Coronavirus Perú
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Nos agarró por sorpresa. Nadie imaginó que, de la noche a la mañana, nuestra vida y la marcha del país pegarían un giro tan radical. Han pasado más de setenta días y muchas cosas inimaginables han ocurrido (entre ellas, escenas dantescas de dolor y muerte). Ahora vivimos con la esperanza de llegar a una meseta que no entendemos muy bien de qué se trata ni para qué sirve, y con la ansiedad de que aparecerán la cura milagrosa y la vacuna salvadora que, cuando creemos cerca, se alejan como espejismos en el desierto.

Lo único claro es que nada está claro. Es muy poco lo que se sabe del virus, la forma de enfrentarlo (salvo la lavada de manos y la distancia entre las personas), y las consecuencias que acarreará, incluso una vez superada la infección.

Sin embargo, después de casi tres meses de declarada la emergencia, sabemos que algunas cosas se han hecho bien y otras no. Lo vivido hasta aquí permite sacar algunas lecciones sobre las que vale la pena reflexionar.

Fue bueno que el Gobierno se adelantara a todos los de la región en decretar la cuarentena a fin de ganar tiempo para evitar el colapso del sistema sanitario. Que dispusiera, como una de sus primeras medidas, de un bono económico para las familias de menos recursos que serían impactadas por el confinamiento. Y que se impusiera como meta tomar la mayor cantidad de pruebas posibles para detectar el virus y aislar a los portadores. También fue positivo que se creara un comando especializado y un grupo multidisciplinario de prospectiva para planear y ejecutar decisiones estratégicas.

Pero, ciertamente no fue bueno adoptar tantas marchas y contramarchas, pues denotan improvisación (pico y género, uso de guantes, edad de vulnerabilidad, salida de menores). Tampoco no haber previsto los tumultos en los mercados ni establecido acciones para descongestionarlos. Que el propio Gobierno promoviera las aglomeraciones alrededor del cobro del bono por no haber adoptado medidas descentralizadas de distribución. Que, al cerrar las fronteras, no se tuvieran estrategias de repatriación de peruanos en el extranjero y, al decretar la inamovilidad interna, no se calculara el impacto que tendría sobre los miles de pobres que perdieron sus ingresos, optando por caminar desesperados a sus lugares de origen por razones de supervivencia.

Tampoco ayudó no instruir a los policías para evitar el enfrentamiento cuerpo a cuerpo con los desobedientes, lo que ha contagiado a cientos de ellos. Que no se priorizara la adquisición de equipos de protección para quienes lidian con el virus en la primera línea: personal médico y sanitario, policías, militares y agentes penitenciarios. Ni qué decir de que se haya rehuido conscientemente la crisis humanitaria en los penales por temor al qué dirán.

No se trata de ser generales después de la batalla, ni de negar la tremenda complejidad de la situación a resolver. El reto es cómo mejorar para emparejarnos con el virus y qué hacer en el futuro para prevenir desastres de estas dimensiones.

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Hay tres problemas estructurales que, de no resolverse, nos mantendrán siempre al filo de la navaja y desbaratarán, en un santiamén, lo que tomó años conseguir: la postración de los sistemas de salud y educación, la fragilidad de la economía productiva y la corrupción sistémica. Si no empezamos a priorizar la distribución del presupuesto para apostar por una salud y educación de calidad, no habremos entendido nada. Tampoco el continuar con una economía asentada en la informalidad, tan vulnerable que, en solo cuestión de semanas, millones de personas están en riesgo de regresar a la extrema pobreza.

Finalmente, la corrupción sistémica, gracias a la cual los cientos de miles de millones de soles desviados en décadas para el beneficio de unos cuantos, no se pudieron invertir en salud, educación, empleo productivo, agua potable, etc. La corrupción se ha expresado en su peor miseria con los robos aprovechando la pandemia, a sabiendas que se atenta contra vidas humanas. No en vano los peruanos, en una reciente encuesta, la consideramos el problema más grave del país, por encima del coronavirus. Porque comprobamos que la corrupción, literalmente, mata.

(*) PÁGINA EN BLANCO promueve la diversidad. La opinión de los articulistas no es necesariamente compartida por el medio.

Autor: José Ugaz Sanchez-Moreno

Exprocurador anticorrupción. Socio de Benites, Vargas & Ugaz Abogados. 


Fotografía: Andina.pe