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Jair Villacrez

#Perfil

Como muchos de sus compatriotas, Marko Antonio Ordaz Gonzalez, de 27 años, salió de su natal Venezuela debido a la crisis humanitaria que atraviesa el país. Llegó a Lima con la ilusión de tener una mejor vida, ser libre y seguir creciendo. Pero, una vez en Perú, se dio contra la pared, al encontrarse con un panorama desolador, y que no tiene que ver necesariamente con la crisis originada por la pandemia. Marko debe enfrentar un triple estigma social: ser pobre, ser venezolano y ser hombre trans. «Bueno, pues, te ganaste la lotería de la discriminación», se dice a sí mismo resignado.

Marko, caraqueño de nacimiento, llegó a Perú casi por casualidad. Un amigo suyo le pidió que viajara a Lima acompañando a su esposa e hijo. Le ofreció pagarle el pasaje y un lugar para dormir. Así que aceptó. Dejó todo: su familia, trabajo y universidad, donde había estado estudiando cine, su segunda carrera, tras concluir publicidad y mercadeo.

Ya en territorio peruano conoció a Lucía, una joven peruana con quien ya lleva dos años de relación. Lo que, aparentemente, sería una «bonita historia de amor», al estilo de Hotel Transilvania —bromea—, fue el inicio de una serie de desdichas, pues la familia de su pareja no la aceptó desde el inicio. Inclusive, tuvo que enfrentar el hecho de que su enamorada fuera echada de su casa, a causa de la relación que tenía. Y a eso se suma el hostigamiento que ambos han sufrido con el fin de obligarles a terminar.

Voces y rostros

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Marko dice que es consciente de que la sociedad peruana es muy discriminatoria. A pesar de ello, dice que ha tenido que asimilar el tema de la xenofobia, pero lo que aún le resulta inconcebible es la transfobia. «Eso afecta directamente mi relación y el núcleo familiar de Lucía. A ella la juzgan por estar conmigo, porque soy un “hombre sin genes”. Y nos ha afectado sobre todo al momento de buscar empleo, solo por no tener todo lo que tiene un hombre».

A pesar de tener todos sus papeles en regla, no ha tenido la suerte de encontrar empleos acordes a su profesión, publicista. Por eso, ha postulado a puestos relacionados con servicios y atención al cliente: bares, cafeterías y restaurantes. Cuenta que, en varias oportunidades, le han rebotado su CV, y en otras, cuando logró pasar ese filtro, fue rechazado justo después de llegar a la entrevista. Dice que, en algunas ocasiones, también han sido muy directos y le han dicho de manera expresa que ese es el motivo por el que no le pueden contratar, mientras que en otras han sido sutiles. «En un restaurante, una señora dijo: “Por su imagen, no podemos dejar que trabaje aquí”. Y yo había ido decente: con camisa, zapatos, pantalón; no era muy distinta del resto ahí».

Marko y Lucía, con su pequeño niño.

También hubo una circunstancia en que le dijeron que tal vez ese no era el tipo de trabajo para él. «Eso me lo han dicho un montón de veces. Ya no sé cuál es mi lugar definitivamente. Parece que no hay empresa donde yo encaje. Tengo que ser femenina o tengo que operarme por completo para parecer exactamente un hombre, como ellos quieren».

Hubo una ocasión en la que sí aceptaron darle un empleo, sin importar su identidad y expresión de género. Pero fue echado al poco tiempo. Marko dice que se debió a que se ausentó un día por enfermedad y, a pesar de haberse ofrecido a llevar el certificado médico, no le dieron la posibilidad de sustentar su falta. «Me llamaron para decirme que debía ir a buscar mi liquidación. Cuando fui, me dieron 30 soles por tres meses que había estado trabajando. Como estaba por recibos por honorarios, no les importó nada.

Sin buscar victimizarse, Marko cuenta lo difícil que ha sido para él tener que lidiar con los prejuicios que hay en Perú, más que por el hecho de ser hombre trans que por ser migrante venezolano. Aunque es consciente de que la sociedad latinoamericana en general tiene todavía estos prejuicios hacia la comunidad trans, siente que en territorio peruano le tratan peor que en Venezuela. Inclusive, cuando va a comprar, muchas veces no le quieren atender o vender ropa.

Dilemas familiares

A Marko le resulta extraño la discriminación que se da en Perú por parte de la propia familia. Él ha recibido amenazas de la familia de su pareja para que termine con ella. «Me han hecho un desorden afuera de mi trabajo, han esperado que yo llegue para formarme un ‘problemón’, porque ellos necesitaban que yo me separara de su hija, porque sino iban a mandar una queja a Migraciones para que me deporten.

Una vez tuvo que intervenir Serenazgo y la Policía, porque el padre de Lucía estaba alterado. «Esto es algo que me ha chocado un montón, porque son mis suegros y seguirán siendo mis suegros. Me da miedo, porque yo ahorita vivo cerca de ellos, y a quién no le va a dar miedo una persona que es capaz de decirte por mensajes de Facebook: “No sabes con quién te estás metiendo”».

Pese a todo ello, Marko se muestra seguro y decidido a defender su amor y a la familia que ha formado con Lucía, quien tiene un bebé de cuatro años y al cual Marko quiere como hijo. «Ella sí ha sido una persona bastante persistente y fuerte, y nos hemos contagiado de eso y para unirnos mucho más.

Marco, en uno de los trabajos que logró conseguir temporalmente en Lima.

Marko trata de contener sus emociones —con algo de impotencia— por cada episodio de discriminación que ha experimentado. Aun así, sonríe, siempre está alegre, o le pone una cuota de humor a su relato para hacer más llevadero el dolor. Cuenta que la relación con el bebé de su pareja es muy buena y lo quiere como si fuera su propio hijo. Sin embargo, nunca le ha pedido que lo vea como una figura paterna. «Dice que soy su mejor amigo, que él es Bob Esponja y yo, Patricio. Es un niñito recontra pegado a mí. […] Él no me ve como un chico trans. Es más, ni en cuestión de colores, identifica por género, y no porque se le haya enseñado, sino que simplemente ha explorado y ha llegado a conocer eso. Le gusta el rojo y el azul, y también tiene una colchita de Hello Kitty, pero no dice: “Eso es de niña”, sino que él ve un gato».

Marko y Lucía llevan 1 año y 8 meses viviendo juntos, pero recién llevan pocos meses viviendo con el pequeño. Para lograr tenerlo con ellos, tuvieron que pasar por toda una odisea: meses sin ver al niño y, luego, conciliaciones. «Había meses en que a Lucía no le dejaban ver al niño. Íbamos de compras para llevarle comida, pero la familia de Lucía no nos dejaban verlo. No aceptaban las cosas porque no querían que tuviéramos contacto con el niño. Creían que lo íbamos a volver ‘maricón’. Nada más con mi presencia, creían que al niño le iba a salir arcoíris por los ojos. Para mí era frustrante». Para llegar a esta conciliación, recibieron apoyo y asesoría de  la activista y candidata al Congreso Gahela Cari, así como varios colectivos trans.

Volver a migrar

El difícil entorno en que vive Marko lo ha llevado a plantearse migrar nuevamente. Pero, como están las cosas en Venezuela, volver no es una opción, aunque en el fondo quiera regresar por sus padres. Lo que sí es seguro es que quiere irse a otro país, uno donde puedan respetarlo por quien es. «Quiero irme a Uruguay, tal vez. Ahí tengo amigos y sé que hay leyes establecidas que nos cuidan como familia, como personas; y sino, España. Está entre esas dos posibilidades, lo que nos salga más pronto».

No hay día en que Marko no piense en irse. No quiere seguir pasando malos ratos como a los que se enfrenta a diario en Perú. «Luché por salir de Venezuela, pero vengo aquí, con todas las ganas y con todo el amor del mundo, y debo enfrentarme a situaciones así feas».

Marko está seguro de que hay algún lugar en el mundo donde todo esté bien, donde pueda estar a gusto con Lucía y puedan ser aceptados, sin necesidad de sufrir tanto. Sabe que no todo será bonito, pero al menos no será como el infierno que vive en Perú.