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Roberto Duran

Donald Trump había perdido la reelección presidencial de noviembre frente a Joe Biden. Sin embargo, Trump había puesto en duda sistemáticamente al sistema electoral estadounidense durante toda la campaña e incluso, en la madrugada del 4 de noviembre, se autoproclamó ganador alegando fraude electoral y amenazando con judicializar el conteo de votos ante las cortes estatales y la Corte Suprema.

Las mentiras de fraude en el voto postal y el recuento de votos habían calado en el votante republicano trumpista al punto de que el conteo de los estos tengan que ser resguardados con policías ante partidarios de Trump en estados como Nevada, Georgia, Michigan y Pensilvania. Era el inicio de una inútil judicialización del conteo de votos y de la negativa de Trump de conceder la victoria a Joe Biden.

Las elecciones del 3 de noviembre habían rediseñado la composición del poder EE.UU. Los republicanos no perdian una reelección desde 1992 con George Bush padre, los demócratas mantenían la mayoría en la Cámara de Representantes y estaban a punto de obtener la misma en el Senado. Solo faltaban las elecciones senatoriales de Georgia del 5 de enero de 2021.

A manera que se acababa 2020, la campaña por los dos escaños de Georgia en el Senado atraía la atención de todo el país. Dichas elecciones senatoriales definirían si el gobierno de Joe Biden tenía mayoría absoluta en ambas cámaras del Congreso cuando Biden inaugure su gobierno el 20 de enero de 2020.

El 3 de enero de 2021, el Washington Post publicó en exclusiva unas conversaciones en la que Trump presionó a Brad Raffensperger, Secretario de Estado de Georgia y encargado del conteo de votos, de “encontrar 11,780 votos” para declararlo ganador en el estado de las elecciones de noviembre pasado, pese a que esto no cambiaba la victoria de Biden.

El destape del Post había enrarecido el ambiente político en todo el país. El presidente no solo estaba dispuesto a entorpecer el cambio de mando con demandas jurídicamente inviables, sino que estaba dispuesto a  manipular el conteo de estos. Pese a todos los escándalos del gobierno Trump, este involucraba la manipulación de la voluntad popular, la última frontera institucional de un gobierno democrático. Un “momento Nixon” capaz de iniciar un juicio político o forzar una renuncia.

El martes 5 de enero tuvieron lugar las elecciones senatoriales de Georgia, en las que vencieron el periodista judío Jon Ossoff y el pastor afroamericano Raphael Warnock. El tradicional estado republicano de Georgia se había teñido de azul. Habían elegido a un presidente demócrata y ahora a dos senadores demócratas. Warnock, pastor de la Iglesia Ebenezer de Luther King, es el primer afroamericano en ser elegido senador en Georgia. Biden consolidaba la mayoría en ambas cámaras del Capitolio.

Sin una autoridad electoral centralizada los votos son contados por las Secretarias de Estado de cada uno de los cincuenta estados, quienes certifican los resultados y estos pasan a ser confirmados en una sesión bicameral del Capitolio. El encargado de certificar la victoria de Joe Biden ante el Congreso es el vicepresidente Mike Pence.

Certificar los resultados electorales en EE.UU. suele ser una mera formalidad para una de las democracias más antiguas e institucionalizadas del mundo. Esta consiste en contar los votos del Colegio Electoral de cada estado, los cuales vienen sellados en cajas de madera. Dicha sesión del Capitolio estaba fijada para el miércoles 6 de enero a la 1:00 p.m.

En las dias previos al 6 de enero y ante la inminente acreditación de victoria de Biden en el Capitolio, Trump llamó a sus partidarios a manifestarse contra la de la confirmación de la elección del demócrata, en especial en Washington DC. Las plataformas mediáticas trumpistas como Parlor, grupos de facebook, podcasts de extrema derecha hacían eco de la convocatorias a marchar bajo el lema “#StopTheSteal” (Detengan el robo).

En la bancada republicana del Capitolio, un centenar de congresistas republicanos y una docena de senadores fieles a Trump, entre ellos el texano Ted Cruz; Josh Hawley, de Misuri; y la recientemente vencida Kelly Loefller, de Georgia, estaban dispuestos a objetar los votos del Colegio Electoral de Biden en la sesión del 6 de enero. Al mismo tiempo, Trump mentía en redes sociales diciendo que Pence podía evitar la elección de Biden dividiendo aun más a los propios republicanos. Las condiciones para la toma del Capitolio se daban a vista y paciencia de las autoridades. Las fuerzas de seguridad subestimaban la agresividad del votante trumpista en Washington DC.

A las 11:00 a.m. del 6 de enero, Trump encabezó un mitin en The Ellipse, un parque circular a un kilometro de la Casa Blanca. Resguardado por un cristal antibalas, Trump, vestido con una gabardina negra y guantes de cuero, dio un discurso incendiario por setenta minutos en el que instó a sus seguidores a marchar hacia el Capitolio.

“Vamos a caminar hacia el Capitolio y vamos a alentar a nuestros valientes senadores y congresistas y quizas no alentemos a muchos de ellos, porque nunca recuperaremos nuestro pais con debilidad. Tienes que mostrar fortaleza y tienes que ser fuerte.”

Donald Trump hacia su ultima manifestación abierta en pro de sabotear la democracia estadounidense. 70 minutos de discurso fueron suficientes para enardecer a los trumpistas más radicales y movilizarlos, entre ellos los Proud Boys, por todo el National Mall, la zona de monumentos de Washington DC, en dirección al Capitolio.

A las 1:00 p.m. empezaba la sesión del Congreso en el que ambas cámaras contaban los votos de los Colegios Electorales de los cincuenta estados. Los seguidores de Trump se agolpaban en las rejas de seguridad custodiados por la Policía de Washington DC.

Mitch McConnell, líder de la mayoría republicana en el Senado, rechazaba las acusaciones de fraude del presidente. McConnell había sido aliado de Trump como uno de los grandes saboteadores de toda iniciativa demócrata de carácter liberal en el Senado como la universalización de la salud o la postergación de la nominación de la jueza suprema conservadora Amy Coney Barrett.

Las vociferaciones de los manifestantes trumpistas se sentían dentro del Capitolio, la sesión proseguía en una tensa calma. El Capitolio estaba flanqueado por la turba de Trump mientas gritaban «Stop the steal».

A las 2:00 p.m., el vicepresidente Pence había sido advertido por su seguridad personal que tenia que evacuar el recinto y ponerse a buen recaudo. Los manifestantes habían pasado el anillo de seguridad de la Policía de Washington DC llegando al frontis del Capitolio y empezaban a treparse los muros para acceder a pisos superiores. La ultima línea de defensa era la Policía del Capitolio y los agentes del Servicio Secreto al interior del mismo. Hasta que los vidrios de las puertas fueron quebrados por los manifestantes y las puertas cedieron ante la presión de los manifestantes agolpados.

La ultima vez que una fuerza beligerante entró en el Capitolio habían sido las tropas británicas en 1814 durante la Quema de Washington. Donald Trump había logrado convencer a sus partidarios en irrumpir la sede del legislativo del país más poderoso del mundo en una manifestación inaudita de insurrección y terrorismo domestico.

Los pocos efectivos de la Policía del Capitolio desviaban a los manifestantes para emboscarlos y arrestarlos, superados numéricamente funcionaron de carnada para desviar el riesgo de los congresistas evacuados sean detectados. La consigna era desviar a la turba para dar tiempo que los congresistas, senadores y trabajadores civiles del Capitolio se escondan.

La turba entro al hemiciclo de la Cámara de Representantes, al despacho de Nancy Pelosi, líder de la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes, y otras áreas comunes del Capitolio. Un grupo de miembros del Servicio Secreto se atrincheraron en la Cámara de Senadores cerrando las puertas con mesas y sillas, armados con sus pistolas de reglamento. Lo que parecía una escena digna de una película de acción de Hollywood estaba pasando en vivo y en directo por televisión. Los comentaristas de CNN solo atinaban a comparar el intento de sabotaje de la democracia estadounidense con un golpe de estado digno del tercer mundo. No creían que una turba iba a ser capaz de entrar a uno de los recintos más vigilados de Estados Unidos con una facilidad inaudita para un país con una cultura policial desmedida como la estadounidense.

En Twitter, Trump hacia un aparente llamado a la calma pidiendo que apoyen a Policía del Capitolio «Por favor, apoyen a la policía del Capitolio y las fuerzas del orden. Ellos están de verdad del lado de nuestro país. ¡Mantenganse pacíficos!» Twitter y Facebook evaluaban suspenderlo por incitación a la violencia. Las declaraciones de Trump eran la amenaza a la seguridad más grande que había en ese instante en Estados Unidos.

Con el Capitolio completamente evacuado, la alcaldesa de Washington DC, Muriel Bowser, decretó toque de queda a las 6:00 p.m. y que la Guardia Nacional salga a las calles a fin de liberar la zona de manifestantes. El Capitolio se empezaba a vaciar, la turba insurrecta había irrumpido en el recinto y había paralizado el conteo de votos, haciendo destrozos en los despachos y áreas comunes del recinto. Había fallecido una veterana de guerra manifestante de Trump por impacto de bala en un intento de traspasar una puerta, un policía del Capitolio por linchamiento y 3 manifestantes por aglutinamiento durante el asalto al Capitolio

Despejada el área, los congresistas y senadores salieron de sus lugares de evacuación y se dirigieron a la Cámara de Representantes a reanudar el conteo de votos luego de que diversos miembros de ambas cámaras pidieran la palabra para manifestar su rechazo a la turba que invadió el Capitolio y reanudaron el conteo de votos del Colegio Electoral.

El senador por Utah y ex candidato presidencial republicano Mitt Romney rechazó los eventos en el capitolio: «Lo que ha pasado aquí es una insurrección incitada por el presidente de Estados Unidos.

El líder de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell, instó a reanudar el conteo de votos: «Vamos a terminar exactamente lo que hemos empezado y certificaremos al ganador de las elecciones presidenciales de 2020, el comportamiento criminal nunca dominará al Congreso de los Estados Unidos». El Capitolio tenia que dar una señal al mundo de que la democracia estadounidense era capaz de aguantar semejante embate a sus instituciones democráticas.

Reanudada la sesión, el vicepresidente Mike Pence, en el Congreso de los Estados Unidos, proclamó a Joe Biden como el 46 presidente electo de los EE.UU a las 3:40 am del 7 de enero de 2021. El gobierno de Trump tenia, inicialmente, esa fecha oficial de caducidad.

Terminada la sesión empezaba otra carrera, la de presionar al vicepresidente Pence para que, junto con el gabinete,  invoque la Enmienda 25 de la Constitución para vacar a Donald Trump. Pence se mostraba reacio. Por otro lado, los congresistas demócratas presentaban una solicitud a la Cámara de Representantes para iniciar un impeachment y llevar a Trump a un juicio político e inhabilitación para ejercer cargos electos.

La noche del 13 de enero, la lideresa de la mayoría demócrata Nancy Pelosi aprobaba el inicio el segundo proceso de impeachment a Donald Trump con 232 votos a favor imputándole el «incitamiento a la insurrección». El destino de Trump depende ahora del Senado que reanuda sus sesiones el 19 de enero, la víspera del cambio de mando en Estados Unidos.