Editorial: Un final feliz

Diciembre ha llegado y finalizar el año 2021 de la mejor manera es el objetivo de miles de peruanos. Quienes tuvieron la suerte que el COVID no fuera cercano a su círculo, este es un año para agradecer.

Pero no podemos cerrar bien un año si nuestro país vive una dolencia creciente y constante: la crisis política. Esto acarrea que estemos en permanente pensamiento: ¿tendremos un presidente hasta las fiestas de fin de año? A estas alturas, no lo sabemos.

Recibe nuestro Newsletter

Suscribiéndote en este newsletter recibirás todas nuestras publicaciones. Frecuencia: 20-25 al mes días.

Lamentablemente, el Perú enfrenta una de sus peores crisis institucionales, políticas y sociales de su historia democrática. El día de hoy esta crisis tiene como protagonista al presidente Pedro Castillo. Nuestra aparente prosperidad democrática parece haber llegado a su hora límite en medio de graves vulneraciones a los derechos humanos, de una incertidumbre política que viene a fragmentar aun más nuestra ya debilitada institucionalidad y organización partidaria y con una ciudadanía que empieza a involucrarse nuevamente y desde distintos frentes al proyecto de una reforma política nacional.

El impacto directo de la crisis política ataca a todos, es una pandemia que genera desempleo, inestabilidad social, un menor crecimiento del PBI y ausencia de inversionistas internacionales, entre otros, pero sobre todo, crea una disyuntiva sobre el futuro de nuestro país.

¿Creemos que el presidente debe ser cuestionado? Totalmente, sobre todo, si la existe una necesidad de transparencia en sus vínculos más cercano. Creemos que el presidente es la primera cara que tiene el Perú frente al mundo entero y a todos los ciudadanos. En estos momentos, el rostro de nuestro país es sombrío, de preocupación pues tenemos una figura presidencial que se muestra nerviosa ante el cuestionamiento y permanece en silencio frente a los medios.

¿Podemos salvar la institucionalidad del país? Está en las manos del presidente Pedro Castillo evitar una mayor polarización que es azuzada en cada oportunidad por un congreso que siente un miedo perenne de ser cerrado, una vez más.

Nos encontramos en la recta final de un año (que pareciera una vida entera) lleno de política inmersa en un cuento de pánico y de nunca acabar.