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Cuando contemplamos la clásica foto de Vallejo, aquella con la mano en el mentón, el ceño fruncido y la mirada perdida en el infinito, solemos encontrarnos frente a una figura nostálgica y envuelta por una atmosfera taciturna. Pero lo que casi nadie conoce es que, más allá de haber escrito esos versos profundos que reflejan el dolor del ser humano, el vate de Santiago de Chuco era un hombre con un gran sentido del humor.

“Lo ponen a Vallejo en ese monumento todo tristón…Vallejo era juguetón, chistoso, jaranista, bohemio, cantante de Huayno e inteligente”, dice el periodista y escritor Antonio Muñoz Monge.

El «troll» de la poesía

Una tarde de 1922, el poeta se encontraba en un elegante salón. A su alrededor, refinados críticos literarios, poetas e intelectuales de la época brindaban con algarabía. A la distancia, el cholo Vallejo oyó que un grupo de ilustrados estaban discutiendo con firmeza sobre Trilce, su legendario poemario. Naturalmente se acercó a conversar con ellos, pero cuando hizo acto de presencia alguien, en tono desafiante y sarcástico, le dijo:

IN: “¡Pero los poetas tienen que dar soluciones! Su libro está lleno de penas y tristezas. Por ejemplo, ¿Qué solución ha dado en su libro para el hambre de la humanidad?”.

CV: ¡Ah pues! Han leído mal el libro. Si hay una solución para lo que usted dice.

IN: Dígame cuál es la solución por favor.

CV: Sembrar en grandes hectáreas arroz con pato.

 

También se cuenta que una mañana llegó Vallejo a dictar sus clases al colegio Nuestro Señora de Guadalupe de Lima. Ingresó al salón abarrotado de niños y luego del saludo inició su presentación diciendo: “ahora no vamos a hacer clases como todos los días. Ahora les voy a enseñar a sembrar arroz con pato”.

Al salir de clases, los alumnos les contaron a sus padres sobre el extraño comentario de su profesor.  Los padres, estupefactos, vociferaron ante las autoridades del colegio, diciendo que el profesor era un desequilibrado mental. Por supuesto, poco tiempo después, Vallejo perdió su trabajo.

Olvidado en su propia tierra

Entre 1905 y 1908 César Abraham Vallejo Mendoza estudió la secundaria en el Colegio San Nicolás, ubicado en la ciudad liberteña de Huamachuco. Años después, ya consagrado como poeta del Grupo Norte, regresó a su antiguo hogar estudiantil. Al llegar, Vallejo pensó que, tanto alumnos como docentes, lo recibirían con un gran homenaje, entre aplausos que él decía merecer. Sin embargo, aquél lejano día, ni un fantasma aplaudió su llegada.

Embriagado por el vino y la añoranza de futuras glorias, cuentan sus condiscípulos que Vallejo comenzó a gritar estas palabras que, años más tarde, se hicieron realidad: “¡Qué me importa a mí el aplauso de mis paisanos, si sé que un día me aplaudirá la América, y mi nombre será más grande que el de Rubén Darío…!

La ira de don Pedro

Vallejo se encontraba en medio de una larga cola en la Biblioteca Nacional. Al girar de golpe chocó accidentalmente con un elegante señor de bigote gris, barriga abultada y calva reluciente. El impacto ocasionó que el refinado tirase al suelo su sombrero, bastón y anteojos. Vallejo pidió disculpas de inmediato, pero el agraviado solo le demostró una actitud vulgar y ofensiva. Vallejo volvió a repetirle que todo había sido un infortunio del momento, pero el señor continuó con su arrogancia. De pronto, exclamó furioso: ¿Usted sabe con quién está tratando? ¿Sabe por ventura quien soy yo?”. Vallejo lo observó perplejo. “¡Sepa usted que soy don Pedro de Osma!”. Vallejo, ya sonriente e irónico, le respondió: “¡Y yo qué culpa tengo, señor!”.

Pedro de Osma y Pardo, abogado y político peruano, fundó el Diario La Prensa en 1903. Fue además presidente de la Cámara de Diputados, alcalde de Lima, alcalde de Barranco y presidente del exclusivo Club Nacional.

El brindis profético

En 1913, Víctor Raúl Haya de la Torre y César Vallejo se conocieron en la ciudad de Trujillo. Ambos estudiaron en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Trujillo, en aulas forjaron una auténtica amistad y pasión por la literatura.

Junto con otros estudiantes y bajo la conducción del filósofo Antenor Orrego, integraron la llamada «bohemia trujillana», posteriormente bautizada como «Grupo Norte». Con este movimiento de intelectuales y artistas realizaron diversas actividades, entre las que destacaron las largas caminatas por Chan Chan y la playa de  Huanchaco, tertulias nocturnas en algún café de la Plaza de Armas de Trujillo, agitadas conferencias políticas e interminables recitales de poesía en la casa del pintor Macedonio de la Torre.

En una de esas conferencias, Vallejo quedó impactado por el discurso político de su amigo Haya. Levantó su copa, hizo la venia a sus compañeros y dio un brindis profético:

«Yo poeta,

Brindo mi copa por este pichón de cóndor

Yo profeta,

Anuncio que volará alto,

Y será grande…grande…»