El desafío de migrar con discapacidad (II): Dejar el hogar para buscar medicina

Jair Villacrez

Esta es la segunda crónica que forma parte de la serie El desafío de migrar con discapacidad de Página en blanco.

A pesar de la crisis humanitaria que atravesaba Venezuela, Gregory Blanco aún no había decidido irse del país. Hasta que, en septiembre de 2017, cayó grave. Tuvo una especie de parálisis facial, con la torcedura de sus labios. Luego, se desvaneció en el suelo por la debilidad de su cuerpo. Lo internaron de emergencia. Durante cinco días, estuvo con suero. Como no tenía nada de apetito, bajó de peso considerablemente, al punto de estar casi desnutrido. El diagnóstico no tardó en llegar: hemiparesia espástica izquierda. A sus 24 años, debía iniciar un tratamiento con medicamentos y terapia para poder recuperar parcialmente la movilidad de su cuerpo. Pero en su ciudad, Barinas, no había medicina. Venezuela colapsaba, y Gregory no podía esperar. Fue, entonces, cuando supo que debía partir. La dificultad que tenía para desplazarse no sería impedimento para viajar durante ocho días hasta cruzar la frontera de Colombia. Tenía que salvar su vida.

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No tiene certeza de los motivos que le llevaron a adquirir esta discapacidad. Pero sí recuerda que justo antes de que cayera mal, atravesaba una fuerte depresión debido a que su madre, con quien solía vivir, había partido a Colombia. Pasó por momentos de estrés agudos y de sentimientos de soledad. La discapacidad físico-motora que ahora tiene apareció en ese período, de manera inesperada.

Si no lo ven a uno con un bastón o algo que demuestre que está mal, te gritan. Cuando ando con mi rodillera, ahí sí lo entienden.

Gregory tenía una pareja, un joven también venezolano que le estuvo ayudando durante algún tiempo. Pese a eso, su madre le ofreció llevarlo a Colombia para que pudiera asistirlo de cerca, pues al inicio Gregory necesitaría mucha ayuda para movilizarse. Pero, decidió irse, además, porque la depresión se incrementó. «Seguía triste, estaba con la muerte de un familiar y simplemente quería irme. Entonces, mi mamá me mandó a buscar con una prima y me fui con ella», cuenta.

Créditos: Rodrigo del Castillo.

Una relación que decidió terminar

Una vez en Colombia, empezó la rehabilitación, con un sinfín de vitaminas para que pudiera recuperar peso. Estuvieron ahí durante un tiempo, mientras Gregory seguía el tratamiento para mejorar su movilidad.

Para entonces, Gregory todavía tenía pareja. El novio con el que había estado en Venezuela viajó luego a Colombia para estar con él y ayudarlo en su recuperación y sus actividades diarias: vestirse, asearse, alimentarse.

Sin embargo, él sentía que su pareja no estaba a gusto y lo notaba agotado. No toleraba la idea de que alguien pudiera estar con él solo por pena o compromiso. «Él ya estaba cansado. Tuvimos que terminar porque estaba conmigo casi que por lástima. Yo decidí terminar la relación», recuerda.

Hacia un nuevo destino

Ya en 2018, habiendo superado la ruptura con su pareja, Gregory decidió dejar el país cafetero para aventurarse a Perú y buscar mejores oportunidades. Fueron cinco días de viaje hasta llegar a la capital peruana. El viaje también lo volvió a hacer con su prima, con quien ingresó por la frontera de Tumbes, al norte.

Como su objetivo era Lima, tan pronto como llegó, se asentó aquí. Ahora vive en el distrito de San Juan de Lurigancho.

Él ya estaba cansado. Tuvimos que terminar porque estaba conmigo casi que por lástima. Yo decidí terminar la relación.

Ya en la ciudad, Gregory siguió con su tratamiento. Logró ingresar al Seguro Integral de Salud (SIS), gracias al cual puede acceder a las terapias. De momento, lleva cerca de 20 sesiones. «Me han ayudado porque ahora camino un poco más rápido, aunque la mano sí me ha costado más. La muevo, pero no tengo fuerzas. Los médicos me dicen que es un proceso largo, que tenga paciencia, que me voy a recuperar».

Créditos: Rodrigo del Castillo.

«Los chicos se aburren»

En Perú, Gregory ha salido con algunos chicos. De hecho, tuvo algo con un joven peruano, pero cree que sus relaciones no han durado porque es difícil que le tengan paciencia debido a su condición física. «Los chicos con los que he salido, que han sido dos o tres, no aguantan la limitación que tengo. Debe ser que se aburren de lo mismo», supone.

A diferencia de lo que le pasó con su exenamorado, no piensa que en Perú haya una percepción de lástima hacia las personas con discapacidad. «Con mi ex sí porque estaba conmigo como para que yo no sufriera».

Eso para Gregory es positivo porque las personas no lo tratan con pena, sino con amabilidad. «Aquí sí son amables en la calle, el bus, el tren. La mayoría de las veces me ceden el asiento. No siempre, pero muchas veces me ceden».

Sin embargo, sí ha tenido que enfrentar situaciones incómodas. Dado que no usa bastón o muletas, algunas veces ha tenido que explicar su discapacidad para hacer valer sus derechos cuando no han querido reconocérselos. «Una vez, estaba con mi familia en el bus, y, como yo estaba sentado, me gritaron que me pare. Como lo ven a uno joven y bien, entre comillas… Si no lo ven a uno con un bastón o algo que demuestre que está mal, te gritan. Cuando ando con mi rodillera, ahí sí lo entienden».

El reto de conseguir empleo

Un reto grande que enfrenta un migrante es el poder conseguir empleo, pero sobre todo cuando hay una limitación física de por medio. Como Gregory no puede soportar mucho peso, debe buscar empleos que se ajusten a su situación.

Cuando llegó a Perú, trabajó en un hotel como recepcionista. Su función era operativa y en un mismo espacio: pasar llaves, recibir huéspedes, contestar llamadas, recibir dinero, digitar en la computadora. Era el único trabajo que cumplía buenas condiciones para él, además de que tenía un horario que se respetaba. Lamentablemente, ese empleo duró poco.

Los chicos con los que he salido, que han sido dos o tres, no aguantan la limitación que tengo. Debe ser que se aburren de lo mismo.

Ahora está sin un empleo formal. Ha intentado buscar, pero, debido a la pandemia, no ha logrado conseguir uno. Por el momento, se dedica al cuidado de sus sobrinas, oficio por el cual recibe un ingreso que le ayuda a sostenerse.

Él quisiera poder dedicarse a la manicure, pues disfruta mucho hacerlo. O también quisiera emprender algo. De hecho, un amigo suyo, un peruano, le ha propuesto trabajar en un negocio de comida que quiere abrir. «Todo es bienvenido. Necesito para pagar mi cuarto, mi comida».

Ahora, a sus 28 años, Gregory se siente contento en Lima. Asegura que la ciudad le encanta, sobre todo por el clima que es casi siempre frío, a diferencia de su ciudad donde es muy cálido. Además, aquí está con su familia, su madre y sus hermanos. Por todo ello, no tiene pensado ir a otro lugar. «¿Volver a Venezuela? No. Si me voy de aquí, sería a otro lugar, pero preferentemente me quedo aquí porque aquí me gusta».

Me gusta estar aquí, sino ya me hubiera ido.

Mientras consigue un empleo que le permita trabajar con sus condiciones, Gregory seguirá con sus terapias porque quiere recuperarse. Como le encanta caminar, no supone ningún esfuerzo para él. «Camino un kilómetro por placer o por hacer ejercicio; es porque yo quiero. Me gusta estar aquí, sino ya me hubiera ido».