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Camila Vera
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El año pasado fue un cono y esta vez un trastazo: la crisis política adormece la confianza de los peruanos y despierta un exabrupto que lacera al patriotismo. Si el pueblo exige un respeto por el orden constitucional, agitar las manos para descargar la furia en la cara y la dignidad de alguien no es un buen argumento. Carlos Ezeta Gómez, aunque sea un héroe en redes sociales, no deja de ser un agresor que envía un mensaje de réplica a un país encolerizado. Es una prédica peligrosísima porque el ánimo encendido siempre buscará muchas justificaciones y ninguna solución.

Ni los seguidores de Instagram ni los comentarios avaladores de Facebook han conseguido que a la vacancia presidencial se le reduzca lo caótico. Al contrario, la opinión pública ha saturado la agenda y, de paso, ha mermado la posibilidad de que los peruanos alcancen un contenido más objetivo y menos cómico. Bastante difícil es la tarea de informar como para colocar en la difusión superior un acto de violencia, le resta tendencia a lo que es urgente, es decir, a los documentos que explican la figura a la que se acogió el Congreso de la República, al concepto de inmunidad parlamentaria, al alza del dólar, a las leyes de la Constitución, a la recopilación de los actos de corrupción en los tres últimos años… la lista es larga, tan extensa que prescindir de un episodio que no aporta más que complacencia ajena ayudaría a redirigir los ojos hacia una certeza que el país necesita asimilar: los eventos agrios seguirán marcando la entrada al bicentenario.

Preparémonos.