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¿Cuántos años lleva Perú siendo una verdadera democracia? ¿Hacia dónde se dirige en este bicentenario republicano? Para poder explicar esto, Alfredo Torres propone un repaso de los últimos cuarenta años en la historia política del país. En su reciente libro, Elecciones y decepciones (Editorial Planeta), analiza el «Perú democrático», pero también al protagonista de este proceso: el electorado. En esta entrevista exclusiva con Página en blanco, el presidente ejecutivo de Ipsos Perú habla de estas cuestiones y también del panorama político en este 2021. Esto a pocos meses de realizarse nuevas elecciones generales, en medio de una pandemia que ha llevado a Perú a una de sus más profundas crisis y, además, a pasos de celebrar 200 años de independencia.

El Bicentenario nos ha encontrado con un complejo proceso electoral y una triple crisis, que pone a prueba nuestra democracia, pues podría dispararse la «apatía política». ¿Qué tan arraigada está la cultura democrática en el país?

No está muy arraigada. La República cumple 200 años, pero la democracia, como el proceso en el que la mayoría de ciudadanos vota libremente para elegir a sus gobernantes, tiene cuarenta años. Pero, incluso, en este período democrático iniciado en 1980, desde el fin del gobierno militar, hemos tenido también sobresaltos, autogolpes, intentos de reelección. No ha sido un proceso muy fluido. Además, hemos tenido lo que llamo «decepciones»: la mayoría de los gobernantes de los últimos cuarenta años ha incurrido, como hemos sabido después, en actos de corrupción, abuso de poder, y eso ha generado una gran frustración y malestar que se refleja en la actitud del electorado frente a los partidos políticos. Los ha abandonado. El elector está en búsqueda de algo nuevo o diferente, pero tampoco encuentra nuevas opciones de mayor atractivo, cayendo en la apatía y el desinterés en la campaña electoral, porque no ve una opción que lo haga recuperar la confianza en los políticos y la democracia.

Un capítulo del libro habla de los temas de cada campaña electoral, en particular sobre la percepción del elector respecto de los problemas nacionales. ¿Qué problemas encara nuestra democracia y  cuáles está postergando?

Los problemas que más menciona la ciudadanía suelen ser la seguridad ciudadana, la corrupción y la economía, por la crisis actual; y, ahora más que antes, la salud, que era un poco ignorada en las campañas electorales. Esos son los temas sobre los cuales esta girando la campaña, pero tampoco vemos una oferta muy sólida y coherente en estos aspectos. En el campo de la seguridad ciudadana, las propuestas más simples son la mano dura, y eso tampoco es una solución aquí ni en ninguna parte. Vemos un problema de oferta en el que los candidatos no logran despertar a la ciudadanía con planteamientos suficientemente atractivos o sólidos para resolver los problemas que más le preocupan. Hay varios problemas que la mayoría de la población no está valorando y que podrían ser materia de que un candidato los tome con propuestas inteligentes para resolverlos.

Otro capítulo habla de los prejuicios y el antivoto en el elector. ¿El peruano ha construido su identidad política desde el rechazo a quien no es afín a sus ideas?

Hay algo de eso de todas maneras. Históricamente está comprobado que alguien que ha sido alcalde de Lima no ha ganado una elección presidencial. Hemos tenido cinco exalcaldes que, en distintas épocas, han postulado: Andrade, Castañeda, Belmont, Villarán, Bedoya Reyes o Barrantes Lingán. Alguno de ellos, alcaldes exitosos, como es el caso de Bedoya o Andrade, pero no han tenido éxito en una elección presidencial porque, para el votante que vive fuera de Lima, hay un cierto sentimiento antilimeño que hace que se construya una identidad en la cual no se vota por un candidato identificado con la élite limeña. Pero más serio es la construcción del antivoto en rechazo a políticos. Este es el caso de los Fujimori, que ha generado un sentimiento antifujimorista muy grande y que mueve políticamente a mucha gente. Y también ha sido el caso del APRA, con Alan García: el antiaprismo es un sentimiento mucho más grande que el aprismo. Estos sentimientos «antis» marcan mucho las decisiones. Mucha gente no sabe por quién votar, pero sí sabe por quién no votar. Esa es la limitación que ahora enfrenta, por ejemplo, Keiko Fujimori en una eventual segunda vuelta. Si ella llegase a una segunda vuelta, su destino sería, probablemente, muy similar o más grave que el de hacía cinco años, en el que perdió la segunda vuelta con un altísimo voto de rechazo.

Usted propone al lector una nueva forma de verse a sí mismo políticamente, mediante el test TOPES. ¿En qué consiste este test y cuáles son sus variables?

El test está diseñado y pensado en América Latina para ir tras la búsqueda de una lectura más completa de nuestra forma de pensar. Tradicionalmente se ha hablado de la división entre izquierda y derecha, que pudo haber tenido vigencia durante el siglo XX, pero que ha perdido todo sentido porque ahora que ya no existe esa polarización entre el comunismo y occidente. En el Perú todavía seguimos hablando en esos términos, pero en realidad cuando usamos esos términos nos estamos refiriendo a un eje que es el económico, la gente que cree en la empresa privada y en la economía de mercado está a la derecha y quienes creen en un estado fuerte, interventor o controlista serían de izquierda. Sin embargo, lo que sostengo en el libro —y por eso diseñé este test— es porque hay, por lo menos, tres ejes en el que nos movemos ideológicamente. Un eje es el político, en el cual hay gente que es más autoritaria, mientras que otros son más democráticos. Hay gente que cree en la mano dura, a diferencia de quienes consideran que los presidentes deben ser más concertadores. En el tema de la libertad de prensa, hay quienes creen que el Estado debe controlar los medios, mientras que otros creen muy importante respetar la libertad de información y opinión. Y así hay otras variables que generan polarización, como el eje social, cuya diferencia fundamental está entre liberales y conservadores. En temas como el matrimonio gay, el aborto, el consumo de la marihuana e, incluso, la actitud hacia los inmigrantes, los liberales tienden a tener posturas más favorables, mientras que los conservadores, ciertamente, están en contra. Entonces, esta forma de analizar la sociedad nos permite ver que los candidatos políticos y sus propuestas atraviesan estos tres ejes (el económico, el político y el social), así como nosotros como ciudadanos tenemos inclinaciones hacia uno u otro lado en esos ejes.

Una pregunta del test evalúa la posibilidad de que el Estado vulnere los derechos individuales cuando la seguridad de todos está en peligro. ¿Los peruanos estamos dispuestos a aceptar dicha vulneración sin ningún tipo de objeción?

Lo que ocurre en el Perú es que aquí hay una gran informalidad. Es una actitud muy antigua en la cual la ley se acata, pero no se cumple, y eso funciona como una válvula de escape. Supuestamente estamos en una cuarentena, pero vemos que mucha gente sale a las calles a trabajar, comprar o a pasear. Entonces, esas válvulas de escape hacen que, si bien aceptamos la idea de que hay que restringir las libertades individuales por razones de seguridad, no haya rigidez absoluta, como cuando estalló la pandemia en Wuhan, en donde la gente estaba absolutamente prohibida de salir de sus casas. En la cultura asiática, el control social del Estado sobre las libertades individuales es mucho más fuerte. En nuestro caso, sabemos que es más flexible, por eso es que no hay tanta resistencia a este tipo de posiciones.

En Elecciones y decepciones (Editorial Planeta), Alfredo Torres analiza la democracia en Perú durante los últimos 40 años.

 

Si bien ha habido elecciones durante esta pandemia, como en Bolivia o Ecuador, la campaña electoral no despega por la nueva cuarentena. ¿Cómo sobrellevan los candidatos estas restricciones para llegar al votante? ¿La franja electoral tiene vigencia todavía?

Sin duda va a ser una campaña muy corta. La pandemia restringe la capacidad de hacer marchas, mítines o manifestaciones publicas, en parte, porque la gente esta más preocupada por su salud, la de sus familiares y su sobrevivencia en general que por la campaña política. [La gente] Está más preocupada por el corto plazo que por el mediano plazo, por eso va a ser una campaña corta. También porque las reglas de juego han cambiado. En otras épocas, los candidatos podían hacer propaganda en radio y televisión; hoy no lo pueden hacer, pero tenemos unas redes sociales mucho más extendidas y que pueden llegar a casi todos. La campaña va a empezar a animarse en la segunda mitad de febrero, porque ya empieza a producirse movimiento entre los candidatos. Hemos tenido, durante muchos meses, una campaña en la que no había mayores cambios. En cuanto empiece a haber movimientos, como que alguien que empezó atrás pase adelante, ese tipo de cosas van a dinamizar la campaña en las próximas semanas.

La campaña congresal suele ser accesoria a la presidencial, pero ahora está candidateando el expresidente Martín Vizcarra. ¿Su controvertida figura ha permitido enfocarnos en esta elección o, todo lo contrario, en rechazarla?

El poco interés que hay en la campaña está en la elección presidencial. En la elección parlamentaria está el elemento de arrastre que tienen los candidatos presidenciales. También está el hecho de que hay marcas más fuertes y reconocidas que las marcas nuevas. Las marcas nuevas tienen un problema, porque el electorado sabe que Forsyth o De Soto son candidatos, pero mucha gente no sabe el partido por el que están compitiendo y, por lo tanto, el voto de estos partidos podría ser menor que el de sus candidatos presidenciales por un tema de reconocimiento. Estos partidos tienen que hacer el esfuerzo para que la gente reconozca sus logos o marcas, evitando que se confundan y terminen votando por otro.

El caso de Vizcarra es especial, porque ha sido presidente, siendo popular en su momento, pero también porque estamos viendo escándalos sobre su gestión que pueden llevarlo al desplome de su apoyo popular. Este descubrimiento de que él y su esposa se vacunaron subrepticiamente cuando estas vacunas eran para hacer pruebas, al mismo tiempo que no se avanzó con la compra de las vacunas y que recién han podido ser traídas al país por el gobierno de Francisco Sagasti, le puede costar bastante en imagen a Vizcarra y, en particular, al partido por el que postula.

Julio Guzmán y el Partido Morado marcaron distancia del gobierno de Sagasti desde su investidura. Ahora que ha empezado la vacunación contra la COVID-19 en el país, así como la compra de suficientes vacunas. ¿No ha sido contraproducente esta postura de Guzmán?

Yo pensaría que el distanciamiento no ha sido creíble en ningún momento, porque no ha habido ninguna posición de crítica de Guzmán hacia Sagasti o nada por el estilo. Entonces, es muy difícil de desvincularse, pero, por otro lado, también creo que el elector es muy personalista en el voto, no es muy partidario. Si votan o no votan por Guzmán no es por culpa de Sagasti o del PM, es porque Guzmán resulta más o menos atractivo. Si él está perdiendo puntos no creo que sea por Sagasti, sino porque él no está haciendo una campaña que enganche con la población.

Ante un quinquenio en el que el sistema político ha terminado de implosionar, ¿cuáles son sus perspectivas del recambio generacional en la política? ¿Qué opinión le merece la llamada “Generación del Bicentenario”? ¿Es el bicentenario el fin de un ciclo político en el Perú? 

Ojalá lo sea, porque lo que está claro es que los líderes políticos de los últimos 20 o 30 años nos han decepcionado. Y la gente no quiere votar por ellos, no solo los que fueron presidentes, sino también excongresistas o quienes han candidateado más de una vez a la presidencia y que ya la gente no quiere volver a votar por ellos. El problema es que todavía no se ve ese recambio. La generación bicentenario es un bonito nombre, pero no tiene todavía una configuración muy armada. Las protestas que tuvimos en noviembre contra el Congreso sí tuvieron un elemento de creatividad en la juventud que participó en las movilizaciones, las cuales tuvieron una participación muy amplia, no solo juvenil, pero que después se ha esfumado. Hay algunos jóvenes candidatos en algunos partidos y ojalá sean elegidos para empezar a ver el germen de la renovación que todos estamos buscando.

Empieza a aparecer una generación de treintones y cuarentones dispuestos a disputarle el poder a los mayores de cincuenta o sesenta años… 

Sí. Esperemos que esto traiga nuevas formas de hacer política porque la demagogia y el populismo que hemos visto en este último Congreso, con algunos rostros relativamente nuevos, no ha sido mejor de lo que hemos tenido en el pasado; al contrario, ha sido peor. Es importante salir de lo viejo, pero es para ir hacia algo mejor y no para actitudes políticas que son, incluso, son más lamentables que las que ya teníamos antes.

Los invitamos a escuchar la entrevista completa a Alfredo Torres: