Periodista en Página en blanco
Estudiante de Derecho. Ha sido columnista en la página editorial del Diario Satélite del Grupo La Industria.
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La corrupción, una vieja pandemia

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El fenómeno de la corrupción está inscrito en la larga lista de los males que continúan azotando a la humanidad, mostrando continuidad desde la aparición de las primeras civilizaciones históricas hasta el nacimiento de los Estados Modernos. Los sobornos, la malversación de fondos, el tráfico de influencias y los actos de mala fe por parte de funcionarios públicos son formas de corrupción que tienen un extenso recorrido por la historia y han estado presentes en gran parte de las culturas en el mundo.

Corrupción en el Antiguo Egipto

Algunos historiadores concluyeron que el primer caso de corrupción se dio en el Antiguo Egipto y se le conoció como “El Tebasgate”. Ahman Saleh, investigador egipcio, descifró la inscripción de un antiguo papiro en el cual se contaba la historia de Peser. Este personaje fue un funcionario de Tebas que en el tiempo del faraón Ramsés IX se asoció con un grupo de saqueadores de tumbas para realizar fechorías. Pasó el corto tiempo y los corruptos fueron denunciados y enjuiciados, pero, ¿Cómo se cerró el caso? Según Saleh, no hubo ningún proceso eficaz para que los implicados sean condenados. El caso pasó totalmente desapercibo, dando muestras de un sistema de justicia débil y cómplice de actos de corrupción.

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No obstante, llegaría en el año 1323 A.C un gobernante con mano dura para enmendar los actos de corrupción. Se trató de Dyeserjeperura Setepenra Horemheb Meryamón, último faraón de la dinastía, quien estableció un Decreto Real muy importante para el derecho egipcio posterior. La resolución decía lo siguiente: “Se castigará con implacable rigor a los funcionarios que, abusando de su poder, roben cosechas o ganado a los campesinos bajo el pretexto de cobrar impuestos. El castigo será de 100 bastonazos y en plaza pública. Si el involucrado fuera un alto funcionario de la casa real, la pena será de Muerte”.

 

Filósofos contra la corrupción

En la antigua Grecia, la corrupción ha sido vista desde la esencia misma del hombre. Platón mencionó en “La República” que en las sociedades conviven los peores hombres (los que están hechos de hierro y barro) y los mejores hombres (los de oro y plata), que tienen una visión de la vida más elevada. Cuando los primeros logran inmiscuirse en los asuntos de la sociedad política, imponen un estilo de vida vicioso y conducen el destino de la poli hacia una corrupción generalizada.

Para Aristóteles, los principios éticos, como la honestidad y las buenas costumbres, son los valores fundamentales para luchar contra esta plaga. El principio aristotélico se enfoca en la realización personal del hombre y el papel que juega para buscar la felicidad a través del desarrollo de las virtudes intelectuales y morales. Decía el filósofo: “Tal el corrupto que creyéndose un dios es en realidad una bestia. Su pobreza consiste, como apunta Séneca, no en tener poco sino en querer tener cada vez más”.

Por otra parte, en la antigua Roma la corrupción se institucionalizó a tal punto de que lo deplorable no era que se realicen estas prácticas, sino que fueran demasiado evidentes. En ese sentido, el clientelismo político, el favoritismo y el tráfico de influencias fueron actos comunes en la metrópoli, específicamente en las provincias del Imperio donde los altos funcionarios se enriquecían con suma facilidad.

El jurista Cicerón, indignado por la podredumbre de la clase política, ganó popularidad por su impecable retórica, a través de la cual denunció la corrupción de Cayo Berres, el gobernador tirano de Sicilia, y extendió sus acusaciones hasta el resto del Imperio. “Todos robaban, todos saqueaban. Y entonces las riquezas empezaron a considerarse un honor, la pobreza un oprobio y la honradez sinónimo de malevolencia”, sentenció el orador romano.

El caso peruano

Según el historiador Alfonso Quiroz, el Perú es un clásico ejemplo de un país afectado profundamente por una corrupción administrativa, política y sistemática, tanto en su pasado colonial como en el más reciente. En su libro Historia de la corrupción en el Perú, el novel investigador limeño resaltó que las prácticas corruptas en nuestro país se dieron a partir del descuido de la administración pública. Esta situación tuvo origen en el poblado minero de Huancavelica en el año 1757, lejana fecha en la que el sistema minero de mercurio estaba a punto de colapsar por las diversas corruptelas que causaban daños irreparables en la corona española.

En este contexto gris, el capitán de navío Antonio de Ulloa fue nombrado para un puesto estratégico en el poblado minero, ubicado a unos 3600 metros sobre el nivel mar. A su arribo a la villa de Huancavelica, se encargó del gobierno local de la provincia y de la supervisión de la mina. Sin embargo, se encontró con una situación crítica, que incluía fraudes, confabulaciones administrativas y una justicia alimentada por el cohecho.

Durante un largo servicio al rey, Ulloa contribuyó valiosamente en la comprensión de los mecanismos de corrupción en la época virreinal. Sus evidencias se basaron principalmente en informes, ensayos, manuscritos y la publicación de “Noticias Secretas de América”, manuscrito publicado en Londres y que incluía el prólogo del viajero inglés David Barry. Con los años, este texto se convertiría en una fuente clásica para denunciar el legado de corrupción en la América española. Asimismo, Quiroz consideró que el manuscrito de Ulloa fue considerado como el texto fundador de la tradición anticorrupción en las letras hispanas y peruanas.

Ya en el siglo XX, la corrupción se consolidó en el Oncenio de Augusto Bernandino Leguía y se alimentó posteriormente con los gobiernos militares de Juan Velasco Alvarado en 1968 hasta el “Tacnazo” del General Francisco Morales Bermúdez el 29 de agosto de 1975. Quiroz tampoco dejó de lado el primer gobierno de Alan García con la hiperinflación, el fracaso de la nacionalización bancaria y los balances sombríos del primer quinquenio. El capítulo final lo dedicó al periodo oscuro registrado entre 1990 y 2000, comandado por Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, quienes gozaron de un nivel de autoritarismo para contaminar los valores democráticos y hacerse con fondos públicos que, a la fecha, suman un total de S/ 546.6 millones y S/. 27’460.216, respectivamente.

Otro académico que interpretó el fenómeno de la corrupción fue Saúl Peña Kolenkautsky, prestigioso psicoanalista peruano que estudió esta lacra social y política desde un punto de vista psicoanalítico. Peña nació en Jauja en 1932, se graduó en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y siguió sus estudios de posgrado en diversas instituciones inglesas, como el Instituto de Psiquiatría de la Universidad de Londres o The British Psychoanalitycal Society, en la que calificó como psicoanalista de adultos, niños y adolescentes en 1968.

Sobre su libro de ensayos “Psicoanálisis de la corrupción: política y ética en el Perú contemporáneo”, presentado por el lingüista Luis Jaime Cisneros y editado por Peisa en 2003, el autor reflexiona sobre la traumática historia política y sus implicancias en la vida psíquica de los peruanos, específicamente en la década de 1990. Como consecuencia de las experiencias vividas en esos años, los ciudadanos han sufrido colectica e individualmente las lesiones emocionales que dejaron los gobiernos dictatoriales y seudodemocráticos. “Como el inconsciente no tiene tiempo, se mantienen vigentes y actuales, personal y colectivamente, a través de las internalizaciones que hemos hecho en nuestra mente y en nuestra realidad psíquica interna”, menciona en el prólogo.

Por otro parte, Peña insiste en que la política debería ser un mundo de valores y tradiciones que tengan como objetivo el bien común. No obstante, todos los seres humanos tienen potencialidades de corrupción, ya que son factibles de corromper o de que los corrompan. Estas potencialidades, según Peña, «provienen del aspecto destructivo del instinto de muerte, facilitada por factores patoplásticos (experiencias traumáticas que se manifiestan desde antes del nacimiento hasta el presente), cuya finalidad es infligir la muerte simbólica a alguien a través de la agresificación destructiva del instinto de la vida».

Desde el psicoanálisis, el proceso de la corrupción incide en la importancia de la escuela, la universidad , el trabajo y la familia. En el caso de la familia, la ciencia de la mente se interesa en saber si esta institución va a satisfacer las necesidades afectivas y emocionales que den confianza al ser humano en su proceso de educación y de construcción de relaciones sociales. “Lo mismo podemos decir de cada una de las personas, instituciones y valores, citados anteriormente, que forman parte de la educación y el desarrollo integral del individuo, pudiendo ser estos dirigidos y cultivados con fines creativos o, por el contrario, con fines corruptos”, dice Peña.

Finalmente, el también fundador del Royal College of Psychiatrist of England analizó en uno de sus ensayos la pobreza material y espiritual que existe en el Perú. El autor considera que, en gran medida, la población menos favorecida es representada como una sociedad sin madre, en la que el medio familiar está cargado de conflictos, maltratos y pobreza que podrían incorporarse al inconsciente individual y colectivo de un gran número de peruanos. En ese sentido, se trataría de un medio social en el que las madres no pueden cumplir su función materna y están expuestas a la imposibilidad de proteger a sus hijos de individuos que pueden conducirlos a una corrupción temprana, como el robo, narcotráfico y la prostitución.

En el terreno literario, la corrupción no ha desapercibida. Así, el tema se ha abordado en grandes novelas como Conversación en la Catedral (1969), de Mario Vargas Llosa; Grandes Miradas (2003) de Alonso Cueto; El mundo es ancho y ajeno (1941) del escritor liberteño Ciro Alegría, y Abril Rojo (2006) de Santiago Roncagliolo. Ocurrió lo mismo con cuentos como el Banquete (1958) de Julio Ramón Ribeyro; Pájinas Libres (1894) de Manuel Gónzalez Prada, y Peregrinaciones de una Paria (1838) de Flora Tristán.

4 thoughts on “La corrupción, una vieja pandemia

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