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A veinte siete años de su fallecimiento, el cuentista peruano Julio Ramón Ribeyro continúa siendo una de las voces más representativas de la narrativa peruana e hispanoamericana. Al flaco se le recordará toda la vida no solo por la genialidad y sencillez de su pluma, sino también por darles una voz a las personas que viven al margen de la sociedad: niños pobres, moribundos, ancianos olvidados, aristócratas que se volvieron locos y malgastaron su dinero, tipos extraños y solitarios o aquellos seres que fueron tentados por el fracaso y la locura. Siempre cabizbajo y con el cigarro pegado en sus labios pálidos o entre sus dedos alargados, Ribeyro se convirtió en un observador de la cotidianidad, de los pequeños detalles y gestos que conforman lo habitual, absurda e irónica que puede llegar a ser la existencia humana.

“Prosas Apátridas” es, tal vez, uno de los mejores libros para iniciarse en el universo ribeyriano. La obra es una colección que incluye varios textos, aforismos o reflexiones que no pertenecen a ningún lugar y que no se ajustan cabalmente a ningún género literario. El resultado, lejos de lo que uno pudiera imaginar, no son pensamientos que se los lleva el viento, sino una fuente viva de aspiraciones profundas de un hombre moderno que intenta sobrevivir en los confines de la vieja Europa.

El prólogo, escrito por el crítico literario José Miguel Oviedo, está dirigido a: “Al gato y al ratón”. Estas breves páginas explican la rebeldía de un joven Julio Ramón, quien tuvo el descaro de querer ser escritor en un mundo limeño de arribistas y de una envidiable dinastía familiar con grandes reconocimientos en el ámbito político, social y jurídico. Aquella burbuja de éxito estaba conformada por Juan Antonio Ribeyro (ministro de Relaciones Exteriores y presidente del Consejo de ministros en los años 1862, 1863 y 1872) y Ramón Ribeyro Álvarez del Villar (ministro de Justicia e Instrucción y presidente de la Corte Suprema del Perú de 1909 a 1910).  “Casi no logro imaginar qué sensación de estupor, de derrumbe moral, de escándalo, debió experimentar esa familia cuando descubrió que Ribeyro no solo prefería los estudios universitarios de Letras a los más honrosos de Derecho, sino que, además, empezaba a escribir a cuentos, tenía el descaro de ser escritor y de juntarse con otros réprobos como él”.

¿Qué son, a fin de cuentas, estas «Prosas Apátridas»? ¿Son apuntes desordenados, páginas de un diario personal, una filosofía de bolsillo o tal vez una forma de desahogarse espiritualmente? Para Oviedo son todo lo anterior, pero también representan el escepticismo, el pesimismo y la reflexión sobre la existencia. Sin embargo, los temas son múltiples y reflejan la complejidad de una vida. Además, Oviedo destaca varios motivos centrales por los que el lector se siente identificado con cada uno de los fragmentos, de tal manera que no tiene más remedio que reiterarlos para calmar sus más profundos secretos y angustias. Estos motivos son el amor, el sexo, los hijos, la vida doméstica, la calle como un espectáculo, la ventana como el observatorio de la realidad, la literatura, el fracaso del escritor, la vejez y la muerte.

En estos textos, escritos en su mayoría en París, Ribeyro creó un sinfín de mundos que nacieron de la observación constante. Se lee sobre los misterios del cuerpo de una mujer (N.º 5), su pasión por las partidas silenciosas de ajedrez (N.º 18), el desprecio del hombre a todas las formas de la naturaleza (N.º 20), la alegría de los niños y soledad de los ancianos en la Rue de la Processión (N.º 33), sus recuerdos de las cálidas noches de Miraflores (N.º 54), las andanzas por el barrio de Saint Cloud  (N.º 61), por mencionar algunos ejemplos. Luego, hay descripciones breves sobre la vida cotidiana del autor con su hijo (N.º 57), un poema en prosa sobre las planicies de girasoles secos en Andalucía (N.º 58), la discusión ideológica de un grupo de obreros en una fonda (N.º 76), las tabernas parisinas habitadas por burócratas y borrachines (N.º 83) y el tiempo ingrato. ¡Cuántos libros, dios mío, y qué poco tiempo y a veces que pocas ganas de leerlos! (N.º 01)

Dentro de ese vasto universo de libros tuve la suerte de conseguir la segunda edición de las Prosas Apátridas, que aparecieron en 1975 por la editorial barcelonesa Tusquets. Recuerdo que esta joyita literaria reposaba en el estante de un carismático librero del jirón Amazonas, quien rápidamente se percató de mi interés por el libro y lo puso sobre mis manos. De pronto percibí el olor característico de libro viejo y aprecié la cubierta dorada mostrando una reproducción del pasaporte del escritor, así como las páginas notablemente amarillentas y las 89 prosas intactas. Lo compré sin pensarlo dos veces.

Desde ese día las Prosas Apátridas se han convertido en mi filosofía de bolsillo. Cada mañana despierto y veo la imagen de Julio Ramón descansar en la mesita junto a mi cama. Es un personaje tétrico de saco, corbata y cabello largo. Sus ojos achinados miran por la ventana las flores sin colores en los maceteros antiguos.  La expresión seria de su rostro tratando de entender el origen de este gris amanecer en el balneario. Un día más, piensa. Después abro el libro y al azar escojo cualquier página. La elegancia de Ribeyro hace que lea lo que necesitaba para iniciar el día con un pensamiento profundo de lo que fue y seguirá siendo una escritura austera y honesta.

“Esas mañanas nulas, canceladas, en las que escucho música sin oírla, fumo sin sentir el sabor del tabaco, miro por la ventana sin ver nada, pierdo en realidad todo contacto con la realidad sin que por eso acceda a un mayor contacto conmigo mismo, esas mañanas, ni en el mundo ni en mi conciencia, floto en una especie de tierra de nadie, un limbo donde están ausentes las cosas y las ideas de las cosas y no me dejan otro legado, esas mañanas, que una duración sin contenido”.