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Roberto Duran

Martín Vizcarra había tirado la toalla. Pese a haber sobrevivido a un primer proceso de vacancia a mitad de septiembre, con complot incluido, esta vez Vizcarra, cuya reputación había sido golpeada por las investigaciones periodísticas del Caso Lomas de Ilo, había sido vacado por 105 votos a favor, 19 en contra y 4 abstenciones. La crisis sanitaria, social y económica ocasionada por la pandemia de la COVID-19, la relación abiertamente confrontacional ante un congreso populista y las investigaciones por corrupción habían dejado cada vez  más solo al presidente. Como reporta IDL-Reporteros, los congresistas, molestos porque Vizcarra les recordó que 68 de sus miembros tienen investigaciones fiscales, decidieron inclinar la vacancia hacia los 105 votos, entre ellos la bancada de APP, cuyo líder César Acuña había asegurado a Vizcarra que su partido votaría en contra.

 

 

Terminada la votación, Manuel Merino de Lama sabía que se convertiría en presidente de la República. Martilló la campanita y, entre aplausos, esbozaba tímida sonrisa escondiendo la mirada. Merino sabía que había pasado un límite. La radio, la televisión e Internet trasmitían desde el Congreso, pero en las redes sociales la sorpresa por los resultados pasaba de la conmoción a la convocatoria a machar e ira. Los conservadores celebran la vacancia de “Vizcarra el corrupto”, los liberales y progresistas decían que se había concretado un golpe parlamentario. Abogados y politólogos debatían sobre si era una vacancia legal o un quiebre en el orden constitucional. Al peruano promedio no le era trascendental la legalidad de la vacancia, la sensación de que te habían robado la billetera y que tenías que ir a buscar el ladrón para recuperarla era el común denominador entre quienes no están al tanto de las noticias.

Pocas cosas unen a los peruanos como la selección de fútbol, la gastronomía, Miguel Grau, el antifujimorismo y el desprecio hacia su clase política, en especial el Congreso de la República. Al ser vacado Vizcarra, Merino se había convertido en un intruso en Palacio de Gobierno. Finalmente, el odio colectivo hacia el Congreso tenía un nombre: Manuel Merino de Lama. Este no sabía la magnitud de las consecuencias de sus actos en los próximos días. La juramentación de Merino sería el martes.

Esa misma noche, Vizcarra salía al frontis de Palacio de Gobierno para dar una conferencia de prensa en compañía del gabinete. “Hoy día dejo Palacio de Gobierno. Hoy día me voy a mi domicilio”, decía un ecuánime Vizcarra, quería despejar toda duda de intento de atornillarse en el poder. La apariencia de resignación mostraba que se libraba de un peso enorme. El gobierno de Vizcarra había enfrentado una censura de gabinete, una cuestión de confianza y disolución del congreso con intento de usurpación del poder, una pandemia con más de 30,000 muertos, recesión económica  y dos procesos de vacancia. Ahora la única preocupación de Vizcarra era la investigación fiscal en su contra por corrupción en obras públicas.

Mientras grupos de protestantes llegaba a la plaza San Martín, a las afueras del Congreso de la República, la mayoría de congresistas daban conferencias de prensa en un tono victorioso. El congresista Ricardo Burga (AP) estaba dando declaraciones cuando intempestivamente recibió un puñetazo en el pómulo izquierdo de parte de Carlos Ezeta, un joven asistente de cámara de 24 años que estaba en los alrededores y que, preso de la indignación de la vacancia, sigilosamente se acercó a donde esta Burga y le dio el derechazo. Inmediatamente fue apresado por la seguridad del congresista y llevado a la comisaria. Sin embargo había nacido la primera cara visible de las protestas.

Como consta en sus historias de Instagram, Carlos esa mañana escuchaba rock en la televisión. Tiene su cuarto lleno de posters de banda de rock como Muse, Difonía y Líbido. Esa tarde, como la mayoría de peruanos, estuvo viendo el proceso de vacancia contra Vizcarra y posteaba la intervención del congresista Sagasti, opositor a la vacancia. Vacado Vizcarra, Carlos posteó: “Ahora sí…CA-GAMOS Lo importante de leer antes de votar. Qué harás ahora?”. Habiendo llegado a la plaza Bolívar frente al congreso, Carlos subía selfies con paneos hacia el Congreso, intervenciones de Rocío Silva Santisteban. Después de eso subió una foto del interior de la comisaría a la que fue llevado después del puñete a Burga. Carlos pasó la noche en la comisaria.

Carlos Ezeta pasó de ser un anónimo a ser la expresión popular del descontento del peruano contra la degradación de la política peruana. Había logrado lo que millones de peruanos desearían hacer ante la impunidad y el descaro de la clase politica peruana: tomar acción por mano propia. La cuenta de instagram de Carlos Ezeta obtuvo millares de seguidores (más de 400,000), los memes comparándolo con un héroe de la patria inundaban internet.

En la noche de la vacancia, dos de los tres principales candidatos a la elección presidencial estaban fuera de Lima. George Forsyth estaba en Ayacucho; Verónika Mendoza, en Bolivia luego de asistir a la toma de mando de Luis Arce como presidente. Solo Julio Guzmán estaba en Lima. Guzmán movilizó a sus partidarios y llamó a la protesta; Mendoza, también. Forsyth contradecía sus propias posturas.

En reacción a la vacancia, se escuchaban cacerolazos en las ventanas y las redes sociales llamaban a la protesta para el martes que juraba Merino en el Congreso. Merino había adelantado la juramentación de las 5:00 p.m. a las 10:00 a.m. ese dia. Primera señal de miedo.

Esa madrugada me escribieron dos amigos, Joss y Bazán, el mismo mensaje: ¿vas a ir a la marcha? Tenía mis reparos para no ir: mis padres son grupo de riesgo, yo tengo sobrepeso y porque si me contagiaba de COVID-19 iba a tener los síntomas de aquella fuerte gripe que me había contagiado en Brasil en febrero. Desistí. “Veamos cómo va la cosa” les dije a ambos.

La mañana del martes me desperté y recibí un mensaje de Joss diciendo: “No hay gente creo. Estoy en (la avenida) Tacna” junto con una foto de la plaza San Martín con poca gente. Un día cualquiera del funesto 2020. Entró a internet y veo una foto de Merino de Lama con el comando conjunto de las Fuerzas Armadas reconociéndolo como sucesor de Vizcarra.

Prendí el televisor y puse el canal del Congreso. El país iba a presenciar la vuelta al poder de Acción Popular después de 20 años, la última vez que Acción Popular había llegado al poder también había sido por una vacancia: la de Fujimori quien había renunciado por fax desde Asia. Aquella vez, Valentín Paniagua, veterano congresista de Acción Popular, había sido elegido presidente del Congreso ante la renuncia de los vicepresidentes de Fujimori y la mesa directiva congresal. Ahora regresaba Acción Popular del mismo modo, pero en circunstancias distintas. Acción Popular había vacado a un presidente cuestionado, pero popular, con la ayuda de las bancadas igual o más cuestionadas que el mismo Vizcarra (APP, UPP, Podemos Perú, Frente Amplio, Somos Perú y el fujimorismo). Paniagua era un demócrata a carta cabal, Merino había complotado contra Vizcarra llamando a las Fuerzas Armadas en la primera moción de vacancia del ex presidente. Todo en medio de la crisis sanitaria más mortal que había tenido el Perú en su historia.

El primer vicepresidente del Congreso, Luis Váldez (APP), invitaba a Merino a sentarse en la mesa directiva del Congreso. “Yo, Manuel Arturo Merino de Lama, juro por Dios, por la patria y por todos los peruanos que (…)”, leía Merino sin levantar la mirada hacia los asistentes, entre los cuales estaban Raúl Diez Canseco y Víctor Andrés García Belaunde, ambos dirigentes de la facción limeña de Acción Popular. Terminada la juramentación y firmada el acta, el Congreso de la República había logrado romper la independencia de poderes cooptando el Ejecutivo con un golpe institucional disfrazado de vacancia. 

Mientras escuchaba a Merino decir que agradecía a las 9 bancadas que votaron la vacancia y alegaba que los votos era votos de confianza, que aseguraba las elecciones de 2021 y que se mantendría el equipo técnico en el manejo de la pandemia.  Con una dicción trabada y un tono de voz plano, Merino leía un mensaje chato citando a Paniagua y Belaunde. “Que viva el Perú, que viva el Congreso, que vivan los peruanos”, terminaba un mensaje con pocas luces.

Merino subía al carro presidencial y se dirigía a Palacio de Gobierno a través de una ruta cerrada por policias. ¿Era Merino de Lama la versión peruana de Jeanine Añez, el golpe de estado de la mediocridad? En la televisión se veía como las calles del centro empezaban a llenarse de manifestantes y a enfrentarse en el jirón de la Unión a punta de pedradas. El  cambio al dólar empezaba a dispararse. Mala señal.

Le escribo a Joss: ¿Cómo estás? ¿Sigues en el centro? Me envía unas fotos de gente yendo por jirón Carabaya, otra con una bandera larga. “Están gaseando en Emancipación” me dijo. “Regreso en la noche”, sentenció.

Le escribo a Bazán: ¿Cómo está el centro? “Horrible. Hay azuzadores agazapados” me dice. “¿Azuzadores de la policía?”, le replico. “Pintas de zurdos radicales”, me dice él. “Me refugié en el local de mi pata, los hijos de puta de los policías tiran varasos mal”, complementa.

Corría el rumor que el equipo Terna, un escuadrón de inteligencia policial, estaba infiltrado en las marchas azuzando y criminalizando las protestas. Inicialmente creados para combatir la micro comercialización de drogas habían derivado en una suerte de parapolicia del régimen. Los ministros de Vizcarra habían presentado sus renuncias el lunes de la vacancia y sus resoluciones habían salido en el diario oficial. No había ni Primer Ministro ni ministro del interior. La policía actuaba por cuenta propia.

Pasaban las horas y circulaban por las redes sociales listas de potenciales ministros, uno cada vez más improbable que el otro. Algunos desmentían tales rumores como la documentalista Sonaly Tuesta o el académico Hugo Ñopo. Pasaban las horas y no se sabía el nombre del presidente del Consejo de Ministros. Nadie quería “quemarse” con un gobierno abiertamente impopular.

En la noche, Joss me escribe: “Esto acaba de empezar y ya está más pendejo que antes.”

A las 10 p.m. del martes 10, se confirmaba que Ántero Flores-Aráoz había aceptado ser Primer Ministro del gobierno de Merino. Flores-Araoz (78), un conservador, llegó al Congreso en 1990 con el FREDEMO, fue constituyente en el CCD y luego fue congresista hasta 2006. En el gobierno de Alan García, fue ministro de defensa durante el Baguazo, presentando su renuncia cuando Yehude Simon renunciará por la muerte de 33 personas en dicho conflicto. El estudio de abogados de Flores-Aráoz realizaba la defensa legal de la Universidad Telesup, del líder de Podemos Perú José Luna Gálvez. Dicha universidad no había logrado acreditar condiciones minimas, lo que la obligaba a no admitir más alumnos y cerrar.

Mientras se trasmitía la información de la designación de Flores-Aráoz, en la comisaria de Alfonso Ugarte, el equipo Terna de la policía detenía al abogado Carlos Rodriguez de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos (CNDDHH) mientras intentaba dar ayuda legal a los detenidos en la marcha de aquel día martes.

El miércoles al mediodía, en una rápida ceremonia en Palacio de Gobierno, juramentó en solitario Ántero Flores-Aráoz. El reto ahora era armar un gabinete y tratar de controlar las protestas que cada vez eran más difíciles de reprimir. La protestas se habían descentralizado en todas la provincias del Perú y se hacían cada vez más incontenibles. El país no tenía ministro del interior desde el lunes de la vacancia.

Hasta ese momento solo el Ministerio de Relaciones Exteriores de Paraguay reconocía a Merino de Lama como presidente de la Républica. La OEA instaba al Tribunal Constitucional a decidir sobre la legalidad de la vacancia, Ecuador y Colombia se alineaban con la OEA. Uruguay y Chile no mencionaban a Merino como presidente sino como como quién había asumido la presidencia. La comunidad internacional no se decantaba por Merino de Lama.

Esa tarde mi cuñado vino a mi casa a recoger unos pedidos que no llegaban a la suya antes de partir a una casa de playa con mi hermana y mi sobrina de 7 meses que había alquilado por el fin de semana.

-Voy a ir a la marcha mañana al centro así que es mejor que nos veamos hasta que haga la prueba molecular- le comenté.

-Ok. No hay problema. Ya les toca- me respondíó

Me quedaba rebotando en la cabeza el “ya les toca”. Tanto mi hermana como mi cuñado habían ido a universidades públicas. Mi hermana había lavado banderas cuando el fujimorato empezaba a desmoronarse en el 2000. Como muchos jóvenes de su época, se habían convertido en esta nueva generación de Yuppies de clase media alta tecnócrata, altamente calificada y que miraba a la clase política como un pasivo que había que cargar, pero que no interfería en sus proyectos personales. Lo entendía. A ellos les había tocado restablecer la democracia en el 2000, habían cumplido con su circunstancia.

Lavado de banderas en la Plaza de Armas de Lima durante la caída del fujimorato (2000)

Durante la tarde y noche empezaban a trascender los nombres de los ministros del gabinete Flores-Aráoz. Los primeros nombres en conocerse fue el de Mara Seminario, quien había sido viceministra de turismo en el gobierno de Alan Garcia; Fernando D’Alessio, quien había sido ministro de salud de Kuczynski y quien había facilitado el indulto a Fujimori en la navidad de 2017, iría al ministerio de educación; José Arista, ex ministro de agricultura de Kuczynski, al ministerio de economía; Abel Salinas hijo, quien había sido ministro de salud después de la renuncia de D’Alessio y tenía una presencia mediática fuerte en el contexto de la pandemia, asumiría el ministerio de salud; Juan Sheput, ex ministro de trabajo de Toledo y conocido opositor de derecha; Gastón Rodriguez, efímero ex ministro del interior de Vizcarra e investigado por la prensa por la reparación de patrulleros en un taller mecánico de un financista de Keiko Fujimori.

La protesta no paraba en el centro de Lima y empezaba a llamarse a la manifestación en los distritos adinerados de la capital, sobre todo porque Manuel Merino vivía en San Borja; Flores-Aráoz, en La Molina.

En una entrevista en el canal Willax, de tendencia conservadora, Flores-Aráoz aseguraba que su gabinete juraría el jueves a las “4 o 5” de la tarde. Mientras el Primer Ministro armaba uno de los gabinetes más derechizados de los últimos 20 años, en las redes sociales se llamaba a una marcha nacional en todo el país, en especial a la plaza San Martín. Palacio de Gobierno contaba con 5 anillos de seguridad para evitar que los manifestantes se acerquen durante la juramentación.

-¿Hoy sí bajas (a la marcha)?- me escribía Bazan.

-Creería que sí, igual voy a comprar unos lentes protectores en Sodimac- le respondí.

-Ok. Nos vemos a las 4 para ir al centro- replicó Bazán.

Dejé el celular sobre la mesa de noche y me fui a dormir.

Ante la convocatoria a la Marcha Nacional en plaza San Martin para las 5:00 p.m., se adelantó la juramentación del gabinete Flores-Aráoz para la 1:30 p.m. en el patio de honor de Palacio de Gobierno. En una ceremonia con poca concurrencia, no todos los ministros estaban con mascarillas, entre ellos el ministro de salud, Abel Salinas. Un ceremonia rápida para un gobierno fugaz.

En Instagram y Twitter se compartían videos e imágenes para cuidarse de los gases lacrimogenos y los perdigones de goma en los ojos. La marcha nacional chilena de 2019 había recogido las estrategias de los protestantes hongkoneses tales como la desactivación de bombas lacrimógenas con vinagre y bicarbonato de sodio, la fabricación de máscaras antigás con botellas de plástico, entre otros artefactos de protección personal de fabricación artesanal. Las brigadas médicas y de desactivación de bombas, quienes están en la denominada “primera línea” de cara a la policía, solicitaban donaciones para comprar material médico, cascos, máscaras o vinagre a través de aplicaciones bancarias como Yape, Plin o Lukita.

Con una botella de acetona diluida en agua con gotas de limón, otra de vinagre, lentes 3M, mascarilla doble, visera y una Habeas Corpus impreso, Bazan y yo salimos rumbo al Paseo de los Héroes Navales entre el Palacio de Justicia y el hotel Sheraton. Llegamos a las 4:30 p.m. al centro cívíco y encontramos un grupo de mujeres del Grupo Yuyachkani que realizaban una performance frente al Palacio de Justicia, jóvenes escribiendo lemas de protestas en cartones, cartulinas o papelografos. Se esperaba la llegada de más manifestantes. La protesta tiene rostro joven y un smartphone en la mano.

Mirando a un grupo de jóvenes organizarse para formar la palabra #FueraMerino se nos acerca un hombre de unos 35 años, 1.75 metros de altura, pelo corto con inicios de calvicie, morocho, vestido de camisa a cuadros, jean desgastado y zapatos de vestir negro a preguntarnos:

-¿Esta es la marcha para el aborto?- dijo mientras enfocaba su mirada en los jóvenes con sus letreros y luego en el grupo de mujeres que hacían la performance.

-No- le respondí de manera seca, pero no sin agresividad.

Me miro y se fue.

-Es terna- me dijo Bazán sin quitar la mirada sobre los muchachos que formaban la palabra #FueraMerino.

-Ha venido a ver el movimiento y ver si alguien es pasible de chaparlo más tarde. Tú no pareces peligroso, vienes con zapatillas Sketchers rojas y una casaca azul eléctrico en primavera, encima te manejas esa cara de cojudo.- remató Bazán.

El papá de Bazán había sido Sinchi en la época del terrorismo y un hermano suyo trabajaba en la policía. Cuando era chiquillo, a veces, hacia pequeños hurtos con sus amigos del barrio en San Juan de Miraflores, así que sabía lo que era ser correteado por la policía, luego estudió Derecho donde lo conocí.

Tomé unas fotos de la performance y caminamos hacia el parque del Museo de Arte Italiano. El parque, que ya congregaba unos 300 jóvenes, empezaba a recibir universitarios de la Ricardo Palma y un pequeño grupo de la UNI. Sentados en una banca veíamos como sobrevolaba un helicóptero mientras conversábamos sobre amigos en común, no nos veíamos desde el año pasado.

A las 5:30 p.m. pasamos por la puerta del Sheraton, punto de encuentro de los manifestantes y brigadistas, en dirección al jirón de la Unión. Cruzando el Centro Cívico entramos al jirón de la Unión como quién entra por el pasadizo de una gradería de estadio, una marea de jóvenes pasaban haciendo gritos de protesta contra Merino, el Congreso, los partidos políticos, los gremios empresariales, las universidades basura y sus propietarios, entre otras consignas. Vendedores ambulantes de vinchas, banderas y golosinas aprovechaban la multitud para asegurar la venta del día.

Llegando a la plaza San Martín me paré frente al Club Nacional y tomé un par de fotos y videos para pasarlos por Whatsapp. Un par de helicópteros sobrevolaban la plaza y unos 4 drones se veían desde las 4 esquinas de la plaza. Las fotos y videos de Whatsapp no podían ser enviados. Reinicié el teléfono y no había cobertura de internet 4G. Habían puesto bloqueadores de señal como en la cárcel para incomunicar a los que protestaban.

Bazán y yo dábamos la vuelta por Carabaya rumbo a la av. Nicolás Piérola y veíamos a como los manifestantes cargaban un ataúd de cartón con los emblemas de los partidos que habían vacado a Vizcarra: UPP, Frepap, AP, APP, el fujimorismo, FA y Podemos Peru. El golpe les salió carísimo a las bancadas del congreso. Todos los odiaban por complotar contra un país enfermo y quebrado.

Llegamos frente al Jurado Nacional de Elecciones en Piérola y Lampa y veíamos diversos escuadrones de la policía: la Unidad de Servicios Especiales (USE), el Grupo de Intervenciones Rápidas (GIR) y la División de Emergencia (105).

-¿Ves ese pata parado con un buzo negro con rayas, zapatillas de fulbito y un celular en la mano?- me pregunto Bazán.

-Sí, ese que tiene corte degradé, no más de 1.70- le respondí.

-Ese es terna. Tienen nuestra edad, parece que esperan a alguien y tienen ese corte de pelotero con degradé.-  afirmaba Bazán.

Regresamos a la plaza San Martín y nos paramos frente al cine UVK. Empezaba a anochecer y la plaza estaba a tope. Mi celular vibró, había captado señal.

 -¿Estás en la plaza?-era Joss.

-Sí, estoy frente al UVK de Ocoña. ¿Estás sola? Vente al UVK- le respondí y volví a perder la señal.

La policía había enrejado los cruces de Pierola con Cámana, Cailloma y Rufino Torrico. Solo dejaban entrar a Pierola. Caminamos hacia Camaná con Ocoña y se podía ver a los partidarios del Movimiento Nuevo Perú con megáfonos que reproducían Contigo Perú del Zambo Cavero y Óscar Avilés. Durante los primeros meses de la cuarentena rígida en Perú, siempre podía escuchar a un vecino poner Contigo Perú a las 8:00 p.m. mientras los demás aplaudían a la policía en caravana imitando a los italianos y españoles, al fin y al cabo esa canción era como un segundo himno. Estaba saturado del Contigo Perú. Vibró mi celular.

-Estoy en el UVK. ¿Dónde Estás?- me escribía Joss.

-Ahí voy- le respondí.

Joss y yo somos compañeros de promoción de secundaria. Había estudiado arquitectura, pero participaba activamente en política. Pertenecía a una federación de estudiantes de arquitectura y se había dedicado a la peatonalización del centro histórico de Lima. No mide más de 1.60 metros, tez blanca, con agujeritos en los pómulos y unas ojeras tremendas.

-Hola, Rober. Él es Fito, mi enamorado. Roberto, Fito, Fito, Roberto.- nos presentaba Joss.

-Hola. ¿Qué tal?- lo saludé con un apretón de manos, luego saque un frasquito de alcohol en gel y me lo eche sobre las manos. La pandemia había disparado mi paranoia y mi hipocondría.

Ahora los cuatro entrabamos a Pierola para dar la vuelta por la Av. Garcilaso de la Vega (ex Wilson), se pegaban afiches y se grafiteaba paredes con las consignas “Nueva Constitución”, “Fuera Merino”, “Corruptos de Mierda”. Desde una ventana de cara a la cuadra 9 de la Av. Wilson, las monjas del templo eucarístico Esclavas del Sagrado Corazón de Jesus habían colgado un letrero que decía: “Oremos y luchemos por nuestro Perú”.

La marcha dobló en la Av. Uruguay hacía el Paseo de los Heroes Navales con dirección a Lampa. En Lampa con Pierola la marcha tiene dos rutas: regresar a la Plaza San Martín o ir hacia la Av. Abancay frente a la Casona de San Marcos. Decidimos regresar a la plaza San Martín, ignorando que el epicentro del conflicto era la esquina de la Av. Abancay con Nicolás de Piérola, donde la primera línea desactivaba bombas lacrimógenas y donde la policía disparaba balines de vidrio al cuerpo.

En la Plaza San Martín empezaba a quedar libre el lado del jirón Ocoña; sin embargo un grupo de manifestantes se pararon frente a los policías que bloqueaban la esquina de Ocoña con Carabaya para restringir el ingreso a la Plaza de Armas. Entrada ya las 9:00 p.m. Bazán y yo decidimos regresar a casa, Fito y Joss se quedaban un rato más. Caminamos desde la Plaza San Martín hasta la Av. 28 de Julio para tomar un taxi a San Juan de Miraflores con escala en San Borja. Me esperaba en casa la autocuarentena preventiva.

Llegando a casa tome una ducha y  me encerré en mi cuarto. Encendí la laptop y entré a Twitter e Instagram para encontrarme con la brutalidad policial digna de una dictadura militar. Los fotógrafos de la AFP, El Comercio y Ojo Público habían recibido impactos de perdigones en el cuerpo mientras cubrían las protestas. A Alonso Chero de El Comercio le dispararon una canica de vidrio por la espalda y tuvo que ser operado de emergencia; a Alonso Balbuena le dispararon una bomba lacrimógena en la canilla derecha por lo que tuvo que ser trasladado a la Clínica Internacional. Al 12 de noviembre, 26 periodistas habían sido agredidos por la policía, de acuerdo con Ojo Público.

Fotos de un helicóptero difuminando gas pimienta desde el aire, el video de un agente Terna descubierto huyendo del lugar hasta que, después de ser insultado por los manifestantes, saca una pistola y dispara al aire para disuadir a quienes lo filmaban. Carta blanca para la intimidación y la represión más abyecta. Por otro lado, corría la información de que un manifestante había sido declarado muerto en el hospital Almenara; sin embargo, Percy Perez Shapiama no había fallecido. Había recibido 4 impactos de canicas y su pronóstico era reservado, confirmaba el director del Hospital Almenara, Jorge Amorós.

El viernes al mediodía, Ántero Flores-Aráoz visitó una dependencia policial junto con el ministro del interior, Gastón Rodriguez, para pasar revista y mostrar su apoyo a la PNP. Flores-Aráoz no quería que decaiga la moral de las fuerzas policiales ante los hechos de la noche del jueves. La desacreditación de la policía era insoslayable puesto que todo estaba registrado y disponible en Internet.

Esa noche, la selección peruana jugaba contra Chile en Santiago por las eliminatorias al mundial. Desde las redes sociales se pedía que cada gol se grite “GOLPE” y que no se creen tendencias que puedan desenfocar la prioridad de las marchas.

En la previa al partido, se convocaba a marchar en dirección a la casa de Ántero Flores-Aráoz en La Molina y a la de Merino en San Borja. Nunca antes se había reportado que los vecinos del distrito de La Molina salgan a manifestarse contra un Primer Ministro que resida en el mismo distrito. La ilegitimidad del gobierno de Merino movilizaba a todos los sectores socioeconómicos del país.

La concurrencia de manifestantes en el centro de Lima fue menor durante el partido que el día anterior. La selección perdió 2-0. El sábado sería la segunda la segunda fecha de la Marcha Nacional.

-¿A qué hora es la marcha?- me escribío Bazán por Instagram.

-2 p.m.- le respondí.

-Caigo a las 4 por tu casa. Lleva linterna que parece que van a apagar las luces- replicó.

-Ok voy a buscar una- le escribí.

Subidos en el taxi, Bazán y yo nos bajamos en el Parque de la Exposición y caminamos hacia el Paseo de los Héroes Navales. A diferencia del  jueves, la alameda del Paseo de los Héroes Navales tenía mucha más gente, alrededor de 250 se concentraban; el jueves, solo los performers de Yuyachkani y los jovenes con el letrero #FueraMerino.

Volvimos a cruzar el Centro Cívico rumbo al jirón de la Unión y no quepaba nadie más. No hay espacio libre, solo así me había sentido una vez que acompañé a mi madre a la procesión del Señor de los Milagros. El ambiente también era más festivo, había una batucada y los carteles eran más jocosos. El humor de la Generación del Bicentenario se basa mucho en los memes de Internet, las plataformas de streaming y los virales de Tik Tok.

Llegando a la Plaza San Martín intenté ubicar a Sofía, la editora general de Página en Blanco, pero la plaza estaba repleta de manifestantes. Nunca la logré ubicar, había bloqueadores de señal otra vez.  A las 5:30 p.m. tenía el mismo aforo que el jueves a las 7:00 p.m.

Bazán y yo empezamos a andar por Pierola en dirección a Wilson. Solo un carril de la avenida bastaba para los manifestantes. No llevábamos letreros ni nada más que una mochila y nuestras casacas. Yo tomaba fotos y él de vez en cuando decía un cantico. Bajamos por Wilson y todavía el carril en dirección a Tacna estaba libre, pero había cada vez más manifestantes y condcutores que tocan el claxon en apoyo a los manifestantes. Anochecía y en la esquina del Museo de Arte de Lima con Wilson estaba repleta de autos. Pasamos entre los autos y buses en dirección a la plaza Miguel Grau.

En el Ovalo de la Plaza Miguel Grau había una batucada y un grupo de 300 personas viendo y celebrando a los músicos de la batucada. La marcha no siguió por la av. Grau, giró rumbo al Palacio de Justicia.

Frente al Palacio de Justicia hay una concentración de más de 2000 personas, una caravana de motociclistas, dos personas disfrazadas de dinosaurios y una bandera larga de Perú que era ondeada por los manifestantes. El Paseo de los Héroes Navales era de los manifestantes. Solo la policía custodiaba el Palacio de Justicia.

Entramos por Carabaya rumbo a la plaza San Martin y no había luz en la última cuadra antes de llegar a la plaza. Nadie había ordenado apagar la luz, era una falla del alumbrado público. Giramos rumbo a Pierola en dirección al Parque Universitario. Los helicópteros policiales sobrevolaban a los manifestantes que se dirigían hacia la Av. Abancay. Donde estaban las brigadas medicas y los primera líneas resistiendo la represión policial con botellones de agua con vinagre y escudos de madera e incluso Skates.

Cada vez más nos acercábamos al Parque Universitario hasta que sonó un disparo de bomba lacrimógena. Un grupo de manifestantes dieron la media vuelta y vinieron hacia nosotros espantados por la nube de gas que empezaba a venir en dirección a la Plaza San Martín. Levantamos las manos pidiendo calma y que no corran. Ante un disparo de gas lacrimógeno no hay que salir corriendo sino ocasionas una estampida que puede ser peor.

Al segundo disparo de gas lacrimógeno empecé a sentir el olor a polvora y a lagrimear un poco. “Vamos por Azángaro”, me dijo Bazan. En jirón Azangaro la marcha empezaba a difuminarse. Unos iban por jirón Pachitea o por Roosevelt para regresar a Lampa o al Paseo de los Heroes Navales. Un pequeño grupo fue por atrás la casona de San Marcos para llegar al Parque Universitario. Jirón Azangaro, Jiron Bambas y Jirón Cotabambas. Cotabambas era el el backstage de la batalla campal de la esquina de Pierola con Abancay donde la policía había levantado rejas y un cordón policial entre el edificio Alzamora Valdez y las Galerias El Hueco para disparar bombas lacrimógenas y balines a los primera línea.

Desde Cotabambas solo se oía disparos de gases lacrimógenos y nubes de gas en dirección hacia el parque universitario, el viento literalmente jugaba en nuestra contra, pese al buen recaudo. Me empezaba a lagrimar los ojos y abrí el frasco de acetona diluido en agua con gotas de limón para que me el perfume de la acetona pare el lagrimeo de los ojos. Funcionó. El video chileno que vi en Instagram tenía razón.

Tomando fotos y filmando videos me llegaba la nube de bomba lacrimógena traída por el viento. Gente que estaba en el Parque Universitario venía a Cotabambas a poder echarse vinagre con aspersores para detener el lagrimeo y el ardor en los ojos. Hasta que una bomba lacrimógena llego a donde estábamos nosotros. Retrocedimos hacia jirón Bambas. Un par de jóvenes con acento venezolano nos decían ¡Vayan! ¡Vayan! ¡No se replieguen! Nosotros no teníamos desactivadores de bombas. Alguien agarró la bomba y la tiró en dirección a la Av. Abancay.

“Gordo, creo que es suficiente gas. Vámonos”, me dijo Bazán. Solo asentí. De regreso por Roosevelt veíamos como desactivadores de bombas se dirigían al Parque Universitario acompañados de estudiantes universitarios y un muchacho con un disfraz de Elmo de Plaza Sésamo. El meme de Elmo celebrando un incendió es viral entre la Generación del Bicentenario y denota una celebración a la anarquía, pero en clave de humor. Elmo era una celebridad en la marcha junto con los dinosaurios del Palacio de Justicia.

El Paseo de los Héroes Navales era el lugar donde los manifestantes descansaban, tomaban una cerveza, comían algo o alguno montaba skate. Parecía las áreas verdes de cualquier campus universitario. Solo un grupo de 500 personas seguía frente al Palacio de Justicia.

Caminamos rumbo al parque de la exposición y tomamos un taxi en la Av. 28 de Julio rumbo a San Borja. En el taxi, saqué mi celular del bolsillo y entré a Twitter. Las fotos y videos de la Av. Abancay parecía cualquier guerra civil de medio oriente. Hasta que apareció en mi feed de Twitter la noticia del primer fallecido de la marcha.

Era un tweet del usuario Arnold Peralta que decía: “1er fallecido por la marcha. Acaba de llegar muerto, con múltiples golpes y con impacto de perdigones en el rostro, varón 25 años, hospital almenara. Es deplorable lo que está pasando con mi Perú! #MerinoDictador #MerinoNoEsMiPresidente”, el tweet adjunta la foto de un joven con la ropa ensangrentada envuelto en una frazada sobre una cama médica junto a un médico atendiéndolo. La policía tenía su primera víctima a manos de la brutal represión. Instagram y Twitter se llenaba de imágenes de fondo negro con las palabras “¡Renuncia ya, Merino!” o “Merino asesino”. Se trataba de Jack Bryan Pintado Sanchez, 22 años, había dejado los estudios de Derecho en la Universidad Cesar Vallejo por la crisis económica. La necropsia especificó que había recibido 10 perdigones de plomo: 4 en la cabeza, 2 en el cuello, 2 en el tórax y dos en el brazo izquierdo. La policía lo había acribillado y llegó cadáver al hospital.

En el taxi nos conectamos a la trasmisión en vivo de Wayka que reportaba desde la primera línea. Todo el viaje camino a San Borja vimos la trasmisión de Wayka.

Llegué a casa, me duché y luego prendí RPP. Mabel Huertas y Christian Sotomayor trasmitían en simultáneo con la radio y confirmaban el deceso de un segundo manifestante. Jordan Inti Sotelo Camargo, 24 años, estudiaba turismo en el Instituto Cepea y trabajaba como repartidor de Rappi para costear la renta de su cuarto en San Juan de Lurigancho. 4 impactos de perdigón, siendo 1 a la altura del corazón fue el que lo mató. Inti significa sol en quechua, su hermana melliza se llama Killa que significa luna. Su hermano mayor se llama Pacha que significa tierra. En la casa de los Sotelo Camargo se había ido el sol a manos de la policía.

Entrada la noche empezaba las renuncias de los ministros del gabinete Flores-Aráoz, la primera fue la ministra Patricia Teullet. El régimen de Merino empezaba a desmoronarse con una avalancha de renuncias irrevocable por redes sociales y televisión. En una llamada con RPP, Ántero Flores-Aráoz dijo que no tenía conocimiento de las renuncias de sus ministros y que el presidente Merino no le contestaba el teléfono. El Primer Ministro se quedaba solo.

Pasada la medianoche del domingo 15, empezaba a reportarse los primeros desaparecidos en las redes sociales. La Coordinadora Nacional de Derechos Humanos (CNDDHH) reportó inicialmente 41 desaparecidos, cifra que llegó a ser de 47 desaparecidos. Con el devenir de las horas se iban encontrando a algunos desaparecidos. En el caso de Luis Araujo Enríquez denunció haber sido objeto de tortura, tales como no haber comido ni bebido en 3 días. Araujo fue liberado el 17 de noviembre.

A las 1:30 a.m., el concesionario del aeropuerto Jorge Chavez descartaba que el presidente Merino de Lama estaba en sus instalaciones a la espera de un avión para huir. El aeropuerto estaba cerrado puesto que la reapertura parcial de fronteras disminuyó el tráfico aéreo en el país.

Alrededor de las 2 a.m. del domingo 14, Manuel de Merino de Lama se encontraba en la sede del Ministerio del Interior en San Isidro con los pocos ministros que quedaban en el gabinete Flores-Araóz. En esa reunión Merino empezó a considerar la opción de renunciar. El país se iba a dormir con dos manifestantes muertos y más de 40 desaparecidos, un Primer Ministro sin gabinete y un presidente prácticamente desaparecido.

Durante la mañana del domingo 15, los rumores de renuncia sonaban más fuerte. Una caravana de ciclistas salió desde todos los rincones de Lima en dirección a Plaza San Martin. El gobierno de Merino, en su afán de desmovilizar a los manifestantes, había derogado la prohibición dominical de circulación de vehículos particulares promulgado por el gobierno de Vizcarra para limitar la movilidad y reducir el contagio de COVID-19.

Al mediodía, en un mensaje a la nación, Manuel Merino de Lama renunciaba a la presidencia de la República luego de 6 días en el poder. En todo el país se escuchaban cacerolazos a manera de celebración. No se sentía desfogue tal desde que Perú había clasificado a una Copa del Mundo de fútbol luego de 32 años. La “Generación del Bicentenario”, ese bono demográfico menor de 30 años de edad, que ha vivido toda su vida en democracia, que es la que mayor acceso a la educación ha tenido en el Perú y que vive interconectada con el mundo a través de Internet, entraba en la historia y derrocaba un régimen ilegítimo en 6 días. Desde su renuncia, no se ha visto en público a Manuel Merino de Lama, cuyo paradero es incierto.

En los ochentas, un lema del gobierno del Arq. Fernando Belaunde, fundador de Acción Popular, era “El pueblo lo hizo”. Ahora, en 2020, un congresista de Acción Popular que capturó el poder, en complicidad con el congreso, era forzado a renunciar a los 6 días de ilegítimo gobierno debido a las marchas más multitudinarias de la historia del Perú. Una vez más “El pueblo lo hizo”.