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No estábamos preparados para ser una República, y en eso coinciden diversos historiadores. La élite peruana de aquel entonces, tan parecida a la actual, tan acomodada, tan convenida, tan poco visionaria, cambiaba de bando según lo que les fuera útil. Cambiaba de bandera en la asta según quién conquistase Lima, y algunos le siguieron teniendo devoción al rey a pesar de ser un país libre, independiente y republicano.

No estábamos preparados para ser república. Por ello, cuando la guerra con Chile se hizo inevitable, también se hicieron inevitables las traiciones de algunos miembros de las élites y políticos de aquel entonces. Sin embargo, a pesar de ello, se puede destacar el heroísmo de hombres como Miguel Grau, quienes fueron a luchar una guerra sabiendo que la misma estaba perdida de antemano, no solo porque el ejército del enemigo era superior sino porque la sociedad peruana ya había perdido la guerra desde antes.

En el Combate de Angamos se enfrentaron, por el bando peruano, el monitor Huáscar y la corbeta Unión contra las fragatas blindadas Cochrane, Blanco Encalada, la corbeta O’Higgins (nombre de uno de los precursores de nuestra independencia), la goleta Covadonga, y el transporte artillado Loa. Una vez perdida la guerra, el país quedó devastado, sin sistemas de transporte, sin haciendas, con ciudades saqueadas salvajemente y en una depresión colectiva. A pesar de ello, el Perú no se separó y volvió a reconstruirse. Pese a todo, Tacna regresó al Perú ¿Por qué? ¿Por qué lo hizo si nosotros no estábamos preparados para ser una República?

Nos atrevemos a pensar que, dentro de nosotros, soterrado, existe un halo de peruanidad que espera desesperadamente por ser descubierto, profundizado y explotado. Ese halo, invisible aún, nos ha permitido soportar los embates de las guerras, los militarismos, el terror provocado por los grupos terroristas y los desastres naturales. Y, por supuesto, nos permitirá soportar el embate de la COVID-19 y de los políticos mediocres y traicioneros, como en la Guerra del Pacífico, que nos han tocado en medio de la crisis.

Es imposible no indignarse con todo lo que ha caído sobre los peruanos: el primer puesto de muertos por millón debido al desastroso manejo de la crisis que ha hecho el Gobierno, las compras sobrevaloradas que favorecen a los pillos, el derroche de dinero por parte de funcionarios públicos, las tablets prometidas que nunca llegarán a los niños de las zonas rurales,  el lamentable espectáculo de un tipejo como Richard Swing, la triste red de favores que existe alrededor del presidente Martín Vizcarra, sus promesas incumplidas, un parlamento lleno de impresentables congresistas, una prensa complaciente que peca de necia y una corrupción que parece haber salido de lo más ruin del país.

Además de eso, nos quitan una de las pocas fechas en la que podemos recordar a quienes verdaderamente amaron este país. Sin embargo, no olvidemos una cosa: están ahí porque nosotros hemos querido.

Muchos piensan que nos hace falta un héroe para cambiar el país. Pero no, no necesitamos un héroe. Necesitamos que todo cambiemos. Empecemos a soñar con el país que queremos y vayamos por él. ¿Queremos un país ejemplar, libre, donde se cumplan las leyes, sin corrupción? Pues nos toca empezar a construirlo a nosotros.

Si la sociedad hubiese sido distinta, tal vez no hablaríamos de Grau, sino de un pueblo que no se dejó avasallar. Ahora que inicia un nuevo proceso electoral, no busquemos políticos increíbles, sino creíbles, sensatos, con una visión del país. No busquemos rostros, sino un programa y un equipo. No basta con indignarse, debemos hacer el cambio. Está en nuestras manos.