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Diego Ato

#Reportaje

Desde la aparición del primer caso de COVID-19 en Perú, miles de médicos concentran sus esfuerzos en atender pacientes que han sido alcanzados por este virus y hacen todo lo posible por salvar sus vidas. Entre ellos, también se encuentran médicos migrantes que, como los peruanos, se han puesto a disposición de servir con esta misma misión.

Estefhany Areyan Gamboa es una médica venezolana que acudió al llamado de unas de las convocatorias que se hicieron en marzo de 2020 para la lucha contra la pandemia. Ella comenzó su trabajo para atender casos de COVID-19 en la Villa Panamericana de EsSalud en Villa el Salvador. “Tenía miedo, pero también emoción de servir. Al inicio, estábamos a ciegas, ya que no conocíamos al virus. Salían infinidades de estudios y el flujo de información sobre el manejo de los pacientes era bien dudoso”, comenta.

Para Estefhany, los primeros 45 días fueron extenuantes, ya que por la falta de personal médico tuvo que trabajar treinta días seguidos. Y cuando le tocó salir a descanso, dio positivo por COVID-19. Estuvo quince días aislada y, aunque estuvo asintomática, fue una experiencia estresante para ella. Según el portal del Colegio Médico del Perú, al 27 de abril son 13 073 médicos que a la fecha se han contagiado y 436 profesionales que han fallecido por este virus.

En la Villa Panamericana también trabaja Yeisson Rivero, otro médico venezolano que desde el inicio de la pandemia se encuentra en esta labor. Los sentimientos frente a la pandemia son positivos y negativos para él. Por un lado, cree en el servir a los demás desde su profesión. Expresa que en 20 o 30 años, seguirá sintiendo orgullo cuando pueda decir que estuvo atendiendo a pacientes en primera línea y que contribuyó a salvar vidas. Eso es lo bueno.

Lo malo es que ya ha pasado un año atendiendo casos y todo ha sido muy agotador para él como para sus compañeros. “Querer hacer todo lo que uno puede, intentar e intentar y que a veces el paciente no responda como tú quieras, es muy frustrante. Es algo que es casi de todos los días. Eso es muy desgastante”.

Según Yeisson, cuando llegó el pico de la primera ola, entre julio y agosto del 2020, a un médico le llegaban en un solo turno de 4 a 5 pacientes que ya estaban muy descompensados. En esos casos no se puede hacer mucho, asegura.

Yeisson Rivero en una de las carpas de atención a pacientes de la Villa Panamericana.

 

Los pacientes siguen llegando

Las cifras de muertes por el coronavirus han sido bastante altas en las últimas fechas. El Ministerio de Salud ha informado que el pasado viernes 23 fueron 428 los fallecidos por COVID-19, luego la cifra bajó a 289 el 25 de abril y el día siguiente volvió a subir a 403. A la fecha, la suma total es de 60 416 personas, lo que representa el 1.93% de muertes del mundo por este virus, según las cifras oficiales recogidas por el Center for Systems Science and Engineering (CSSE) de la Universidad Johns Hopkins (JHU).

Para Yeisson, en este panorama, es más el cansancio emocional que el físico. “Es frustrante que uno tiene tantos pacientes, uno se desvela en horarios largos, uno lucha, lucha y lucha, y siguen apareciendo más personas contagiadas”. Aún así, para él hay tiempos de reflexión, de pensar qué es lo importante y que estar vivo es un milagro.

Yeisson cuenta que, en los pacientes que llegan a cumplir aislamiento, observa la ansiedad, la angustia y el miedo. Él, como otros médicos, intenta manejar esta situación explicando que no todo el tiene COVID va a estar mal, ya que el porcentaje que le afecta de manera más agresiva sigue siendo minoritario. Para los pacientes que necesitan oxígeno, la situación no es tan optimista.

Voces y rostros

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“Hay  casos muy dramáticos de personas que llegan y te cuentan que ya han perdido como a tres o cuatro familiares. Entonces, no sabes qué decirle, ni cómo ayudarlo, puedes tocarle la mano… Uno se queda sin respuesta. El 14 de febrero, por ejemplo, muchas vidas se perdieron, muchas parejas de personas murieron”, dice Yeisson.

No es sencillo, coincide Estefhany. Ellos reciben a un paciente estable un día y ven que su salud se va deteriorando en el corto tiempo. A los tres o cuatro días a veces ya están agonizando. Ella no cree en las ideas de que un médico debe ser frío, sino en que la relación estrecha de médico y paciente, y que esta permite, incluso, hacer un mejor diagnóstico.

No es sencillo porque no solo deben lidiar con el paciente sino con sus familiares, a quienes, cuando toca, deben decirle que el paciente va en malas condiciones. “Cuando lo idóneo es que, por ejemplo, la persona deba ser referida a un centro de mayor complejidad, pero no es posible porque no hay suficientes camas, ellos nos dicen cosas como: ‘Entonces, ¿solo debo esperar? ¿Qué debo hacer? No entiendo qué debo hacer’”.

Los familiares, muchas veces, se quejan y se molestan con ellos, los médicos. Cuando el paciente fallece, les preguntan por qué no se consiguió la cama y les cuestionan si realmente hicieron lo suficiente por su vida. Yeisson y Estefhany coinciden en que es totalmente comprensible y que deben ser empáticos.

“Los pacientes están aislados de sus familiares y a ellos les genera más incertidumbre. También hay familiares muy agradecidos y que te dicen que saben que están haciendo todo lo posible”, dice Estefhany. “Para ellos, uno es el sistema de salud, todas las quejas van contra ti. Es aceptable. No me gusta que me reclamen si no es mi culpa, pero es cuestión de ponerse en el lugar de ellos”, comenta Yeisson.

Estefhany Arayan con una colega y un paciente dado de alta.

 

La historia se repite

El padre de Yeisson es peruano. Él, como muchos otros compatriotas, tuvo que dejar el Perú en la década de los 80, cuando el Perú se encontraba en plena crisis económica en el primer gobierno de Alan García.  “Él terminó en Venezuela. Tuvo 30 años ahí e hizo su familia. Ahora, por la situación de Venezuela, nosotros dos nos regresamos. Tengo varios colegas que tienen una situación similar a la mía”.

Cuenta que su madre, quien es venezolana, aún no ha podido emigrar, pero que piensa traerla pronto al Perú. Por el tema de la pandemia, este plan se ha postergado, pero sigue pendiente.

Al llegar a Perú, en febrero de 2019, Yeisson tuvo que hacer todos sus trámites y convalidaciones de estudios. “Creo que se me hizo fácil porque mi familia es peruana, pero son varios pasos. Sé que hay colegas que han hecho su trámite de año y medio”. a Estefhany le tardo un poco más de diez meses.

Según Marta Castro, coordinadora de investigación de Equilibrium CenDE*, organización que realiza estudios sobre los profesionales migrantes en Perú y la convalidación de títulos profesionales, el tiempo y el costo del proceso de homologación de estudios para los migrantes se ha reducido a la mitad desde el 2019. Sin embargo, agrega que, para personas que llegan como desplazadas y de contextos de crisis —como las venezolanas— se les hace complejo contar con los documentos requeridos. “En el caso de la SUNEDU, piden documentos apostillados y legalizados y conseguir una apostilla en Venezuela se ha vuelto un proceso con muchas irregularidades, costoso y demorado”.

La experta explica que el proceso se ha flexibilizado para profesionales de la salud, tanto para extranjeros como para peruanos. El 3 de agosto de 2020, con casi 5 meses de reportado el primer caso, el gobierno de Martín Vizcarra autorizó la contratación de médicos extranjeros que no estaban colegiados y que no tenían títulos homologados.

Yeisson tuvo la oportunidad de viajar a distintas provincias del Perú para atender casos COVID-19.

Una por otra

Estefhany dejó Venezuela en 2018. Ella recientemente se había graduado de la carrera de Medicina y se encontraba haciendo su servicio rural en su país, lo que equivale en Perú al servicio rural y urbano marginal en salud (SERUMS). Al mismo tiempo, trabajaba en dos clínicas. “Prácticamente estaba trabajando de lunes a lunes por siete meses y ni con tres sueldos me alcanzaba para mis necesidades básicas”.

Estefhany y su hermana, quien aún se encontraba estudiando en la universidad, decidieron emigrar. Lo hicieron tanto porque la economía no les rendía lo suficiente como por la inseguridad ciudadana que se vive en Venezuela. Estefhany vendió su carro para poder dejar su país. Inicialmente, su idea era irse a Chile, pero tuvieron que reconsiderarlo porque no contaban con los recursos suficientes para llegar. Fue en ese momento cuando miraron a Perú como su nuevo destino, por ser más económico para trasladarse y para vivir.

Ahora, desde este país, piensa mucho en sus abuelos, quienes la criaron y se quedaron en Venezuela. “Estoy todos los días con un susto de que se vayan a contagiar. Es un temor constante. Soy una profesional de la salud, pero si les pasa algo no podré ayudarlos o socorrerlos desde aquí”.

El temor la detiene, sino todo lo contrario. Ella trata de ver el lado positivo. Utiliza esta preocupación para impulsarse a trabajar y servir a los pacientes con más pasión. “Le pido a Dios que el servicio que estoy haciendo aquí, proteja a mis familiares allá”.

Esthefany y de fondo la Villa Panamericana, donde atiende a sus pacientes.

*Equilibrium CenDE realiza estudios sobre los profesionales migrantes en Perú y la convalidación de títulos profesionales con el apoyo de la Unión Europea y la Cooperación Alemana, implementada por la GIZ en Perú.