Fotorreportaje: Comunidad guabera

Jair Villacrez

Todas las tardes, desde el cenit del sol hasta el ocaso, un grupo de niños y jovencitos del caserío San Pablo, ubicado cerca del Peaje Piura-Chiclayo, salen de sus casas rumbo a la carretera, cargando unos largos palos de caña de azúcar que hasta les doblan la estatura. En ellos llevan atados fajos de ‘guabas’ (o pacays), una fruta típica norteña que se disponen a vender a los buses y camiones que transitan por la zona, en lo que dure la claridad de la tarde.

Créditos: Jair Villacrez.

A su corta edad, muchos de ellos ya se han convertido en pequeños comerciantes de frutas y negociantes. Sienten la responsabilidad de ser el sustento familiar. Estos niños suelen pasar la tarde entre risas y juegos, pero sin distraerse mucho porque pueden perder el negocio.

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Cuando a lo lejos se oye el fuerte sonido de las bocinas, se preparan para la inminente llegada del bus. Todos corren a su encuentro. La “competencia” por vender guabas, entre un sol y un sol cincuenta, y también algarrobina, se inicia entonces. A pesar de eso, no son egoístas; comparten los clientes con aquellos que no hayan logrado vender lo necesario. Si un comprador pretende llevar una buena cantidad de guabas, hacen que cada quien venda una parte; y, sino, protestan.

Créditos: Jair Villacrez.

Así transcurren los días de los niños del caserío San Pablo, quienes conviven juntos en ese ambiente desde hace varios años, como una sola familia, como amigos, como vecinos, como compañeros de trabajo… Los más grandes se encargan de cuidar y proteger a los más pequeños, así como de enseñarles el negocio, negocio al que piensan que se dedicarán el resto de su vida.

Créditos: Jair Villacrez.

Más allá de la fatiga que suele causar el trabajo —y más aún para un niño— estos pequeños vendedores se sienten contentos haciendo lo que hacen. El pasar la tarde en sus negocios, luego de terminada la escuela o en período de vacaciones, es para ellos sinónimo de alegría, unión y diversión con los demás pequeños negociantes.

Créditos: Jair Villacrez.

El trabajo infantil es una realidad apabullante en el país. De acuerdo con un informe del Gobierno peruano, más de 2 millones de niñas y niños trabajan en todo el territorio nacional. Esto es un tercio de la población de niños peruanos entre 5 y 17 años, es decir, 1 de cada 3 niños peruanos tienen que trabajar.

Entre las principales actividades que realizan los niños en el Perú se encuentra el trabajo doméstico, en minas y canteras, en la agricultura, en basurales, en la pesca y extracción de moluscos, en ladrilleras, así como la venta ambulatoria, cobrador en transporte público, entre otros.

Créditos: Jair Villacrez.

Pero, aunque suene paradójico, existe un gran número de niños que trabajan por diversión, más no necesariamente por necesidad. De hecho, un documento publicado por UNICEF, en el 2004, llamado “El estado de la niñez en el Perú” muestra que un 20% de niños que trabajan lo hacen por decisión de los padres y del niño mismo, y no necesariamente son pobres. Además, tiene que ver con diversos factores culturales, sociales y psicológicos, entre ellos la propia motivación de ayudar en el hogar.

También existe una corriente a favor del trabajo infantil al considerarlo un derecho de los niños, siempre y cuando sea normado. Los defensores de esta postura señalan, además, que la eliminación del trabajo infantil no es factible de un día para otro, puesto que es un mecanismo de subsistencia de la familia en situación de pobreza.

Créditos: Jair Villacrez.

 

Es así como estos pequeños no ven su trabajo como una carga, sino más bien como la excusa perfecta para “jugar” con sus amigos y estar con ellos; y, que de paso, sea una ayuda para sus hogares.

Nota: Fotorreportaje realizado originalmente en 2014 y actualizado para esta publicación.