El desafío de migrar con discapacidad (I): Empezar una nueva vida como ambulante

Jair Villacrez

Esta es la primera crónica que forma parte de la serie El desafío de migrar con discapacidad de Página en blanco.

Estaba a mitad de camino cuando se le vinieron los deseos de rendirse. Jorge Torrealba, de 30 años, ya había recorrido más de 3 mil kilómetros de viaje por carretera desde su hogar en Valencia, Venezuela, y estaba cruzando la frontera de Perú por trocha. De repente, los dolores propios de su discapacidad muscoesquelética, producto del espino bífido e hidrocefalia con que nació, se incrementaron tanto que se hicieron intensos e insoportables. No podía estar mucho tiempo de pie, pero aún le quedaban 30 minutos más de caminata para tomar el bus que lo llevaría a Lima. Estaba solo y sentía que ya no podía más. El bastón que soportaba el peso de su cuerpo ya no resistía. Sumado a ello, había la incertidumbre de migrar en plena pandemia. Era abril de 2020 y el mundo estaba paralizado. Quería resignarse y llorar. En eso, apareció una compatriota suya que hacía el mismo viaje riesgoso que él y le dijo: «Claro que puedes. Yo estoy contigo. Vamos a descansar y después continuamos». Esa fue la señal y el aliento que necesitaba, un gesto gracias al cual cobró fuerzas para llegar a su destino, donde iniciaría una nueva vida llena de esperanzas. Jorge ya no estaría más solo.

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Con su nueva compañera —quien luego se convertiría en su gran amiga—, Jorge se sentía más seguro. Llegó a Lima, donde su madre y sus hermanos lo esperaban. Era momento de empezar una nueva vida y buscar empleo. Pero, por la crisis sanitaria del país, no había lugar para trabajar y, además, estaba el hecho de que Jorge no podía realizar trabajos pesados, debido a su limitación física.

Si trabajar con el público es difícil, lo es más trabajar en la calle. Me tuve que enfrentar a momentos de xenofobia, donde me dijeron muchas cosas fuertes.

Para él, fue muy duro. Además de que no hallaba nada en su nuevo lugar, en Venezuela había dejado la carrera de orientación educativa que cursaba en quinto semestre. «Si hay algo que yo amaba era mi carrera porque le puse mucho esfuerzo y dedicación. Me tuve que desprender con mucho dolor. La situación país no me permitió seguir», afirma con tristeza. Además, en su país había dejado a su abuela, con quien vivió los últimos años.

De ambulante en Lima

Aun así, se las ingenió. Jorge arrancó como ambulante en las calles de Villa María del Triunfo, distrito en el que vive. Vendía café y queque. Salía de casa desde temprano, cargando sus productos de un lado y sosteniéndose con su bastón del otro. «Si trabajar con el público es difícil, lo es más trabajar en la calle. Me tuve que enfrentar a momentos de xenofobia, donde me dijeron muchas cosas fuertes», cuenta.

Dice que había días en los que no vendía nada. «En las entradas de los colegios, vendía crema chantillí y fresa, y por la misma xenofobia, no me compraban. Llegaba a mi casa con la misma mercancía con que salía», recuerda apenado. De todos modos, él continuaba. Y, pese a lo agotador que era mantenerse en pie durante mucho tiempo por su estado físico, descansaba en cada paradero que podía para luego seguir.

«Al inicio, me afectó bastante, pero luego pensé que no debía sentirme mal. Puedo dar fe de que las personas que he conocido aquí han sido grandiosas y extraordinarias». De hecho, cree que, incluso, recibía un mejor trato de algunas personas cuando advertían que tenía una discapacidad, más allá del hecho de ser extranjero. «Trataban de ser más condescendientes. Pero si no veían algo en mí, me trataban como un extranjero más».

En las entradas de los colegios, vendía crema chantillí y fresa, y por la misma xenofobia, no me compraban. Llegaba a mi casa con la misma mercancía con que salía.

En cierta manera, Jorge cree que eso es algo positivo que pasa en la sociedad peruana: hay un mayor respeto hacia las personas con discapacidad, independientemente de su procedencia. Lo ha vivido en el transporte público, por ejemplo, donde le suelen ceder el asiento. Inclusive, lo ha experimentado en las mismas avenidas, donde los vehículos casi siempre se detienen para que pueda cruzar.

Créditos: Rodrigo del Castillo.

Un regalo especial

Uno de los episodios más duros para Jorge ha sido el no poder despedirse de su padre, quien viviendo en Estados Unidos falleció por problemas del corazón. Antes de partir, su padre le dejó una laptop y es el último recuerdo que tiene de él, con fotos donde salen juntos. Es su regalo más valioso.

Por eso, Jorge no dejó que la Policía ecuatoriana se la confiscara cuando lo intervinieron. Estaba viajando en bus por aquel país, camino a Perú, el día en que hicieron un operativo policial. Los oficiales le querían quitar la portátil porque supuestamente no podía pasar al no demostrarse que era de su propiedad, pues lo tomaban como un posible robo.

Puedo dar fe de que las personas que he conocido aquí han sido grandiosas y extraordinarias.

Mantuvieron el bus detenido durante una hora solo por él, hasta que el conductor le dijo que era mejor llegar a un «arreglo» (económico) con los del patrullaje para que les permitieran seguir la ruta. «Yo tenía algo para la comida del viaje y tuve que pagar cerca de 10 dólares para que me dejaran pasar. No iba a dejar que me la quitaran. Para mí, tenía un valor sentimental grande».

En busca de la independencia

Jorge es gay y siempre lo ha sabido, pero recién hacía tres años lo habló con su familia. Aunque no ha sido rechazado por ningún familiar, trata de mantener en reserva su vida privada. En cambio, donde sí ha percibido eso es de parte de las personas LGBTIQ+. «He recibido mayor rechazo de las mismas personas de la comunidad porque no soy el prototipo de persona que buscan. Te discriminan hasta por ser gordito».

Eso lo ha percibido, sobre todo, en Perú. Debido a ello, se ha sentido limitado para expresarse. Para él, ser una persona con discapacidad, migrante y homosexual es todavía una gran barrera en la sociedad peruana.

Créditos: Rodrigo del Castillo.

Justamente por esos detalles, Jorge siempre ha querido conseguir un empleo estable, que no solo le permita ayudar a su mamá y hermanos, sino también ser independiente, tener sus cosas e iniciar su propio negocio. «Me gusta tener mi propio espacio porque quisiera iniciar mi vida con otra persona, con un hombre. No me sentiría abierto a iniciar esa vida como tal con ellos (su familia)», asegura.

He recibido mayor rechazo de las mismas personas de la comunidad porque no soy el prototipo de persona que buscan. Te discriminan hasta por ser gordito.

Jorge hizo un curso de esculpido de uñas acrílicas, oficio con el cual le gustaría iniciar su propio negocio que le ayude a lograr esa autonomía que busca. Está seguro de que podrá hacerlo. Sin embargo, no quiere hacerse muchas ilusiones, como lo que pensaba que lograría inmediatamente al llegar a Perú, y prefiere ir por partes. «Yo esperaba algo más con mis propios planes, sin tener nada bajo el brazo. En mi país, se dice: “No puedes contar los pollos antes de nacer”. Yo conté todos los pollos y, al final, no tenía nada en la mano».