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Diego Ato

Era el año 2007. Acelia Carvajal aún rechazaba las críticas en contra del sistema castrista. No hacía caso a las ideas de Juan del Pilar Goberna, con quien llevaba 33 años de casada y era un opositor del castrismo desde 1990, cuando este le discutía sobre el futuro de Cuba si continuaba en el mismo camino desde 1959. Sin embargo, un día su fe en la revolución se desvaneció cuando agentes del Gobierno la presionaron para que informe sobre las actividades de su esposo.

Acelia tenía 53 años y era la subdirectora de la Escuela del Ministerio de Finanzas. Ella se encontraba de vacaciones, pero su directora la llamó un día de agosto para coordinar un curso de urgencia que se realizaría el siguiente mes. En la institución, su jefa le presentó a dos señores, a uno de ellos lo reconoció como personal de seguridad del Ministerio.

Ella los condujo a su oficina. Una vez dentro, descubrió el motivo real de la reunión: “El hombre al que no conocía cerró la puerta y me dijo: ‘Nosotros, en realidad, no vamos a hablar de ningún curso. Nosotros lo que queremos es hablar con usted sobre Juan del Pilar Goberna, su esposo’, cuenta Acelia.

Inmediatamente, el hombre le enseñó su carné: era un agente del Departamento de Seguridad del Estado. Se hacía llamar oficial Enrico. “Él me dijo que Juan era un contrarrevolucionario y que creían que yo no tenía idea de toda la actividad que realizaba”. Luego vinieron algunas frases y adjetivos para ganar su confianza, como que era una ‘compañera inteligente’y ‘abnegada a su trabajo’. Querían convencerla de que —y recuerda las palabras exactas— “hay que combatir a las personas que no profesan las mismas ideas”.

Acelia se mostró firme, aunque las piernas le temblaban por lo inesperado de la situación. Ella nunca se había preocupado por las acciones de su esposo hasta ese momento. “Me sentí en esa primera entrevista muy desconcertada y engañada”.

Le enseñaron una foto de alguien que no conocía, un supuesto contacto de su esposo. “Juan siempre había tenido sus ideas y yo nunca me había metido en nada de eso. Él hacía sus actividades, pero en la casa no había reuniones. No había nada”, comenta Acelia.

Por casi una hora, Acelia debió escuchar sobre las acciones ‘contrarrevolucionarias’ de su esposo y la insistencia en que debía convencerlo de que el socialismo era el sistema que llevaría a Cuba al desarrollo. Los hombres se despidieron con la promesa de informar a sus superiores que ya habían hablado con su paradero y que volverían pronto. Ella solo cuestionó sobre qué es lo que informarían, si ella no conocía nada sobre lo que le preguntaban.

Compañeros cómplices

Cuando terminó la conversación, Acelia se dirigió donde la directora para reclamarle por qué no le había avisado sobre el verdadero asunto de la reunión. Ella le respondió que no le habían informado nada.

En los siguientes días, el agente Enrico llamaba a Acelia para recordarle que Juan continuaba con sus actividades. Una semana después de la primera visita, volvieron a su oficina con el mismo mensaje amenazador. Le aseguraron que tenían la certeza de que iba a colaborar con ellos informando las actividades de su esposo, y que, como convivía con Juan, tenía la obligación cívica de contarles sobre sus acciones. Incluso, le ofrecieron una casa para cuando ya no le fuera posible vivir con él.

“No, pero ¡¿en qué cabeza cabe que yo voy a contar esas cosas?! Ustedes olvidan que Juan del Pilar Goberna es mi esposo”. La indignación vuelve a Acelia al recordar ese momento. Treinta y tres años de casada con Juan, dos hijos y cinco nietos, y, de pronto, el régimen le pedía traicionarlo.

La amenazaron con que a su esposo, por sus ideas en contra de la revolución, podían aplicarle la ley del 88 —conocida como ley mordaza debido a que criminaliza la libertad de expresión—. Ella sintió mucho miedo porque, explica, eso implicaba que lo podrían encarcelar sin juicio.

La amenazaron con hacerle un acto de repudio en su casa, es decir, una manisfetación en el que un grupo de personas lanza insultos y arengas en contra de opositores al Gobierno cubano, personas que intentan salir del país o a cualquiera otra que sea considerada enemiga del régimen. También le informaron que ya habían avisado al Partido Comunista de Cuba (PCC) sobre su situación. Dejaron el lugar y a Acelia con el temor de lo que podía pasarle a Juan.

A los pocos días, la directora de cuadros del Ministerio de Finanzas hizo una reunión en su trabajo en la que convocó a miembros del núcleo del PCC y a sus colegas. La insultaron. La llamaron ‘contrarrevolucionaria’, ‘gusana’, entre otros calificativos. Le dijeron que no era digna de ser una militante del partido y la acusaron de que se había solidarizado con la contrarrevolución. Aseguraron que la convivencia con contrarrevolucionarios no podía ser pacífica.

Para Acelia fue un gran golpe porque ella creía en el Gobierno y no sabía que sus compañeros podían tener tal comportamiento hacia ella. “Eso me costó que la presión me subiera y tuviera que ir yo sola al policlínico. Ahí me pusieron una inyección y me dejaron en observación”.

Abandonar la revolución

Acelia escribió una carta a la directora y le pidió que la retiraran de su puesto porque la querían obligar a una colaboración insensata. Una semana después, la relevaron de su puesto y quedó en la posición de profesora simple. Posteriormente, ella les dijo que si deseaban, la botaran, pero que, si así lo hacían, le den por escrito el motivo. Ella sabía que no podrían afirmar que el despido fuera por ineptitud dado que ella contaba con las evaluaciones para demostrar lo contrario.

Todo el proceso de visitas al trabajo y el acoso posterior para desacreditarla duró hasta octubre del mismo año. Nunca renunció, solo dejó de participar en los eventos políticos del partido y se acogió al horario especial de trabajo para laborar el mayor tiempo posible desde casa. Poco a poco, comenzó a ver con mayor interés el discurso y las acciones de Juan. “Me di cuenta de que estuve mucho tiempo equivocada”.

En la actualidad, Acelia es activista por los derechos humanos, especialmente en defensa de las personas con discapacidad en Cuba. Se involucró en este tema debido a que su esposo en el 2011 perdió la vista, lo que les permitió a ambos ser conscientes sobre las barreras en su entorno, tanto arquitectónicas como actitudinales. Su labor le ha costado continuas detenciones, interrogatorios, hostigamiento por parte del régimen, incluso, entre el 2018 y 2019 estuvo con un impedimento arbitrario de salir el país.

Ilustración: Diego Ato

Admiración heredada

Acelia cuenta que proviene de una familia obrera y humilde. Nació un 10 de abril de 1954 en una central azucarera, donde trabajaba su padre. Su madre era ama de casa. Tuvo una hermana mayor con discapacidad. Ella cree que su padre abrazó con amor los ideales socialistas porque el sistema le permitió alcanzar el 6to grado de educación, de modo tal que pudo superarse. “No se percataba de que él, antes del triunfo de la revolución, había podido construir su casa y alimentar a su familia con su propio trabajo”.

Su padre le inculcó el estar siempre dispuestos a cualquier sacrificio para colaborar con el desarrollo del país. Ella creía que construían un futuro para el bien de todos. Así lo sintió.

Estudió Química Industrial en el Instituto Tecnológico Mártires de Girón en La Habana y, por su desempeño, la seleccionaron para formar parte de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC). Al finalizar el nivel técnico medio, la ubicaron para trabajar en la Escuela de la Industria Alimentaria.

Durante dicha etapa laboral, cursó estudios universitarios en el Pedagógico para la Enseñanza Técnico Profesional y se graduó de Licenciatura en Educación. Posteriormente, fue promovida como metodóloga de Química. Luego, estudio Dirección y Administración. “En este recorrido hubo tareas que eran producto del adoctrinamiento recibido. Yo las veía como necesarias y debía cumplir con esos esfuerzos para contribuir al desarrollo del país”.

En 1997, por propuestas de mejorías de horarios de trabajo y salario, se trasladó al Centro de Estudios del Ministerio de Finanzas y Precios como metodóloga y profesora de dirección. Después fue ascendida al cargo de subdirectora docente. Este puesto le dio la posibilidad de visitar otros centros homólogos en el extranjero. “Comprobé que tanto en países de Latinoamérica, que aparentaban tener un desarrollo inferior al de Cuba, como en España, dichos centros contaban con recursos y metodologías de trabajo superiores”.

A este aspecto, se sumaron los sucesos de represión e ineficiencias estatales que antes habían pasado desapercibidas para ella por el secretismo existente. “También había sido reticente a admitir que ese futuro que se deseaba construir era evidentemente incierto. No obstante, por la posibilidad de plantear las críticas constructivas, accedí a que se me hiciera el proceso de incorporación a las filas del Partido Comunista de Cuba”.

Fue justamente después de que aprobaron su incorporación, cuando la citaron en agosto del 2007. Ella no había cambiado su opinión sobre el régimen hasta que el Gobierno le exigió la absurda colaboración de ser la espía de su esposo.