Quiero compartirlo en mis redes:
Share on Facebook
Facebook
Share on LinkedIn
Linkedin
Tweet about this on Twitter
Twitter
Pin on Pinterest
Pinterest
Email this to someone
email
Camila Vera
Últimas entradas de Camila Vera (ver todo)

La pandemia ha reconfigurado las agendas propias y las gubernamentales, pero no ha anulado las festividades del calendario. A vísperas de la navidad, la población continúa buscando maneras para cuidar la distancia y, a la vez, mantener cerca los corazones de las familias.

Este 2020 ha alterado incluso la percepción acerca de los villancicos: “Los niños del Perú alegres cantando van al portal de Belén, que ha nacido el niño Jesús”. ¿A dónde? No, no pueden moverse de casa… “Al niño Dios le llevamos un ponchito de color, un chullito muy serrano, zapatitos de algodón”. ¿Llevar? ¡No! Envía un delivery.

Página en blanco reúne los testimonios de cinco peruanos cuyas fiestas navideñas tienen ahora un matiz pandémico: además de la mascarilla y el alcohol, hay también una creatividad para que las tradiciones superen los horarios y los trechos, porque “él nació en Belén, muy lejos de aquí, pero aquí en mi tierra al niño Dios vamos adorar”.

La primera navidad fuera de casa

Mario junto a su abuela Pina, su hermano Coco Peña y sus sobrinos en la Navidad de 2018.

Mario Peña Landivar pasó su cumpleaños número 28 en el hotel Dazzler (San Isidro, Lima). No se trataba de una reservación con fines festivos, era más bien una cuarentena en soledad luego de que resultara infectado de covid-19. El 23 de mayo figuró como un día más de los 55 que el ingeniero civil permaneció “sin ver a nadie, sin recibir un abrazo ni un apretón de manos”, comenta.

[bg_collapse view=»link» color=»#0a0a0a» icon=»eye» expand_text=»Seguir leyendo este contenido» ]

La razón que movilizó a un piurano a una ciudad que no era la suya, cuatro días antes de que el país fuera sometido a cuarentena, fue un contrato en un proyecto del complejo minero Antamina (Ancash). “Los últimos días en el hotel llegué a llorar. Ya no manejaba tanta soledad”, confiesa Mario, quien además vivirá una experiencia similar durante el tiempo navideño: “No voy a pasar fiestas con mi familia”.

Él retomará sus labores después de haber aprovechado con sus parientes una temporada en una casa de playa. “Para evitar contagios, en la mina se realiza una pequeña cuarentena de tres a cuatro días”, comenta. Esos días son 24, 25 y 26.

Se trata de la primera navidad lejos de los suyos. Extrañará la visita a la casa de su abuela Agripina, a quien suele llamar “Pina”, y las risas con sus padres, sus cinco hermanos y sus cinco sobrinos. La preparación es tradicional: hay quienes colaboran con la cena navideña y hay quienes se encargan de los regalos, Mario es uno de los últimos. Su dedicación ocasiona no solo la sorpresa de su familia, sino también representa una posibilidad adecuada para decir un te quiero. “Voy a extrañar eso. Puede ser que me llene de valor y lo diga sin tener la excusa de la Nochebuena”, señala. “Mi mamá suele hacer un brindis –o un pequeño monólogo– bastante emotivo respecto a sus hijos. Esta navidad no lo voy a tener”. Mario comprende que la pandemia ha reconfigurado su dinámica laboral –tres días en el hotel, dos semanas en mina y diez días libres– y también la percepción acerca de cada regreso al hogar: “Es un sentimiento de bastante ansiedad. Cuando vine en julio yo había hablado con mis padres: ‘he venido porque siento que puede ser la última vez que los vea’. Felizmente no fue así. Y debo decir que soy bastante afortunado. El único contagiado de covid he sido yo”.

Ya ha perdido la cuenta de las pruebas moleculares, 12 o 13 quizá. “Nunca me llego a acostumbrar. Es igual de incómodo que la primera vez”, asegura. Así como tampoco podrá acostumbrarse por completo a los 4600 metros de altura ni a la idea de que en Navidad y Año Nuevo mirará desde una ventana de hotel el flujo de una población que atraviesa la segunda ola de contagio: “Lo más interesante que sucedió la vez pasada fue un choque ahí afuera”, narra Mario.

La abuela Pina y sus hijos. Fuente: Mario Peña.

La mística de diciembre

En la navidad de 2019, los nietos de José Luis participaron en un úmero artístico de una comunidad cristiana.

Cada 25 de diciembre, José Luis Cano Collazos visitaba a los suyos y recorría las iglesias del centro de Lima. Pero este año ha decidido permanecer en casa y contemplar por mayor tiempo el nacimiento que también acompañó las navidades de sus padres: “Lo he visto desde que tenía cinco o seis años, que yo recuerde…”, afirma. Por lo pronto, el niño Jesús de esta colección está a la espera de que Rafito, el nieto menor, lo coloque en el pesebre durante la Nochebuena.

Esta cercanía familiar no solo se evidencia en casa, hay una virtualidad que ha caracterizado al año pandémico y que también ha servido como excusa para generar un hábito: “Gracias a Zoom podemos reunir a la familia que está en Estados Unidos, también en Japón. Hemos podido conectarnos todos los domingos a partir de las cinco de la tarde”, comenta José Luis luego de tocar el rondín para mostrarme que ya está preparando el número navideño que su familia presentará en la actividad familiar, una congregación virtual cuyo ánimo seguro escapa de las pantallas.

José Luis es profesor de Ciencia y Tecnología, tiene 58 años y desde hace 28 ejerce su profesión, pero ningún año había resultado tan duro como este 2020: “Es una carrera muy comprometida”, confiesa. Los desafíos se han hecho notar no solo en la dinámica de trabajo, sino también en el entorno social, cuando se enteró de que cuatro compañeros –un auxiliar de laboratorio, dos personas de limpieza y un profesor– habían fallecido a causa del covid-19. El soporte emocional que la institución donde labora le brindó a cada trabajador no es capaz de borrar el pesar.

Pero la tristeza tanto como la bondad ocupan el panorama de los hogares que entienden la importancia de ayudar: conmovida por una foto en Facebook, la familia Cano Collazos decidió adoptar a Rocky, un perrito callejero que había sido rescatado por una asociación. Ahora Mathias, el nieto mayor, se encarga de pasear a Rocky; lo acompaña José Luis, a quien sus nietos le llaman Papá Toto.

La nueva mascota se ha convertido, así, en un motivo para olvidar al menos durante unos minutos que el mundo padece los estragos de un virus y que el encierro es una de las pocas medidas que está en las manos de la población. “La fiesta la vamos a seguir, pero a través de la pantalla”, afirma José Luis.

Mathias junto a Rocky, el nuevo miembro de la familia. Fuente: José Luis.

La fiesta y la pantalla

Parte de la familia Hernández presenta un número navideño. Fuente: Carlos Hernández Mesta.

Carlos Hernández Mesta es un chiclayano de 26 años que alguna vez estuvo a punto de quedarse varado en Lima durante la navidad. Hace dos años, una confusión en el horario lo obligó a viajar a Trujillo para después movilizarse con menor embrollo a su ciudad: “Llegué a mi casa como Papá Noel, a las 12”, afirma el comunicador.

Cuando se reactivaron los viajes interprovinciales, Carlos decidió regresar a su hogar. Su trabajo remoto en RIMAC Seguros le ha permitido compartir con su familia, y de manera especial, este último mes del año, porque “la navidad no solamente es el día, la navidad es todo diciembre”, explica. Él ha saboreado esta mística después de muchos calendarios: “Un poco encerrados, pero no creo que haga mucha diferencia”.

La preparación navideña comprende una elección particular para decorar el árbol: “No puede ser el mismo árbol todos los años”, comenta Carlos. Esta vez, por ejemplo, habrá adornos con el nombre de cada miembro de la familia. Además, su madre desea que haya una chimenea. ¿Cuál es la salida? Carlos dice que en la televisión programará fuego virtual.

Pero el espíritu navideño no se instala únicamente en casa. Junto con su familia paterna y ya hace siete años, el chiclayano realiza chocolatadas para los niños de 9 de octubre, una zona de carencias pero también de mucha bondad. Este año la pandemia no anula la intención de ayudar: “Este año no se va a poder, así que estamos haciendo canastas con productos de primera necesidad. Es otra mística poder distribuir. […] Si faltan los abuelos o faltan los padres, tratar de continuar con la tradición. Que esto perdure pese a que falte quien falte”.

Son alrededor de 50 integrantes quienes se organizan para esta labor social y también, en este 2020, para presentar un festival de villancicos a través de Zoom. Asimismo, la familia materna de Carlos ha planificado un bingo virtual. “La virtualidad no nos deja excusas; estas iniciativas vienen de los más chicos, que de alguna manera tratan de unirnos a todos”, afirma.

Fuente: Carlos Hernández.
Fuente: Carlos Hernández.

“Son gérmenes”

La familia de Enrique Mora en la Navidad de 2019.

Enrique Mora Mendocilla me enseña a través de Zoom el frontis desolado de la Universidad Privada Antenor Orrego (UPAO), Trujillo. Lo hace desde las instalaciones de Imprecopys, la librería familiar que solía estar llena de estudiantes y que ahora recibe solo algunas visitas espontáneas. El también arquitecto asegura que el 2020 ha representado un golpe duro para los peruanos, los negocios no han sido la excepción.

Pero el espíritu navideño está cerca y Enrique sabe que además del ámbito laboral existe un ámbito familiar capaz de despertar el entusiasmo incluso en un año pandémico. La tradición empieza con el árbol y su hermano Fabricio, el más pequeño del hogar, es el más ansioso. “Ya llega navidad, ya llega Papá Noel, ya llegan los primos”, exclama constantemente. Las expectativas del niño de tres años son altas, pero los cuidados con respecto al covid-19 lo son más. “Le hemos explicado. Como está llevando clases virtuales, él entiende que son gérmenes, no se imagina que es una enfermedad letal”, indica Enrique.

En esta festividad, la familia del trujillano acostumbraba reunirse para acompañar a la matriarca –Magdalena Victoria Fernández–, cenar, tomar un vino, charlar y encender luces de bengala. Pero este año “hemos decidido que cada familia la pase en su casa. En esta ocasión solo estaremos mi mami, mi hermanito y mi abuela”, detalla Enrique.

La calidez de una ciudad

Gina Garavito junto a su madre María Elena Talledo y su hermano Sergio Garavito.

Gina Garavito Talledo llegó a Piura el 22 de diciembre. Su trabajo como comunicadora audiovisual en la capital le permite someterse constantemente a pruebas covid. Hasta ahora no ha habido infección de por medio, solo mucha nostalgia porque el cuarto en el que vive no se iguala al ambiente familiar que comparte con su abue –como ella le llama–, sus padres, su hermano, sus tíos y su primo.

Ha vuelto a sentir una dosis de esa calidez al arribar, pero solo un poco: “El saludo ha cambiado. Ya no puedo dar un abrazo como esos calurosos. No puedo hacerlo, por cuidar, por amor a esas personas”, afirma la piurana que a sus 25 años relaciona a la navidad con el árbol que su tía solía colocar en casa. “Le encanta decorar la casa, pero este año ha sido tanta la presión que no lo ha hecho. Sí nos ha afectado bastante psicológicamente”, confiesa.

“Yo no soy expresiva, cariñosa con cualquier persona; quizá después de esta pandemia sea más cariñosa. En verdad quiero decirles a las personas que quiero, que las quiero”. Se trata de la enseñanza que Gina ha extraído de un año de cambios y de tradiciones navideñas trastocadas por mascarillas, alcohol y una nueva concepción del cariño: “Debo asegurar primero a los nuestros, a nuestro entorno”, explica.

[/bg_collapse]