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El GULAG,  más conocido como la Dirección General de Campos y Colonias de Trabajo Correcional, era una dependencia del NKVD, el departamento gubernamental soviético que dirigía el sistema penitenciario de los campos de concentración y otros asuntos internos del régimen. Fueron cientos de instalaciones, situadas en los lugares más inhóspitos de la geografía soviética, en donde millones de personas fueron condenadas por un solo delito: decir la verdad.

Después de la muerte de Vladímir Ilych Uliánov (Lenin) en el año 1924, Iósof Stalin se proclamó el nuevo líder de la Unión Soviética. Él y sus oficiales impusieron un control estricto sobre el gobierno y la sociedad. Cualquier persona que se atrevía a criticar el régimen o a opinar de manera diferente podía ser enviado a un Gulag, que escondía detrás de sus trincheras al infierno en la tierra. Según la Fundación de Aleksandr Yákovlev, considerado como el “padre de la libertad de la palabra”, el número total de presos muertos en los GULAG entre 1930 y 1956 asciende a 1.606.748 personas. Sin embargo, el escritor ruso Vadim Erlikman, estimó que la cifra real de asesinados fue de 5 millones.

Por lo general, los prisioneros de los campos de concentración eran delincuentes comunes, intelectuales y políticos acusados de actividades anticomunistas. Estos últimos eran los que peor sufrían las consecuencias, ya que padecían largas condenas con severas detenciones. El castigo era un trabajo forzado, sin abrigo, ni alimento y por largas horas que se hacían infinitas.

«Nos alojaron en cabañas de madera. A nuestra familia de cinco miembros les asignaron una litera. Nos sentíamos como en una jaula. Al día siguiente de la llegada nos mandaron a trabajar. Catorce horas al día cortando árboles, hundiéndonos en la nieve», recordó Janina Misik, cuyo testimonio y el de ocho mujeres más conforman «Vestidas para un baile en la nieve», ensayo escrito por Monika Zgustova.

Los detenidos eran mano de obra gratis, que se dedicaban a la explotación de recursos naturales, exploración tierras inhóspitas y construcción de grandes infraestructuras . El costo en vidas humanas era alto, debido al estado físico deplorable de los prisioneros. Sin embargo, a nadie parecía importarle. Las fosas comunes eran construidas por esos mismos muertos.

Hubo más de 400 campos en funcionamiento en distintas zonas de la Unión Soviética. Uno de los más famosos fue en Magadán. Fundada en 1929, esta ciudad aislada es conocida por tener una escultura en memoria de las víctimas de Stalin que fallecieron en los Gulag. «La máscara de la tristeza», obra del escultor Ernest Neizvestny, tiene una altura de 15 metros y muestra una gran cara con una lágrima que desciende de su ojo izquierdo, representando los rostros de esos prisioneros. El ojo derecho simula una puerta o ventana con rejas, recordando las frías celdas. Por otro lado, la parte trasera está custodiada por una niña que solloza de rodillas.

​Casi todo lo que rodea esta zona inhóspita recuerda a los crímenes de Stalin. La Unión Soviética decidió poner fin a este sistema en el año 1953, tras la muerte del dictador. Un dato particular es que el año de su clausura, el Gulag tuvo la mayor población de su historia. En ese momento estaban detenidos, en condiciones inhumanas, más de 2 millones y medio de personas.

El libro que lo reveló todo

Dentro de la vasta literatura sobre el sistema penitenciario soviético, “Un mundo aparte” es uno de los mejores testimonios que analizan hasta qué punto el Estado hace sufrir al ser humano. Publicado en 1951 por el escritor polaco, Gustaw Herling Grudzinski, este libro fue de los primeros en denunciar los abusos del comunismo hacia millones de personas en los campos de concentración para ciudadanos que “pensaban diferente”

El joven Herling fue parte de este grupo de rebeldes contra aquel régimen orwelliano que oprimía las libertades. Tras la partición que hicieron Hitler y Stalin de su país en 1939, lideró junto con sus compatriotas la resistencia que lo destinó a ser acusado de espía cuando cruzaba la frontera con Lituania.

En 1940, el estalinismo lo envío como prisionero a uno de los cuatrocientos Gulag. En el Auswitch de Stalin vivió en carne propia el trato inhumano a los presos políticos e intelectuales, quienes eran sometidos a trabajos forzados a una temperatura de 45 grados bajo cero. Por otro lado, las mujeres eran violadas, mientras que los guardias de la NKVD dejaban morir de hambre a los presos, al mismo tiempo que les lavaban el cerebro hasta que aceptaran estar equivocados. Hasta ese momento la deplorable existencia de Herling pasaba “días tras día, semana tras semana, mes tras mes, sin alegría, sin esperanza, sin vida”.

Los relatos de «Un mundo aparte», negados en la actualidad por la izquierda europea, reflejan uno de los episodios más oscuros del siglo XX. Como documento histórico, su lectura no tiene precio y resulta de vital importancia para que los futuros gobernantes luchen contra cualquier tipo de extremismo.