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El escritor que enseña a amar la lectura: Julio Ramón Ribeyro

Recordaremos a aquel parco escritor que, con su prosa, supo llegar a los lectores. Se necesitaba solo tomar en cuenta lo que giraba en torno a la sociedad limeña donde fue partícipe, donde cuenta sus vivencias, considerando los trabajos que realizó para subsistir en París o en Madrid y en efecto su obsesión por el tabaco, que lo llevó a realizar el acto más pérfido con sus libros que “ se hicieron humo”, como mencionara en las líneas de unos de sus libros.

El supo llegar a atrapar al lector con las peripecias de Enrique y Efraín, al momento que salían de su humilde hogar ante la exigencia de su protervo abuelo para alimentar al cerdo que tenía de mascota; con los “ Gallinazos sin Plumas”, por la irrupción a los muladares, antes del ingreso del camión de la basura durante el alba que frustraba su ardua faena para sentir complacido a su abuelo; con las ocurrencias de Roberto, que sería conocido como Bobby para complacer a una despampanante chica del barrio Miraflorino. Quienes se sienten identificados con el caso de “Bobby”, sienten la frustración y buscan de la manera excepcional obtener una respuesta por parte de esa chica.

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Otro cuento de este gran escritor era sobre su afán de encontrar los libros que, durante su infancia, se sentía impresionado al ver tan ubérrima biblioteca, plagada de conocimientos de historia, literatura, filosofía entre otras materias y que era del agrado de su abuelo.

Lamentablemente, «el Flaco» no tuvo oportunidad de leer ningún libro pues estos se hicieron polvo con el pasar de los años que denominaría “El polvo del conocimiento”, un título idóneo para una vivencia que tuvo durante la infancia tan indeleble y significativa para el otrora escritor limeño.

«El Flaco» retrató su amor por el deporte rey. Fue un simpatizante del club Universitario de Deportes, y en innumerables oportunidades escribió sobre Lolo Fernández, ícono de la institución crema, que con su apodo del “Cañonero” supo voltear un partido adverso ante Racing Club de la Avellaneda. En efecto «el Flaco» tuvo esa oportunidad de estar en el antiguo estadio Nacional donde supo dedicarle una oda al gran Cañonero de la U y disfrutó los partidos de la U durante la estadía en la clínica por una enfermedad crónica causa por el humo de los cigarrillos, ese humo que lo inspiró en la interminable escritura de su entendible prosa; además de sostener tertulias con sus compañeros sobre Borges, Italo Calvino, Julio Cortázar, entre otros excelsos escritores.

Hay que recalcar que este escritor tomaba como inspiración sus vivencias de su juventud o en su etapa adulta, y existe una coincidencia e identificación con el lector. Su narrativa, al igual que la de Vargas Llosa, ha transcendido notablemente y está indeleble en la mentalidad colectiva de todos los peruanos y agradecerle por ese legado, la predilección hacia la escritura y en efecto por la narrativa como fuente de inspiración para muchos.