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Rodrigo Del Castillo
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Por Rodrigo del Castillo.

Ver los desiertos de Nuevo México a través de los ojos de Georgia O’keeffe es como ver un momento de química entre dos personas que se aman profundamente. Cuando Georgia llegó por primera vez, decidió que ese lugar estaba hecho para ella. Era suyo, y con su pintura lo haría más suyo aún. El desierto con sus colores cálidos, rojizos e intensos,  con sus riscos que desafían la gravedad y un cielo azul intenso que le grita a la arena.

Todo empezó en el caliente verano de 1929, el año en el que vio Nuevo México por primera vez y se enamoró por completo. Comenzó a pasar más y más tiempo ahí hasta que eventualmente se quedó, para vivir una existencia misteriosa y solitaria, para trabajar y trabajar, prendida de la seca naturaleza que la rodeaba y fascinaba tanto desde su casa en Ghost Ranch, el punto en el que se juntaban a la perfección todas las cosas que Georgia amaba del lugar.

Años antes, Georgia había comenzado a estudiar pintura en Chicago. Copiar estilos de otros artistas era la forma en la que se enseñaba, y a Georgia esto no le iba para nada. Desde el inicio había un deseo indomable en ella por crear algo realmente suyo, y ahora solo estaba aburrida. Necesitaba algo más, un cambio, por lo que, después de una pausa, en el año 1915, comenzó a experimentar con la abstracción, partiendo de la naturaleza, pasándola a través de in filtro suyo que mezclaba lo real con lo abstracto. La naturaleza siempre había sido algo que causaba gran emoción en el corazón de Georgia, como si le cantara.

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Un año después, conoció a Alfred Stieglitz, 23 años mayor que ella. Era un importante fotógrafo, reconocido por lograr la aceptación de la fotografía como arte, y de quien se enamoró después de un tiempo de hablarse y escribirse para descubrir lo mucho que los dos se parecían y lo alineadas que estaban sus visiones del arte. Empezaron a vivir en Nueva York y a trabajar lado a lado.

En 1921, en una exposición del trabajo de Alfred, se mostraron 45 íntimos retratos de Georgia, muchos de los cuales la mostraban desnuda. La crítica la marcó como una «musa», y no solo eso, sino también una musa definida enteramente por su sexualidad, o por su percibida sexualidad.

Esta clasificación la siguió cuando por fin pudo mostrar su trabajo, que consistía de abstracciones maravillosas llenas de formas orgánicas y colores que se mezclaban y cambiaban a lo largo del cuadro de manera suave y rítmica, como explosiones fluidas. Estos fueron inmediatamente analizados e interpretados por la crítica como expresiones de su sexualidad. Esto no causó la mejor reacción en O’Keeffe.

Más adelante, sus icónicos cuadros que mostraban acercamientos a los centros protuberantes y pétalos ondulantes de flores fueron también tomadas como representaciones de genitales femeninos, Lo cual Georgia negó rotundamente.

A pesar de esto, los años 20 también fueron un tiempo en el que comenzó a ser reconocida por el mundo del arte, y sus obras empezaron a ser adquiridas por coleccionistas. En 1924, se casó con Stieglitz, y su matrimonio fue complicado. Permanecieron casados hasta 1946, año en el que Alfred murió de un ataque al corazón a los 83 años. Tres años después Georgia se mudó definitivamente a su desierto, donde siguió trabajando hasta su muerte a los 98 años.

Su arte la hizo ser reconocida como la madre del modernismo; su valentía y sensibilidad la llevaron a crear algunos de los trabajos mas únicos e innovadores del arte del siglo XX. Y los pétalos de sus flores siguen bailando dentro de sus lienzos, y el sol de sus desiertos sigue igual de ardiente.