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Por César Daniel Lamadrid Madrid

#Crítica

Hoy se celebra el onomástico de este gran escritor peruano, quien ha cautivado con sus obras más importantes a nivel nacional y por qué no decirlo, internacional. Su prosa no es ajena a nadie, inclusive la mayoría de sus obras literarias fueron lanzadas a la pantalla grande, aunque esto distorsiona la narración original que se transmite en los libros, además de sus personajes, que en algún momento de la narración, nos hemos sentido identificados, en otras palabras supo cómo llegar al individuo, dando a conocer ese personaje que sufre las peripecias de la sociedad o aquel que nos transmite el malestar que tiene hacia la sociedad, algo que sin lugar a dudas no es ajeno a nosotros.

Así como el oficial Lituma, que con sus desvelos y curiosidad pudo resolver el caso del aviador asesinado Palomino Molero, desde el momento que quedó estupefacto al ver su cuerpo colgado de una manera tan funesta en aquel ficus de la calurosa ciudad de Talara, que desde aquel entonces se mostraba en un auge debido a la presencia estadounidense en su localidad, la época del boom del petróleo. Así mismo la aventura de Lituma, en un poblado marginal ubicado en Huancayo, donde hará uso de sus habilidades y atisbos para descubrir el quién fue el secuestrador de uno de los pobladores de dicho poblado, además de ser testigo de los relatos contados por su compañero, para mitigar su estadía, sentirse por un momento como en casa como él lo refiere en la obra.

Así mismo como olvidar al gran Alberto Fernández, personaje principal de La Ciudad y Los Perros, quien con la pluma y el papel supo ganarse ese reconocimiento en la institución castrense, las cartas de amor fueron la justificación para que se ganara el apodo del Poeta, esa prosa tan legible y mostrando el romanticismo característico en las misivas que se le encomendaban, además por la zozobra generada ante la muerte del Esclavo, durante una práctica de tiro, lo cual nunca se llegó a esclarecer en la narrativa llosista, también quisiera agregar las aventuras de Alberto Fernández, quien vendría a ser el alter ego del autor, relatando sus vivencias en las calles miraflorinas y sus idilios con las muchachas del barrio.

Esto ha sido un breve recorrido a sus personajes más intrigantes de sus sendas obras, que intrigan inclusive en la actualidad a jóvenes y adultos, lecturas interminables en la escuela con su respectivo análisis, ya que su estilo resulta un poco complicado para quien quiera sumergirse a esa lectura pasiva y tranquila, pero con el tiempo los personajes suelen estar relacionados con nuestra sociedad peruana y terminan por identificarse con el lector.

A manera de conclusión, quiero reconocer la exuberante composición del Premio Nobel de Literatura en el año 2010, que siempre se ha esmerado por plasmarlo, con esa paciencia que requiero todo escritor, sentado en su escritorio en compañía de su tabaco, el gran y fiel acompañante como solía retratar Julio Ramón Ribeyro en sus memorias, llegando inclusive vender sus libros para conseguir tan apreciado elemento de la inspiración para el escritor, así mismo como el café, que es el desvelo de los escritores y el motivo de sus desvelos para que la obra sea un éxito mundial. Debo admitir que Mario Vargas Llosa, egregio en la literatura, su obra debería ser divulgada con más fuerza, motivo fundamental en el Bicentenario, ya que sería considerado como personaje como tal, junto a otros grandes de la literatura peruana, como: Julio Ramón Ribeyro, Martín Adán, Enrique López Albújar, José María Arguedas, Ciro Alegría, entre otros grandes eminencias de la tinta y el papel, que inspiraron al colectivo peruano, por eso es fundamental su lectura, la cual es de carácter obligatoria. Así mismo, se consideraría a Vargas Llosa, como un personaje miembro del Boom Latinoamericano, ensalzando sus creaciones literarias y motivo fundamental para el camino del Bicentenario, solo queda decir: ¡ ¡Gracias Genio!