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Alejandro Alva Lagos
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Transcurría el año 1664 cuando doña Ana Francisca de Borja se casó por segunda vez con su primo Pedro Antonio Fernández de Castro, conocido en la época virreinal como el conde de Lemos. Tres años después de su matrimonio, ambos partieron con dirección a Lima y en 1667 arribaron al Puerto de Callao donde fueron recibidos por una muchedumbre de españoles, colonos y criollos que celebraron con arcos triunfales el saludo de los flamantes esposos.

El 21 de noviembre del mismo año, la reina Mariana de Austria designó a Pedro Antonio Fernández como el nuevo Virrey del Perú. En el ejercicio de sus funciones, el conde de Lemos se dio con la sorpresa de que numerosos problemas aquejaban al reino peruano. Conflictos económicos, sociales y territoriales se levantaban con furia desde la provincia de Puno, donde surgió la insurrección de un grupo de mineros de Potosí.

Antes de partir con su ejército surgió la gran duda de quién sería la persona encargada de asumir el mando de la capital durante su ausencia. Debido a que no tenía mucha confianza con sus allegados, optó por dejar a una persona de su entera confianza, su bella primera dama, quien no sólo había cobrado protagonismo por su nobleza y elegancia, sino que también cumplía con los requisitos primordiales para sentarse en el sillón de Pizarro.

Fue así que el virrey le delegó el cargo a través de una Cedula Real. Poco importaron los cuchicheos y chismes de los limeños, quienes estaban acostumbrados a ver a la élite femenina como un grupo de damas dedicadas a las artes, letras y obras de caridad para los más desfavorecidos de la ciudad. Por el contrario, fue la primera vez en la historia del Perú que una mujer rompió con los prejuicios de aquella época y asumió con éxito el cargo de virreina gobernadora.

“El conde de Bornos decía que la mujer de más ciencia sólo es apta para gobernar doce gallinas y un gallo. ¡Disparate! Tal afirmación no puede rezar con doña Ana de Borja y Aragón que, como ustedes verán, fue una de las infinitas excepciones de la regia. Mujeres conozco yo capaces de gobernar veinticuatro gallinas… y hasta dos gallos”, se lee en ¡Beba, padre, que le da la vida!”, crónica escrita por Ricardo Palma en Tradiciones Peruanas e inspirada en las hazañas de Ana Francisca de Borja.

La condesa de Lemos

Con la plena confianza en su esposa, el conde de Lemos zarpó el 7 de junio de 1668 hacia las costas arequipeñas. De aquel suceso se pudo rescatar lo escrito por el historiador y militar Manuel de Mendiburu Bonet:

“Al emprender su viaje a Arequipa y Puno el Conde de Lemos, encomendó el gobierno del reino a Doña Ana, su mujer, quien lo ejerció durante su ausencia, resolviendo todos los asuntos, sin que nadie hiciese la menor observación, principiando por la Audiencia, que reconocía su autoridad…”, escribió en su libro “Diccionario Histórico Biográfico del Perú”, publicado en 1875 y editado por José de la Riva Agüero y Osma.

Durante su mandato, Ana Francisa de Borja, se hizo cargo de diversos aspectos de gobierno en el ámbito administrativo, económico y social. Fueron aproximadamente seis meses que asumió el cargo de gobernadora hasta la llegada de su esposo, pero en ese periodo enfrentó intensos conflictos que demostraron su capacidad resolutiva y de liderazgo frente a las adversidades del día a día.

Uno de los acontecimientos más importantes fueron las noticias que llegaron desde Portobelo, en Panamá, sobre el ataque y saqueo de la ciudad por parte del marinero y filibustero gales Henry Morgan en el mes de julio de 1668.  Los hechos inquietantes no tardaron en llegar a Lima y en agosto de ese mismo año la virreina dio la orden de enviar refuerzos militares y víveres hacia la desolada ciudad de Portobelo. Del mismo modo, la virreina se aseguró de reforzar las defensas de las costas peruanas, en previsión de próximos ataques de piratas, corsarios o potencias extranjeras.

Otro de los hitos de doña Ana fue ordenar el comercio ambulatorio de Lima. Para ello quiso poner un impuesto a los mercaderes y registrarlos, de manera ordenada, sin sufrir el acoso de los soldados y guardias. Por otra parte, la condesa jugó un papel importante en el reconocimiento de Rosa de Lima como santa por la iglesia de Roma. Así, tras ser beatificada en 1968, el Papa Clemente X canonizó en 1671 a Santa Rosa de Lima, la primera santa de América. Por orden de la virreina, su ataúd de madera fue sustituido por uno de plata.

Ana Francisca Hermenegilda de Borja Centelles Doria y Colonna falleció en julio de 1706, en Madrid. Actualmente yace enterrada en el convento de Santa Clara (conocido como convento de las Clarisas de Monforte de Lemos, a orillas del río Cabe), lugar donde también está sepultado su esposo y los otros miembros de la Casa Lemos.