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Una vez se dijo en el enigmático programa cultural Esto Es Guerra que se podría encontrar estimulante la idea del suicidio porque hacía la vida soportable como tal. Por supuesto que les estoy tomando el pelo. En realidad, lo dijo el ridículamente pesimista filósofo rumano Emil Cioran. Para él, la posibilidad siempre nuestra de cerrar el umbral de toda posibilidad futura nos viene bien porque, de no tener esa salida, nuestra existencia no podría ser para nada llevadera. Siendo así, Dios la debe estar pasando fatal.

Pero hoy, con el mundo (y con mundo me refiero a lo que pasa a nuestro alrededor más próximo, porque, siendo todos sinceros, el mundo es una cosa que está más lejos que cerca para cualquiera), se puede hacer una analogía extrema en relación con lo dicho inicialmente. De la misma forma que la muerte hace soportable la vida, el estar afuera hace soportable el estar adentro.

Mil veces dejaste de salir, aunque querías hacerlo porque te dio pereza y ahora que estás encerrado mueres por ir al ¿parque?, para reconectarte con tu “lado natural”. Las noches han sido más tranquilas que nunca, pero puede que hayas visitado en algún momento durante la cuarentena la página de YouTube y hayas buscado “sonidos relajantes del mar” porque no podías dormir. O tal vez ansiabas disfrutar tiempo con la familia y te enteraste de que “no los pasas ni en pintura”.

En fin, el encierro no es algo que se tome a la ligera porque de leve no tiene nada. Pesa y pesa más hoy que ayer porque hoy estamos acostumbrados a que todo se desvanezca rápidamente. En la obra del célebre autor Milan Kundera titulada La insoportable levedad del ser, el problema de los personajes es debatirse entre una vida sin dolor pero sin significado y otra llena de desgarros pero desbordante de sentido. Tomás ama a Teresa, pero no sabe lidiar con una vida que pesa y eso lo lleva traicionarla constantemente teniendo relaciones sin importancia con distintas mujeres. Por otro lado, a Teresa sus sentimientos le pesan demasiado y quisiera que su existencia fuera más ligera y desinteresada. En resumen, en esta novela nadie tiene la menor idea de cómo llevar su vida. Cosa de humanos.

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Ahora, en estas circunstancias tal vez encarnamos más a Tomás que a Teresa y no porque engañemos a nuestras parejas múltiples veces, ya que después de todo no se puede salir. Lo encarnamos porque hacemos cosas sin significado alguno solo para postergar nuestro inminente encuentro con la pesantez de encontrarnos encerrados. Ahora tú y tu perro se entienden mejor.

Este no es un estar cautivos debido al trabajo, los estudios, las relaciones o los proyectos. No es una cautividad subjetiva, sino que es real como una cachetada de tu madre por contestarle mal a los 15 años. Las fotos que la gente comparte sobre sus inactuales situaciones abundan por doquier. Una de cuando fuiste a la playa, otra de la última reunión en el bar, otra de la última vez que saliste de tu centro laboral, pero todas de hace meses.

El repudiado artículo de Maki Miroquesada, publicado hace ya algún tiempo por el diario Perú 21, más allá de exponer la idiosincrasia de una señora de dinero, muestra la generalizada dificultad que todos nosotros tenemos en la actualidad de lidiar con las cosas que pesan, pero es justamente en el peso donde se encuentra el valor que anula la sensación de estar vacío.

Tal vez, si dejamos de postergarnos a nosotros mismos y dejamos a un lado todo lo leve por un momento, podamos hallarle un sentido al silencio sepulcral que nos retumba en la cabeza. O tal vez no. Al final del día, asumir el peso de las cosas es un aprendizaje por el que cada quién debe pagar de manera voluntaria y con un poco de sí mismo. Para todo lo demás existe MasterCard.

(*) PÁGINA EN BLANCO promueve la diversidad. La opinión de los articulistas no es necesariamente compartida por el medio.

Autor:Alonso Morán Moyano

Gestor social. Experto en voluntariado juvenil y planificación de proyectos en la Municipalidad de Lima (MML). Especialista en Marketing por el Instituto San Ignacio de Loyola (ISIL).