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Roberto Duran

Donald Trump siempre coqueteaba con la posibilidad de postular a la presidencia. Lo decía todo el tiempo en medios, la gente lo oía y pensaba que solo era publicidad para él y sus negocios. Hasta que llegó la elección de 2016 y dio el batacazo. Trump, un invitado del partido republicano, había vencido a la demócrata Hillary Clinton, ex primera dama y secretaria de Estado de Obama.

En esa ocasión, Trump presentó su candidatura diciendo que los mexicanos eran violadores, narcotraficantes y criminales y que construiría un muro en la frontera. La campaña de Trump fue un sinfín de mentiras y bullying sistemático a Clinton, quien no era una candidata carismática, mientras que Trump era el rey de las cámaras. Las elecciones eran el reality show en donde él era la figura.

Lo que no entendía el establishment estadounidense era que Trump conectaba con las pasiones de una mayoría, indistinta de su raza, origen o credo, pero que tenían algo en común: estaban hartos de la elite blanca, adinerada y privilegiaba que los gobernaba.

Trump conectó con el operario cuya fábrica había cerrado en la zona del “Rust Belt”, con el sureño evangélico del “Bible Belt”, con los poseedores de armas, con los latinos anticastristas enojados con la diplomacia de Obama, pero sobre todo con la clase media empobrecida y blanca que está endeudada, precarizada y frustrada con el sistema.

Pero una cosa es la campaña y otra es el gobierno. Económicamente, Trump era un republicano ortodoxo (menos impuestos y más desregulación); en lo político, había personalizado las acciones del gobierno hasta el punto de erosionar instituciones y gobernar con un grupo muy reducido y familiar. La sociedad estadounidense solo tendía a agravar sus diferencias y perder capacidad de dialogo, las protestas en Charlottesville, el escándalo por el arresto en jaulas de familias indocumentadas y los enfrentamientos entre milicianos y protestantes antifacistas en el contexto del Black Life Matters lo demostraban.

Quema de la estación de policía de Minneapolis en medio de las protestas por el asesinato de George Floyd.

Se acercaba las elecciones de 2020 y Trump tenia posibilidades de reelegirse, las cifras económicas y de empleo le daban una posibilidad.

Hasta que llegó la pandemia por la COVID-19 y golpeó brutalmente al país. Pese a que Trump sabía que había un virus letal proveniente de China y que debía preparar al país ante el contagio inminente, él subestimo dicha información. “No quería crear pánico” le dijo Bob Woodward, mítico periodista de la trama Watergate.

Estados Unidos tiene más de 10 millones de contagios de la COVID-19 y 241,839 muertos, el peor registro del mundo. Para Trump es una gripe china (“China flu”).

El brote de COVID-19 en EE.UU. dejó sin empleo a millones de estadounidenses. El 16% de la PEA estaba desempleada, muchos recurrían al subsidio por desempleo que daba el gobierno. Al gobierno de Trump le había explotado todo en la cara, pero tampoco tenia capacidad ni voluntad de gestionar la crisis. Las protestas en todo el país por la muerte de George Floyd demostraban que el enfrentamiento estaba por encima de una pandemia. La campaña de reelección iba a ser muy difícil.

Los demócratas habían elegido a Joe Biden como candidato, quien había sido vicepresidente de Obama y senador por 36 años. Menos confrontacional y más centrista que Bernie Sanders y Elizabeth Warren habían adquirido una tónica muy confrontacional.

La campaña electoral del 2020 fue amarga e inaudita. La maquinaria electoral de Trump es un sinfín de noticias falsas por internet, teorías de conspiración y descalificación hacia la plancha electoral de Biden y el partido demócrata, asociándolos con la extrema izquierda, el partido comunista chino e incluso con el chavismo y Nicolás Maduro. Trump nunca dejó de hacer mitines repletos de personas, pese a la pandemia. Biden encajaba los golpes de Trump y replicaba con las mentiras u omisiones que hacia el republicano tales como su respuesta a la pandemia, la azuzación de milicianos de derecha o su declaración de impuestos en EEUU y en China.

El primer debate entre Trump y Biden puede ser catalogado como el peor debate de la historia de EE.UU. porque no hubo debate, solo hubo acusaciones personales nunca antes vista. El segundo debate no tuvo lugar porque Trump se contagio de COVID-19 y fue hospitalizado como le había pasado a otros negacionistas de virus como Boris Johnson. El tercer debate sí hubo intercambio de ideas, pero con ataques personales.

Durante toda la campaña, Trump desprestigiaba y alertaba de un posible fraude electoral en el voto por correo. Sabía que un gran numero de electores iba a votar por correo e incluso amenazó de reducir fondos al servicio postal. En estas elecciones, hubo 100 millones de votos postales. Pero la mentira sobre un potencial fraude demócrata ya estaba sembrado.

A la medianoche del martes 3 de noviembre, Dixville Notch, un pueblo de 12 personas en los bosques de New Hampshire, fue el primer lugar abrir las votaciones. Pasados 5 minutos, cerraron la mesa delcarando a Biden ganador con 5 votos a 0 frente a Trump. Una pintoresca antesala a las elecciones estadounidenses más peleadas en los últimos 20 años, cuando George W. Bush le ganó a Al Gore por 271 a 266 votos del Colegio Electoral.

La jornada empezó con largas colas para votar en diversos estados “pendulares” como Pensilvania, Michigan, Ohio o Florida. La gente sabía lo que se jugaba esta en esta elección tales como la crisis por la segunda ola de contagios de coronavirus, la reactivación económica e incluso la hegemonía de Estados Unidos como potencia frente al mundo.

Muchos votos anticipados fueron entregados en Drive-Thru. Los republicanos intentaron invalidar 127,000 votos emitidos en auto en Houston, pero el juez rechazó el pedido; sin embargo, redujo los centros de votaciones para auto de 10 a 1.

Un fatigado Trump declaró en su centro de campaña en DC que no estaba pensando en un discurso de concesión de derrota o aceptación de la victoria todavía. “Ganar es fácil, perder nunca lo es, al menos para mi” decía el presidente candidato.

Biden declaraba desde su pueblo natal, Scranton, en el estado de Pensilvania que quiere “restaurar el alma de la nación”.

Al momento de la elección, Estados Unidos estaba inmersa en la segunda ola de contagios por COVID-19 y se veía un ambiente tenso por los resultados de las elecciones, tanto que diversos negocios habían tapiado las ventanas de sus comercios por miedo a desmanes por los resultados.

A las 7:00 p.m. se daban daban las primeras proyecciones en el este. Kentucky e Indiana elegían a Trump; Vermont y Virginia, Biden. En algunos estados pendulares todavía era incierto el resultado como Ohio, Florida o Pensilvania. Iba a ser una noche larga en el gran reality show que son las elecciones estadounidenses.

La noche avanzaba y diversos estados empezaban a mostrar resultados, los demócratas daban pelea en estados sureños tradicionalmente republicanos como Texas o Florida. Sin embargo, las proyecciones darían como ganador a Trump. Biden ganaba en las grandes ciudades, pero el votante republicano es del interior. Los demócratas no entendían totalmente al votante latino, que ya no es solo el voto anticastrista de los cubano-americanos o el voto antichavista de los venezolanos en Doral.

En la zona del «Rust Belt», Ohio se decantaba por Trump, una mala señal para Biden porque Pensilvania era el estado vecino donde había perdido Clinton en 2016.

Pero había estados donde los republicanos sí estaban preocupados porque perdían terreno en estados tradicionalmente republicanos como Georgia o Carolina del Norte. Ambos estados tiene 31 miembros en el Colegio Electoral.

En la zona de los grandes lagos, Michigan y Wisconsin tenían una tendencia muy cerrada hacia los demócratas, pero sin resultado definitivo. Las alarmas se encendían para los republicanos. El camino de la reelección se alejaba se si perdían estados claves del «Rust Belt».

No le bastaba a los republicanos ganar en estados con poco peso electoral como Alabama, las Dakotas o Kansas. Nadie dudaba de su hegemonía ahí. Los demócratas ganaban con firmeza en estados muy poblados como California, Nueva York, Illinois y Massachusetts. Biden dominaba el noreste y toda la costa oeste. El centro, con excepción de Nuevo Mexico y Colorado eran todos republicanos, el Estados Unidos profundo y agrario.

Mientras más avanzaba la noche del 3 había un grupo de estados que no tenían una proyección clara: Michigan, Wisconsin y Pensilvania, en la región de los grandes lagos; Carolina del Norte y Georgia, en el sureste; y Arizona y Nevada en el suroeste. La misma pelea electoral: ciudades versus el campo.

A las 12:45 a.m. del 4 de noviembre NBC News proyectaba que Biden tenía 205 votos del Colegio Electoral, mientras que Trump solo tenia 171. Los demócratas cada vez más cerca de regresar a la Casa Blanca y los republicanos de perder la reelección como le pasó a George Bush padre frente a Clinton en 1992.

Esa misma noche, un confiado Biden dio un mitin en formato autocinema en Delaware, su estado.  «Tenemos que ser pacientes hasta que la ardua tarea de contar votos sea finalizada. Esto no acaba hasta que cada voto sea contado.» El demócrata ponía paños fríos, sabía que el voto postal los favorecía. Trump saboteó tanto el voto postal que la mayoría de republicanos votaba presencial. Era cuestión de tiempo, la pregunta era cuánto tiempo.

Frente a las palabras de Biden, un enfurecido Trump tuiteó: «Estamos arriba por mucho, pero ellos trata de robar la elección. No se lo permitiremos. Los votos no pueden ser contados tan rápido después de cerradas las mesas.» Twitter advertía que las palabras de Trump eran tendenciosas y que engañaban al público.

A las 2:30 a.m., Trump ofrecía un verdadero coup de théâtre desde la Casa Blanca. Rodeado de sus hijos y sus colaboradores más cercanos, Trump incendió la pradera.

«Esto es un fraude para el público americano. Esto es una vergüenza para nuestro país. Estamos listos para ganar esta elección. Honestamente, hemos ganado esta elección», Trump se declaraba ganador pese a no llegar a los 270 votos necesarios para ser declarado vencedor.

El as bajo la manga era pedir a la Corte Suprema, esa que el habia nombrado 3 jueces en 4 años, que detenga el conteo de votos. Desde las elecciones del 2000 que la Corte Suprema no formaba parte del escenario electoral cuando declaró vencedor a George Bush hijo en Florida y presidente. Trump no iba a conceder la derrota como lo hizo Hillary Clinton en 2016 cuando él gano. El presidente no es un tipo de formalidades.

La mañana del 4, Estados Unidos despertaba sin presidente electo y con las tensiones a tope. El partido republicano interponía demandas en Georgia, Michigan y Pensilvania para parar el conteo de votos. Votantes de Trump siteaban centros de computo electoral en Detroit y Phoenix bajo el lema «Stop the count». Manifestantes en en ciudades demócratas salían a las calles bajo el lema «Count every vote». El voto postal demócrata demora en ser contado porque tiene que ser verificado, es la famosa ola azul.

Las elecciones estadounidenses en televisión son un reality show llenos de entrevistados, mapas electorales por condados y constantes «ultima hora», entre las «Key Race Alert» y las «CNN Projections». CNN trasmite las elecciones desde la medianoche del 3 de noviembre y no han parado todavía que no hay ganador.

Existe un grupo de condados con votaciones tan cerradas que pueden determinar el sentido de los votos electorales de cada estado: Maricopa en Arizona, DeKalb en Georgia, Allegheny en Pensilvania y Clark en Nevada.

Simpatizantes de Trump rodearon los centros de computo en Arizona y Georgia para frenar el conteo de votos, quienes tienen tendencia a convertirse en mayoria democrata. Portando armas y  vitoreando «Stop the count». En la noche del 4 se paró el conteo en Nevada, mientras que en Georgia seguía el conteo con un fuerte respaldo policial.

Esa noche, Biden llamó a la calma diciendo: «Está claro que tenemos los suficientes estados para llegar a los 270 votos necesarios para llegar a la presidencia. No estoy aquí para declarar que hemos ganado, sino para decir que cuando se termine de contar los votos, creeríamos que hemos ganado».

La mañana del 5 de noviembre, Estados Unidos todavía no tenia presidente electo. Las probabilidades de que Biden gane, quien solo necesita 6 votos según la Associated Press, es cuestión de horas. Los republicanos ven sus diferencias de votos reducirse frente a los demócratas.

Mapa de las elecciones estadounidenses según Associated Press

En la tarde del 5, Trump convocó una conferencia de prensa diciendo: «Si cuentan los votos legales, ganó fácilmente; si cuentan los votos ilegales, ellos tratarán de robarse la elección.» Nunca antes un presidente de Estados Unidos había aducido fraude en un proceso electoral abiertamente. Las cadenas de televisión explicaron rápidamente que no habían votos ilegales, que el presidente estaba mintiendo y que el conteo de votos seguía.

Las tensiones se habían disparado. Trump se había convertido en una amenaza real al proceso democrático y el partido republicano estaba dispuesto a seguirlo, pese a voces disidentes que llamaban a la calma como el ex gobernador de New Jersey, Chris Christie.

Desde Delaware, Biden llamaba a la calma. «Es la voluntad de los votantes, nadie más, quien elige al presidente. Cada voto debe ser contado. La democracia puede ser complicada». La democracia estadounidense ahora dependía del conteo de votos en Pensilvania, Arizona, Nevada y Georgia.

En la mañana del 6 de noviembre, el panorama había cambiado. Biden había superado a Trump en Arizona, Nevada, Pensilvania y Georgia. La ola azul se manifestaba.

Posiblemente la noche de hoy 6 de noviembre haya una proyección definitiva hacia Biden, quien dará un discurso desde Delaware. El problema reside en la respuesta del todavía inquilino de la Casa Blanca. ¿Aceptará la derrota Donald Trump? ¿Seguirá con la judicialización de la elección y generar más tensión en un sistema electoral anacrónico?

Las circunstancias actuales no son las mismas de la elección del 2000. Hoy hay un país infestado de un virus potencialmente mortal que ha matado a 241,839 personas, una sociedad traumatizada con la brutalidad de la violencia institucional y sus reacciones civiles y con uno de los niveles de desigualdad más alta del mundo industrializado.

Tantas veces los presidentes estadounidenses terminan sus discursos con un «God Bless America» (Dios bendiga Estados Unidos). Este es el momento necesario para que suceda eso y los estadounidenses puedan reconciliarse consigo mismos y con la democracia, antes que sea demasiado tarde.