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Camila Vera
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A sus 47 años, Mariela Criollo Gálvez ha cruzado ríos, trepado naranjales y montado caballos para llegar a lejanos parajes –seis hasta ahora– de la serranía piurana y, así, desempeñar su rol como docente de Arte y cultura del nivel secundario.

Lleva doce años en el rubro y toda una vida de vocación: “Siempre quise ser profesora”, confiesa. Pero nunca sospechó que en sus planes habría una mudanza constante del campo a la ciudad, de la ciudad al campo. Una dinámica a la que su hija de 23 años y su madre de 80 se han acostumbrado a punta de llamadas cuando la señal telefónica es amable; cuando no, Mariela debía buscar “alguna esquina” donde la cobertura le permitiese comunicarse con los suyos. Una dinámica, también, que el covid-19 interrumpió.

El año escolar 2020 significó un reto para ella y para sus alumnos. Cuando el gobierno decretó cuarentena general, Mariela se vio obligada a aclimatarse ya no a la lluvia ni al barro, esta vez se trataba del calor de una laptop encendida el día entero. Acostumbrada como estaba a sus tizas y registros en tinta azul, se enfrentó al desafío tecnológico y, además, al horario que cada alumno tenía para recibir la clase: del celular del hermano, del vecino o del tío del pueblo aledaño. Pero las limitaciones no solo tenían que ver con los artefactos, había una sensibilidad que se colaba cada vez que podía.

“Nunca he visto una peli, profe”, le dijo un estudiante de primero de secundaria, un niño de Los Paltos de Anchalay (Jililí, Ayabaca, Piura) a quien Mariela había contactado para dictarle una clase vía telefónica porque la posibilidad de internet estaba anulada no solo por la urgencia monetaria, sino también por la falta de luz. “Intenté cambiarle de tema”, comenta. Así como ha intentado cambiar la visión de sus alumnos acerca del arte y de la vida. Ella les recuerda, a través de bodegones y bitácoras con material reciclado, que las posibilidades de crecer están alrededor, que deben creer en su ingenio para transitar un camino correcto después de la etapa escolar.

A partir de marzo, esta profesora seguirá turnándose el ordenador y el celular y uno que otro discurso que convenza a algunos padres de no enviar a sus hijos a trabajar, sino a realizar las actividades pendientes. Espera, también, ayudar otra vez a cernir la caña de azúcar y, así, acercarse a las madres de familia, como lo hacía en Jililí. O, quizá, a cosechar yuca, como lo hacía en Portachuelo de Yanta. Ser maestra de zona rural la ha sumergido en un mundo que, a veces, se ve reducido ante los ojos de la urbe.

Mariela y sus alumnos de Jililí.