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Hacía algunos años los medios internacionales informaban, con asombro, el crecimiento económico del Perú mientras el mundo estaba en crisis. Había explotado la burbuja inmobiliaria en los Estados Unidos y en Europa, mientras que el país andino mantenía su crecimiento por encima del promedio de la región. El Perú estaba de moda, Machu Picchu había sido nombrada Maravilla del Mundo y su gastronomía era la vedette de los mejores festivales culinarios del mundo y, por si fuera poco, Mario Vargas Llosa ganó el Premio Nobel de literatura, lo que puso al Perú en el foco cultural. Domésticamente no nos había ido mal, se logró reducir la pobreza en veinte puntos, remodelar los principales aeropuertos, construir puertos, represas, canales de irrigación, hidroeléctricas y carreteras. Nuestras exportaciones empezaron a crecer exponencialmente. Todo ello configuraba el mal denominado “milagro peruano”.

A raíz de la pandemia de la COVID-19, casi una década después, nos encontramos que nuestro sistema de salud era el más pobre de la región, con la menor cantidad de camas UCI por persona. En palabras de Fiorella Molinelli, presidente de Essalud: “desde el 2011 que no se construye en el Perú un solo hospital”. Es decir, el país que había logrado ahorrar más de ochenta mil millones de dólares en reservas internacionales no fue capaz de consolidar un sistema de salud integral para sus ciudadanos. No solo eso, sino que fue capaz de gastar sus envidiables reservas internacionales en acciones estatales que no lograron solucionar la crisis económica, ni tampoco la crisis de salud. El país que era mencionado por los medios internacionales como el “milagro económico” o el “tigre de Latinoamérica” terminó teniendo el peor desempeño contra la pandemia a nivel mundial, un presidente destituido por corrupción, y un gobierno accesitario que se empeña por repetir estrategias que no funcionaron una y otra vez en lugar de haber comprado las vacunas en un momento oportuno.

Hoy millones de peruanos no tienen trabajo, han caído nuevamente a la pobreza y los que no quebraron temen quebrar con la imposición de una segunda cuarentena que lamentablemente discrimina: No se puede comprar una planta al jardinero minorista pero sí las puedes pedir por delivery a Sódimac; no se puede comprar recipientes de plástico a los pequeños comerciantes, pero sí se puede comprar los mismos objetos en los supermercados; lo que ha ocasionado que cierto sector de la población no acate la cuarentena. Con los hospitales colapsados y las personas muriendo por no encontrar camas UCI, con la peor crisis económica de su historia y con unos candidatos que se empeñan en propuestas de campaña que destruirán aún más la economía, al Perú solo lo puede salvar un milagro.

No fueron pocos los peruanos quienes apenas recibieron su bono estatal se amanecieron en las puertas de los centros comerciales para comprarse televisores de última generación. No debería sorprendernos ¿Eso no es lo ha venido haciendo el Perú en los últimos años? La próxima vez que nos etiqueten como “el milagro peruano” tal vez debamos pensar que es más importante construir hospitales y colegios que gastar el dinero en ensanchar nuestras vanidades.