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Rodrigo Del Castillo
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Tratar de entablar una conversación con Shirley Jackson podía ser algo petrificante. Su lengua era afilada, su ingenio despiadado y su temperamento impredecible. Tenía una personalidad poderosa, como una sombra el doble de grande que ella mirando fijamente desde la pared a quien  que se le acercara.

Sus historias, como ella, mordían, pero de una forma particular. El horror ansioso y tenso que se encuentra en los relatos de Shirley nace de lo cotidiano y lo ideal, y si bien puedes encontrar espectros y demonios asomándose desde las páginas, el verdadero miedo viene desde adentro.

¿Cómo interpretas el mundo que te rodea o cómo te percibes a ti misma o a ti mismo?

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Shirley tenía una inclinación por tomar lo que siempre se ha interpretado como la vida perfecta, lo sereno, los paraísos domésticos llenos de sonrisas blancas y cosas bonitas, las fantasías dulces  y encontrar dentro de todos estos elementos la realización de que estos anhelos pueden convertirse rápidamente en engaños, jaulas y miseria, que en esta comodidad puede haber maldad. Lo perfecto se convierte en monstruoso. Solo se necesita un pequeño cambio de perspectiva o poner un poco más de atención.

Shirley nació en 1916 y creció en una de esas familias con una casa perfecta y modales perfectos, era una vida  en la que el tenis, el té y los perfumes abundaban.  Shirley nunca se consideró a si misma parte de esa cultura, se había sentido siempre diferente. Era una intrusa, había sido puesta ahí por error, y estaba completamente sola.

Su madre era una de las muchísimas reinas de estos cientos de pequeños reinos regados por los barrios acomodados de Estados Unidos. Uno de sus pasatiempos era recordarle a su hija lo poco que encajaba. Su apariencia no era la correcta, su peso no era el correcto, su ropa no era la correcta, su forma de ser no era la correcta, sus ideas no eran las correctas y sus deseos tampoco eran los correctos. No hacía más que concordar con Shirley, había habido un error, ella no debía estar ahí.

Su vida adulta estuvo plagada de fuerte ansiedad, depresión y Agorafobia. Con el tiempo empezó a depender por completo de su esposo, Stanley Edgar Hyman, quien se había enamorado de su cerebro, pero también se había apoderado de todas las decisiones, incluyendo el papel de Shirley en el hogar y sus tareas. También había decidido que la fidelidad no era una opción para él. La relación era intensa y tormentosa, y la mente de Shirley se había convertido en una jaula elaborada que la había envuelto por completo, paralizándola. Incluso pasó un par de años sin salir de su casa y sin escribir. Ponerse mejor le costó, y encontrar un poco de esperanza dentro de todas las pesadas complicaciones que la seguían tampoco fue  fácil, pero sin duda lo intentó.

En el universo narrativo de Shirley, la desilusión es una forma de terror, encontrarse con que un detalle puede cambiar para siempre la forma en la que ves tu propia realidad, fijarte demasiado puede ser lo último que querrías hacer, puedes perder la certeza en un segundo  y algo perfectamente cotidiano para algunos puede significar el destino más terrible para otros.

Tal vez para Shirley escribir de la forma que escribía era inevitable y tal vez eso tiene un lado bueno, porque nos permite, por un momento, dejarnos guiar por ese ingenio despiadado, y ser sorprendidos.