Periodista en Página en blanco
Es director de arte, escritor y cineasta.
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El odio: sus inicios e infinitos desenlaces

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Inicios

Podríamos decir que de la conquista y la colonia aún quedan demasiadas cosas presentes en la forma en la que funcionamos como país y sociedad. Cosas que son como un espíritu poderoso y pesado que se mete por entre todos los rincones que puede, para esconderse detrás de todo. A pesar de que hay muchas personas que ni siquiera se han dado cuenta de que está ahí esperando afuera de sus puertas, esperando a que salgan al mundo todos los días, está presente, aunque camuflado. Es considerablemente viejo, y al inicio era mucho más ostentoso que ahora. Con el tiempo aprendió a transformarse y adaptarse, sin dejar de lado su esencia.

Hay otras personas que tienen muy clara su presencia, porque han leído los mapas y aprendido a hacer las conexiones, han aprendido a verlo y luchan por exterminarlo todos los días. También está la gente que puede sentirlo y respirarlo, pero tienen el privilegio de ignorarlo, y como es menos incomodo y más conveniente, lo hacen. Este espíritu, que vive en nuestra casa se ha encargado de definir muchas cosas, pero como sería muy complicado hablar de todas, nos enfocaremos en una sola, que en realidad está relacionada con todas las otras porque está siempre todo relacionado. LGBTQIA-fobia.

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Antes de lo que sería el Inicio, todo era muy diferente. Para la cultura Mochica, la homosexualidad no era nada del otro mundo. Era simplemente parte de la vida. En diferentes comunidades Aymaras, las personas queer eran consideradas seres mágicos, con poderes sobrenaturales. Eran respetadas y tenían posiciones de chamanes dentro de sus comunidades. En cuando a la cultura Inca, existían chamanes llamados Quariwarmi, que llevaban indumentaria del género opuesto y que rendían homenaje a una deidad de doble género llamada de Chuqui Chinchay. Las relaciones lesbianas eran respetadas y su amor reconocido. En ocasiones, las relaciones venían con privilegios. Se aceptaba que mujeres participaran de combates.

Poco después de que llegara de Francisco Pizarro con su barba y sus armaduras de metal y sus cruces y su sed, se decidió que las personas que cometieran los inmorales y despreciables actos de sodomía deberían ser ejecutadas, siguiendo una tradición muy europea, que estaba acostumbrada a que su santa inquisición quemara los cuerpos de “sodomitas” en la hoguera, uno tras otro. Se decidió que “…Ni los afeminados ni los sodomitas heredarán el reino de Dios”. Y así, de repente, con la bendición de hombres blancos y barbudos, que dicen llevar al verdadero dios en sus lenguas, algo se siembra, se introduce. La idea de lo binario, de lo masculino y de lo femenino, la idea de una sola orientación sexual válida y tan solo dos formas de expresar el género.  Algo que hasta hoy se usa como excusa. El odio como la representación máxima de la moralidad.

Recuerdos y presentes

Tengo muchos recuerdos de odio. Algunos son míos, de veces en las que me he sentido humillado o asustado. También tengo unos antiguos, que me visitan de vez en cuando, y algunos más recientes. otros recuerdos son de cosas que me han contado, a veces como si fueran algo completamente normal, y otras veces con voces profundamente tristes.  Recientemente vienen a mi cabeza recuerdos de cosas de las que me he enterado leyendo alguna noticia o viendo algún video viral.

Leí esta historia, de un padre que mataba a su hijo a balazos. El padre se llamaba Humberto Herrera Altamirano, pero un nombre más importante que el suyo es el de su hijo. Pasé un buen tiempo tratando de encontrarlo, pero su nombre no aparecía en ningún lado. Solo que tenía 17 años y que era gay.  «Perdóname señor, padre santo, por todo lo que he cometido en esta tierra y en esta vida, te pido que lo cuides a mi hijito, cuídalo padre no lo desampares, ayúdame señor, dale consuelo» es lo que gritó su padre después de matarlo.

Pienso también cuando un amigo me habló de Yefri Peña. Yefri es una mujer trans que desarrollaba una labor como promotora de salud sexual. En el año 2007, cuando caminaba a su casa después del trabajo, fue atacada brutalmente por cinco hombres. La insultaron y la golpearon hasta que ella logró escapar. Escapar. Escapar. Correr. Yefri se dirigió hacia un puesto de policía con la esperanza de ser protegida y de estar a salvo. Cuando le negaron ayuda, Yefri tuvo que encontrarse de nuevo con los cinco hombres, que después de derramar toda la sangre que pudieron con los cortes que le hicieron a su cuerpo y rostro, la dejaron por muerta. Hasta el día de hoy no se conoce la identidad de los cinco hombres. Se sancionó a los agentes policiales. Yefri no recibió ninguna compensación y no fue considerada como la agraviada del caso, sino solo como testigo. Después de todo lo que pasó solo fue un testigo en su propio caso.

Es extraño ser parte de una comunidad que amas y crecer leyendo y escuchando cosas así. Sintiéndote completamente impotente cada vez, poniéndote rojo del enojo y cansado de la tristeza. El problema es que hay demasiado material de este tipo para leer y escuchar.  Se repite una y otra y una y otra y una y otra vez, año tras año desde hace siglos, las mismas historias con desenlaces iguales. Es una de las cosas que nos une, el recuerdo del dolor, de  historias de amor seguidas de castigo, de belleza oculta, escondida y de persecuciones violentas,  de balas, de moretones, de jaladas de pelo, de fuego, de tortura, de “terapias”, de trabajo forzado, de campos de concentración, de desamparo y  de todo tipo de finales abruptos.

En el Perú, el 62.7% de la comunidad dice haber sufrido algún tipo de violencia y discriminación. En más del 60% de los casos se produjo en espacios públicos, en el ámbito educativo y también en diferentes instituciones del Estado, dice la Primera Encuesta Virtual para Personas LGTBI que realizó el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) en el 2017.

Según el informe anual del Observatorio de Derechos LGTBI, durante 2016 se registraron 18 homicidios y 416 casos de violaciones de derechos de este grupo poblacional.

La violencia, el poder de hacer y el poder de no hacer nada

 Ahora, pensemos en otras formas de interpretar el odio o la violencia. Ok, odio puede ser un ataque brutal, pero si entendemos todo tipo de discriminación como un acto de violencia ¿Cómo interpretamos al estado? Es decir, que significa cuando se permite que una porción de ciudadanos, millones, no tenga los mismos derechos, y más importante aún, protección, que otros. ¿Cómo llamamos a eso?

¿Qué podemos decir de nuestra sociedad? Es algo que deberíamos preguntarnos más ¿Cuántos abogados, doctores, comandantes, bomberos o policías trans solemos ver? ¿Dónde están? ¿Por qué no están? ¿Podría ser una casualidad?

Hace poco vi una historia de Instagram en la que Malcom Carhuajulca, bailarina y “Fairy afro-caribeña de sexo dudoso” hablaba sobre representación. Decía: ¿A cuántas personas afro trans y LTB+ ves en publicidad, tv, cine, etc.? ¿Cuántas son bien representadas, cuántas están ahí como lo gracioso y exótico? “

No tenemos buena  representación, pero lo que si tenemos es la misoginia heredada que hace pensar a tantas personas que el concepto de feminidad es inferior y degradante y que les condiciona a verla con asco o hilaridad cuando difiere de su concepto binario del género. Lo que tenemos es una invisibilización histórica deliberada y una historia larga de oportunidades perdidas para hacer justicia.

Una considerable porción de la comunidad vive marginalizada y en situaciones de pobreza, con hambre y sin mucha esperanza de cambiar su situación porque el ser aceptadas por la sociedad e incluidas simplemente no está dentro de las posibilidades. Otras tienen el privilegio de pertenecer a la sociedad, por pura suerte,  pero la mayoría de veces a un costo, y, aun así, en el mejor de los casos, siguen siempre teniendo menos derechos que los demás.

El odio

Si quisiéramos, podríamos tratar entender gran parte de una época solamente enfocándonos en las cosas que se odiaban. Podríamos pensar en lo que llevaba a las personas de algún momento de nuestra historia a cometer actos de violencia o de crueldad, podríamos entender lo que era permitido y lo que debía ser callado o eliminado, exterminado.  Se pueden hacer cosas tan grandes y tan importantes solo por odio. Se pueden cambiar tantas vidas, tantos rumbos, tantos destinos solo por odio. Nunca es pequeño, el odio nunca es pequeño, por más escondido que esté. Pero hay otras cosas grandes y poderosas en el mundo, cosas que también cambian  vidas y rumbos y destinos… y las cosas cambian.