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Alejandro Alva Lagos
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A sus 94 años, Flora Aida Alva Reaño disfruta de la soledad y el silencio de Huanchaco. Desde hace más de cuatro décadas, la poeta radica en este balneario ubicado en el norte del Perú, en donde pasa las tardes de verano escuchando las olas del mar a la distancia y saboreando la brisa que la inspira a continuar escribiendo versos hasta el final de sus días.

“Reitero que vivo en soledad, porque esta me llena de una dulce melancolía y que no desprecio, al contrario, siento como un destello que me hace escribir y escribir”, dice.

Doña Flora nació en Trujillo, un lejano invierno del 03 de agosto de 1926. Sus estudios primarios los cursó en el Colegio Modelo y en la secundaria se trasladó al Colegio Santa Rosa. En ambas instituciones, Flora se caracterizaba por ser una alumna destacada y curiosa quien solía participar en distintas actividades artísticas y deportivas, dominando el estilo libre en la natación y los saltos ornamentales.

Su pasión por el arte dramático la llevó a inclinarse por el mundo del teatro y la televisión. Cuando salió del colegio, comenzó sus estudios profesionales en la Escuela Superior de Arte Dramático Virgilio Rodríguez Nache, egresando como Actriz de Teatro y posteriormente trabajando como declamadora en el canal 6 de América Televisión en Trujillo.

Por amor al teatro, cuenta que decidió especializarse en escenografía, luminotecnia y utilería para teatro, además de Alta Costura y Vestuario Teatral en la Academia New York de Buenos Aires, Argentina.

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Huanchaco, uno de los principales distrito de La Libertad.

Vida literaria

Flora nunca ha formado parte de ningún grupo poético. La mayoría de sus publicaciones han sido personales, sin ningún sello editorial. Sin embargo, su aporte a la poesía liberteña no ha pasado desapercibido por vates como Marco Antonio Corcuera quien, según nos cuenta, le pidió alguna vez uno de sus poemarios para presentarlos en un homenaje literario.

Para Blasco Bazán Vera, literato e historiador, la poesía de Flora Alva está dotada de una cálida solidez humana, influenciada por la mutua convivencia con la naturaleza y la soledad, aspectos que han determinado su corta vida literaria.

En el prólogo del poemario “Reflejos de Luna”, el profesor de Literatura Rubén Vallejo Barrantes resalta que los 20 poemas que contienen el libro reflejan las distintas facetas vitales hacia las que va dirigida la proyección sentimental de la poeta. Asimismo, destaca la influencia de sus poemas por el Romanticismo del Siglo XIXI, que tuvo a Melgar y Salaverry como sus principales representantes.

Su eterna compañía, el mar

La poesía de Flora Alva nace de la sensibilidad y de la constante observación del entorno natural que la rodea. En el Fenómeno del Niño del 2017, Flora sintió melancolía al ver que el mar, aquel espejo silente al que le dedicó tantos versos, la traicionaba cuando la furia de su oleaje arrasaba al balneario de Huanchaco.

Este hecho la hizo pensar en los días de su infancia, cuando paseaba en lanchas por alta mar y junto con su padre y sus nueve hermanos se sumergían en las aguas profundas.

“Las auras dulces, rosas, livianas,

Dicen a mi peña que la puedo amar,

Albas de Oriente llena mi alma,

Que al pasar el viento me siento suspirar,

Tiembla silencioso mi rostro y

Lleno de vida se agita la Mar”.

(Verso extraído de su último poemario “Brisas Otoñales”)

Sentada en el “balcón de la vida”, como ella dice, Flora está convencida de que la existencia no tendría sentido sin la poesía. A través de la palabra continúa creando paisajes (ríos, bosques y mares), compartiendo sus propias experiencias y su paso por un mundo cada vez más complejo. “Somos poetas porque nos nace y no podemos dejar de crear”.