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Camila Vera
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Cuando Domitila Gálvez Aguilera cocina, los comensales repiten el platillo. Es ley. Pero así como su sazón ha reunido a generaciones cercanas y no tan cercanas, la pandemia se ha encargado de anular las visitas que disimulaban su soledad. Tiene 80 años y muchos episodios en la memoria, solo que ahora faltan oyentes.

Hubo un tiempo en el que los seis hijos y el esposo ocuparon la casa de Ayabaca (Piura), su pueblo natal, y fueron testigos de las muchas facetas de Domitila: tejedora de modernos atuendos para los suyos, cocinera de mote y estofado para la familia y para los peones, costurera de faldas de pliegue para “las tres muchachas del hogar”, campesina de dos chacras propias, comerciante en el puesto del mercadillo, madre de Rolando, Floricelda, Tomás, Raúl, Mariela y Yuliana… Y hubo, además, una faceta que le ha permitido mantenerse luego de la muerte de su esposo, cuando las propiedades, el ganado y las joyas fueron invertidos en el tratamiento para combatir la enfermedad cardíaca: vendedora de tamales, empanadas y mazapanes.

Domitila en su fundo (Ayabaca, Piura).

Adultos mayores en el Perú

A finales del año pasado, el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) dio a conocer que en el Perú existen 4 millones 140 000 personas de 60 a más años de edad, una cifra que representa el 12,7 % de la población total del 2020. Es esta misma población la que, además, forma parte del grupo vulnerable segmentado por especialistas tras la llegada del covid-19.

Domitila no solo es parte de la cifra, es también uno de los tantos adultos mayores que viven en soledad. Hace 22 años, cuando enviudó, decidió permanecer en el lugar donde había construido su hogar, Ayabaca. A veces, cuando en “la ciudad del eterno calor” el clima no es tan cruel, pasa unos días en la casa de alguno de sus seis hijos, pero pronto encuentra los argumentos para regresar al frío de la vida en el campo: “Mis piernas se hinchan porque hace mucho calor. También debo regar mis plantas”, dice.

Cuando esto sucedía, no se refería solo a las plantas de su jardín, se refería también a las de su chacra. Una que conserva hasta ahora y que por años consecutivos ha sido el escenario de cosechas de maíz y frijoles. Ella surcaba y vertía semillas, usaba la barreta y no pensaba en la edad. Ahora, con una artritis diagnosticada, carece de la fuerza para siquiera visitar la quebrada, el bordo o los pinos que Herculano, su difunto esposo, dejó a modo de herencia, de recuerdo.

Domitila en su fundo (Ayabaca, Piura).

Marzo del 2020

Se había acostumbrado a disimular su soledad con el tejido, las llamadas y las visitas espontáneas, para quienes siempre tenía preparado “café de olleta”, una mezcla que incluye granos tostados de haba y cebada. Es decir, había dominado las ausencias. Por eso, cuando el ex presidente Martín Vizcarra decretó la cuarentena, ella lo tomó con calma: “Va a pasar lueguito”, dijo.

Pero los quince días se convirtieron en tres mes y medio. Mariela, su penúltima hija, decidió acompañarla en ese lapso. Sin embargo, su labor como maestra de clases virtuales en un sitio cuya señal de internet es muy mala dificultaba su rendimiento y, por tanto, el tiempo que podía conversar con Domitila.

Conseguir las provisiones era tema aparte. Mariela salía a comprarlas al mercadillo del pueblo porque Domitila había recibido la indicación estricta de no salir de casa, pero no siempre la cumplió: “Fui a recoger el gas una vez, cuando mi hija estaba afuera. No me pasó nada”, cuenta al mismo tiempo que defiende su premisa de vida y el consejo que constantemente da a sus nietos: “No hay que esperar piernas ajenas para andar”. Asegura, además, que no tuvo contacto con “personas que llevan la mascarilla en las quijadas”.

Julio del 2020

Su independencia ha sido el eje que le ha permitido soportar una soledad mucho más acentuada desde que, cuando terminó la cuarentena, Mariela regresó a su hogar. Eso no significa que el pesar no haya existido; en muchas de las llamadas telefónicas a la familia, Domitila menciona sentencias recurrentes: “Estando sola no me provoca cocinar como antes”, “Hay un golpe de agua que da miedo. Todo acompaña para la soledad”, “Me da desolación saber que no hay nada en el fundo”. Las limitaciones de la vida pandémica han ocasionado que su día se vuelva más largo y, por la artritis, sus movimientos mucho más lentos.

Ayuda del Estado

Ella no cuenta con algún monto mensual por jubilación, aunque pudo tenerlo si, a los 20 años, hubiera aceptado el puesto de maestra que le ofrecieron en Ayabaca. Si bien es cierto sus estudios eran primarios –porque no existía nivel secundario en la zona rural–, su rendimiento académico la había hecho merecedora de una fama muy buena y ganadora de un libro de cocina que hasta ahora conserva.

De acuerdo con los datos del INEI, el 36,8% de la población adulta mayor alcanzó a estudiar nivel educativo primaria, el 26,8% secundaria, 23,0% educación superior y el 13,4% no cuenta con algún nivel educativo.

Ella alcanzó el conocimiento suficiente para llevar la contabilidad de un matrimonio por cuarenta años y luego, la contabilidad de su negocio de comida. Su sabiduría es otra historia. Ahora ya no trabaja en la venta de tamales, empanadas y mazapanes, y está a salvo porque su familia la apoya, pero muchos no corren su suerte. El país está atravesando una crisis no solo sanitaria, sino también económica. El Gobierno trastocado por la corrupción y los problemas sociales acrecienta la inestabilidad del Perú y genera un clima que no permite establecer políticas para proteger mejor a los adultos mayores. Si no es de la soledad, al menos de la pobreza.