamos a ayudarle. Ha traído unos CD». Entonces, se acercaron a comprarme los discos y a ofrecerme de todo: alimento y hospedaje. Después, otra señora que escuchó que mi intención era ir a Cusco me dio la llave de su departamento ahí y me dijo que me quedara el tiempo que quisiera. Estuve 25 días allá. Conocí Machu Picchu y Aguas Calientes, haciendo música.

Y ya en Lima, ¿cuál fue tu impresión?

Era como estar en Caracas. El primer lugar en que me hospedé fue Surco Viejo. Sus calles eran muy similares al centro de Caracas. Luego, vi el mar, y me recordaba a mi isla Margarita. Después, fui al centro de Lima. Como había escuchado La flor de la canela, cuando estuve en La Alameda, entendí por qué Chabuca [Granda] escribió esa canción. Pensé: «¡Guau! Es hermoso».

¿Cómo te animaste a presentarte en ‘Yo soy’?

En Lima, toqué algunas veces en el restaurante de un amigo y luego fui a tocar a otros restaurantes de Surco. Ahí me entero de las audiciones del programa. No lo conocía antes porque no soy consumidor de televisión. Y alguien me dijo: «Si vas a ‘Yo Soy’, la rompes como Silvio Rodriguez». Fui y audicioné. Pero la primera audición la hice como Yordano. Entonces, me dijeron: «Cantas muy bien, pero no es tu personaje. Busca tu personaje y vemos». Pero yo no creía que con Silvio Rodriguez podía hacer tanto.

Quiero atreverme a ver qué puedo hacer yo mismo», y empecé a cantar y a tocar la guitarra. Y a la gente le gustó.

¿Por qué no?

Porque Silvio no es precisamente un artista popular en este momento. Pero dije: «Vamos a hacerle caso a los amigos y voy a audicionar nuevamente como Silvio. A ver qué tal». Resulta que les gustó. [Ricardo] Morán se impresionó. Cuando ya estaba entre los elegidos, llegó un momento en que yo me preguntaba: «¿Qué hago yo aquí?» (risas).

No lo asimilabas…

Y no lo asimilé hasta el mismo momento de la final. Había 50 mil personas en frente a quienes yo les estaba cantando. Fue una experiencia increíble, además, hacerlo en vivo. Y era la primera final del programa que se hacía fuera de Lima, en Tacna. La gente estaba enloquecida. Yo veía a la gente gritando: «¡¡¡Silvio, Silvio!!!». Esa energía es tremenda, impresionante. Cuando salí de Venezuela, estaba seguro de que no me iría mal, pero eso había sobrepasado por mucho mis expectativas.

Como había escuchado ‘La flor de la canela’, cuando estuve en La Alameda, entendí por qué Chabuca escribió esa canción. Pensé: «¡Guau! Es hermoso».

¿Y cómo lo tomaron tus familiares en Venezuela?

Todos, impresionados. Fue bonito ver que la familia se uniera. Eso me emocionó muchísimo. Cuando ves a tu familia en frente apoyando, es increíble.

Además, estabas representando a tu país…

Sí, aunque no estaba literalmente dicho en el programa, porque no es una competencia internacional, pero sí. Yo era el primer venezolano que llegaba a una final. Fue una experiencia tremenda conocer a los profesores que estaban ahí dentro, sobre todo los de actuación. A mí me costaba mucho esa parte, y ellos lograron ayudarme a construir el personaje, porque yo lo único que hacía era cantar.

Créditos: Rodrigo del Castillo.

Has tenido un buen recibimiento por parte de la sociedad peruana…

Dentro de todo, hay algo que no podemos ignorar: la xenofobia, la discriminación y el rechazo a la comunidad venezolana. Aunque yo prefiero ver siempre el lado bonito de las cosas. Precisamente, cuando vine de Venezuela, una de las experiencias que me marcaron fue al entrar en el Convento de los Dominicos, en Cusco, donde me había referido el padre que conocí en Puerto Maldonado. Cuando llegué ahí, salió una persona a recibirme y, mientras yo estaba esperando al padre, me hicieron pasar a un comedor. Yo no estaba pidiendo comida, pero cuando me pusieron un plato de comida ahí, me puse a llorar. Pensaba en la gente de Venezuela que estaba pasando hambre, que no tenía trabajo, y pensaba también en mi propia familia. Entonces, entra el sacerdote y me dice: «Tienes que ponerte bien tú primero, porque un ciego no ayuda a otro ciego. Tienes que estar bien para que puedas ayudar a otras personas».

¿Y has decidido quedarte en Perú?

Primero pensaba que podía agarrar la guitarra y seguir por Sudamérica. Pero había algo que también quería: estar legal. Y justo cuando llego a Lima, empiezan a anunciar lo del PTP. Ya había hecho el trámite de solicitud de refugio. Con eso podía sacar mi RUC y vi que podía asentarme legalmente. Eso fue prioridad para mí. Entonces, apenas se abrió la oportunidad del PTP, lo solicité y presenté mi renuncia a la solicitud de refugio. Además, Perú es una maravilla, porque es céntrico. Desde que llegué, ya he viajado a Chile, Bolivia, Uruguay y he vuelto a Venezuela.

A propósito del premio que recibiste por tu canción Baila, mi Perú, en vals, ¿cómo das ese paso de la trova a la música criolla?

Uno de mis maestros de guitarra clásica estaba aquí en Lima. Cuando me encuentro con él, empieza a decirme: «Canta más a Chabuca. Tienes que aprender más de la música criolla». Él me invita a una peña. Estando ahí veo cómo es la movida: el cajón, la guitarra… Es una fuerza ¡guau! Empecé a cantar La flor de la canela. Cada semana iba aprendiendo una más. De pronto, dije: «¿Por qué no compongo algo?». La primera [composición] que hice se llama Kuyaiqui, sonqo suwa, y es la que va a salir ahora. Tiene el coro en quechua, un atrevimiento tremendo (risas).

¿Hablas quechua?

Aprendí solo eso por una curiosidad muy grande, que fue ver en una pancarta la palabra ‘Sonqo’ y porque antes una chica me dijo eso, y yo no entendía nada.

Hay algo que no podemos ignorar: la xenofobia, la discriminación y el rechazo a la comunidad venezolana. Aunque yo prefiero ver siempre el lado bonito de las cosas.

¿Y quisieras dedicarte a la música criolla?

Me falta mucho para poder tocar la guitarra como se toca en el vals peruano. Tengo que estudiar un montón.

Y el país te agradece por revivir un importante género para la peruanidad…

Eso es tremendo. Muchos de los comentarios son «gracias por revivir la música criolla», y yo lo veo como algo grande. Quisiera hacer unas doce canciones para que sea un homenaje bien redondo al Perú. Para mí, es un honor, una felicidad. Los peruanos agradecen por cantarle a su país y los venezolanos dicen: «Gracias por llevar en alto el nombre de nuestro país».

Debe ser una felicidad única…

Es una emoción grande ver tantas manifestaciones de cariño de peruanos y venezolanos. Me siento feliz, satisfecho y muy halagado.

Dato:
  • La canción Baila, mi Perú, compuesta e interpretada por el venezolano Alexander Gamboa, ganó el premio de Ibermúsicas Canciones de la Cuarentena 2020, representando a Perú entre 10 países de América Latina.
  • Alexander también dirige el programa digital ‘Cantando te cuento junto a su pareja, Claudia Curiel, una peruana que es su musa inspiradora. Ambos le cantan, le cuentan cuentos y entretienen con títeres a los más pequeños del hogar a través de su canal de YouTube.
Créditos: Rodrigo del Castillo.

Quisiera hacer unas doce canciones para que sea un homenaje bien redondo al Perú. Para mí, es un honor, una felicidad.