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Mientras que para algunos el amor es como un estribillo de Sabina –“Y en mitad de un te quiero me olvidó”–, para otros es un buen coro de Serrat: “Palabras de amor sencillas y tiernas, que echamos al vuelo por primera vez” … O por segunda, o por tercera… Lo cierto es que hoy 14 de febrero urge dejar a un lado los peluches XL, las flores sin aroma y los globos de plástico para, de una vez por todas, ponerse de pie y aplaudir las historias que honran a este sentimiento tan universal como la pandemia.

Después de un año virulento, las relaciones amorosas cargan en su mochila de pruebas superadas bien la distancia o bien la convivencia. En ambos casos, el aprendizaje va por descontado. De ahí que esta pasión se emplee como musa de todas las artes y como eje de todos los tiempos, tanto que del agudo afecto no se salva ni la RAE, quien –como si de persona se tratase– define al amor como el sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser. ¡Ay!

Página en blanco reúne los testimonios de cuatro parejas cuyas búsquedas se mantuvieron exitosas incluso frente a los calendarios sin ritmo. El hilo conductor tiene que ver con una mascarilla, por supuesto, y una buena cuota de paciencia.

“Yo diría mil veces que sí”

Horacio Romero (71) y Rosa Hurtado (69).
Horacio Romero (71) y Rosa Hurtado (69).

Cuando Horacio Romero tenía 22 años se trasladó de “La ciudad del eterno calor”, Piura, a “La ciudad del eterno sol”, Moquegua: debía cumplir su servicio policial en las afueras de un banco. Se trataba de un escenario que le permitió descubrir la presencia de Rosa Hurtado, una aspirante a docente. Mantuvieron dos años de relación y ahora están próximos a cumplir 49 años de casados, tienen cuatro hijos y una vida sin arrepentimientos. “Si me preguntaran si me volvería a casar con él, yo diría mil veces que sí. Mi esposo es lo mejor que tengo en estos momentos, aparte de mis hijos”, revela segura y con la voz alegre.

La llegada de la pandemia fue un susto para la humanidad, pero no para su matrimonio. Ambos ya habían atravesado pruebas mayores, como la vez en que Horacio sufrió un accidente cerebrovascular y Rosa remó el barco hacia adelante. El apoyo se evidencia hasta ahora, cuando después de tres años comparten una rutina en favor de la recuperación del expolicía: caminan y pintan por las mañanas, llenan pupiletras por las tardes. También ven novelas y, de vez en cuando, Rosa baila para amenizar el encierro.

“Que ese pan sea bienvenido con trabajo ha hecho que yo cada día me enamore más de él”, confiesa Rosa. La maestra jubilada trabajó hombro a hombro con Horacio y, además, dio un ejemplo de comprensión a los suyos: “La clave en un matrimonio es la comprensión. Saco mis respuestas en mis hijos, no todos tienen el mismo carácter, pero sí todos tienen una vida bien construida”.

El temor al contagio es historia aparte. La mascarilla y la distancia de dos metros han sido reglas para alguna salida. Muy pocas hasta la fecha, por cierto. “Hay que aceptar con tranquilidad lo que nos está tocando vivir. Las cosas están hechas”, dice Rosa, quien también ha aprovechado este tiempo para engreír a Horacio con algunos de sus platillos favoritos, sobre todo los bajos en grasa: ceviches y sudados.

Ser amigo de la enfermedad, como asegura Rosa, es un logro admirable; pero ser mejor amiga del esposo es signo de éxito, de amor transparente.

“Se tenía que pensar más en el todos que en el yo”

Cuando el Perú fue sometido a cuarentena, Francisco (apelativo) apenas se recuperaba de un 2019 aporreado de actividades académicas y laborales. Tenía 23 años y un trastorno del sueño que le dificultaba respirar: apnea. Además, adecuado como estaba a la planificación, manejaba un horario que incluía tomar clases de chino, hacer ejercicio, avanzar con las lecturas y ver a Claudia (apelativo) solo los fines de semana.

Ellos ya habían experimentado un trato a distancia, cuando Francisco, dos años mayor que su enamorada, tuvo que dejar Trujillo para entregarse a la dinámica universitaria en Lima. Estudiar Derecho en la Católica ocasionó que su responsabilidad se forjara entre textos y prácticas profesionales, de tal manera que, cuando Claudia se mudó también, se mantuvo el respeto por la agenda. Por eso, tras el anuncio de Vizcarra, Francisco no se alarmó: “Más que desde un punto de vista individual, me afectó desde un punto de vista de comunidad. Es un virus desconocido. ¡Se detiene la economía! Perú es un país informal… Más que preocupado por mí o por la gente cercana, me interesaron los temas sociales”.

Fue este interés colectivo el que redujo la necesidad de visitas constantes y aumentó un discernimiento parejo en la mentalidad de Francisco. “Se tenía que pensar más en el todos que en el yo”, afirma. Instalado otra vez en Trujillo, el joven se sumergió en el mundo de las lecturas sobre la realidad nacional. Su alto sentido de compromiso ciudadano le demandaba aconsejar a los suyos: “No te conviertas en una posible amenaza de contagio cuando no tienes necesidad de serlo. Un sol de empatía”.

Sobrellevó, entonces, el tiempo de encierro con visitas esporádicas de Claudia. Visitas cuyo pase de ingreso era el diagnóstico negativo de una prueba COVID-19. Ella viajaba desde Lima y se alojaba en la casa de Francisco por tres o cuatro semanas. Además, ambos avivaban el vínculo especial con uno que otro detalle: postres para ella y hamburguesas para él. Sin contagio, parecía que la tranquilidad estaba asegurada, pero pronto el amor se mezclaría con una comprensión difícil: Claudia empezó a reunirse con unas amigas que no se cuidaban del virus, y este compañerismo cruzó la línea cuando los viajes formaron parte de la idea de diversión, a Máncora para Año Nuevo y a Miami para este tiempo de verano. Ahora Claudia está allá, entre castillos y carruseles, y sus estados de Instagram dan cuenta de cada salida.

El amor por la chica que conoció en una reunión en el 2013, cuando Francisco cursaba su último año de secundaria, no se ha ido, pero el joven prefiere respetar tanto su perspectiva como la de su enamorada: “Nunca la voy a apoyar así sea ella o mi madre quien viaje […]. Qué tan buena es la sociedad depende de que quienes tengan mejores situaciones económicas hagan algo por quienes están peor”, asegura.

Moon river, una de las canciones favoritas de Francisco y Claudia, relata el sentimiento: “There’s such a lot of world to see / We’re after the same rainbow’s end, waitin’ ‘round the bend”. “Hay tanto mundo por ver / Estamos detrás del mismo final del arcoíris, esperando a la vuelta de la esquina”. Y esa es la historia de ambos, esperar para salir juntos, cuando el virus ya no aceche.

“Él era un perfil sin foto”

Kevin Saucedo (27) y Juan Hernández (23) al lado de Lito.

Reprimir la aproximación del otro fue uno de los pasos más difíciles tanto para Kevin Saucedo como para Juan Hernández. Se conocieron a través de Grindr, una aplicación de citas para personas homosexuales, bi, trans y queer. “Él era un perfil sin foto y me dio curiosidad. Intercambiamos números de teléfono. Empezamos a hablar el 31 de marzo de 2020, lo recuerdo muy bien. Luego me dio covid y él me estuvo cuidando a través del celular”, comenta Kevin.

Cuando Kevin mejoró, emprendió en la venta de pulpas de fruta congelada. Así que le planteó a Juan la posibilidad de darle a degustar el producto. ¡Sí! Sería el primer encuentro cara a cara. ¿Cuánto duró? Dos minutos. La entrega fue veloz tanto como la vergüenza, pero no continuaría así por mucho. Esta atracción momentánea fue la puerta abierta para que empezaran a frecuentarse. “Era un amor tan a la antigua. Lo recogía en su casa y conversábamos en el parque, comíamos lasaña y fumábamos algunos cigarritos”.

La dinámica de conocimiento hurgaba incluso en el ámbito gastronómico. Kevin le invitó makis y Juan quedó encantado. Por su parte, Juan, de nacionalidad venezolana, le invitó unos dulces de su país y también las populares arepas. Fotos van, fotos vienen, llegó el día en el que la presencia de Juan revolucionó la casa Saucedo Sánchez. Fue una invitación de la matriarca de la familia, quien al principio desconfiaba de las intenciones del novio y que, con el tiempo, pudo notar sus propósitos amables y no solo en el ámbito amoroso, sino también en el profesional: Juan ocuparía un puesto en el negocio familiar.

El desempeño fue sobresaliente y la bienvenida también: pronto el extranjero encontraría en el hogar de Kevin un apoyo ilimitado. Se mudó a la casa familiar y unos meses después, en septiembre, la pareja decidió trasladarse a un espacio propio. “Tú, aparte de ser mi novio, eres mi amigo, eres mi compañero, mi amante…”, le dice Kevin a Juan. Y ambos sonríen, como lo hicieron en los meses de cuarentena, como lo hicieron cuando adoptaron a Lito, un cachorro que encontraron en la carretera Piura-La Unión.

El amor ha ido creciendo y, aunque ambos afirman tener muy clara la lista de defectos del otro –desde dormir una barbaridad hasta ser muy renegón–, siempre hay facetas por conocer, un aspecto que mantiene vivo el interés y que los motiva a entregarse detalles contantemente.

“Nos enamoramos a través de la voz”

Vanessa Tapia (22) y Guillermo Pérez (22).

Una chica va como partner-in-crime de una amiga modelo cuyo perfil había sido contratado para una sesión de fotos en una iglesia cristiana. Ambas, listísimas para posar, tienen que irse antes de que el clic pudiera perpetuar sus rostros: la amiga sufre un accidente con una de las velas de la escena. Parece que el hecho podría quedar como un episodio más –medio jocoso y medio espantoso– de dos ciudadanas de Morelia, México, pero el destino y un par de cámaras hicieron coincidir a Vanessa Tapia Alcauter, la chica, y a Guillermo Pérez Gutiérrez, uno de los fotógrafos, en ese sitio espiritual. Dos años después él no recordaría el percance, pero ella le contaría que al verlo velozmente había pensado “¡Qué bonita cara la de este niño!”.

Esta sincronía fugaz sucedió en el 2018. En enero del 2020 la amiga le muestra a Vanessa la imagen de Guillermo y le comenta que, además de conocer sus datos por alguna sesión anterior, sabe que está soltero. Vanessa se niega a considerar siquiera la posibilidad de hablar con algún chico, los desamores todavía dolían; pero su amiga –por casualidad o por el buen instinto de Cupido– le da follow al Instagram de Memo, como suele ser llamado. El follow back tardó tres horas. No hubo charla hasta marzo, cuando Vanessa contestó una encuesta de “¿Qué foto prefieres?” y Guillermo le envió por mensaje un cuestionario. Todo era parte de una cadena: “Desde ahí la pasamos hablando todo marzo, todo abril… con notas de voz todos los días. Éramos unos amigos a distancia. […] Yo esperaba salir de clase para escuchar sus notas con toda la paciencia del mundo”, comenta la joven.

En mayo casi se le rompe el corazón: Memo, desesperado porque ella no entendía las señales acerca de un interés más allá de lo amical, le dice que había puesto los ojos en una chica. Vanessa decide adoptar, entonces, el papel de consejera. Memo, con la excusa de entregar a domicilio algunos productos de “Maicito”, el nombre de su marca de botana saludable, la visita una, dos veces. Vanessa se niega a aparecer: un día estaba tomando una ducha, al otro estaba escuchando una clase.

Y, claro, en medio de una pandemia, las posibilidades de traslado eran mínimas. Así que Memo decide aprovechar el sí de una visita al porche de la casa Tapia Alcauter y le declara a Vanessa su gusto mientras ambos rozan sus manos por primera vez. “Se sintió mucho como un romance a la vieja usanza, me sentía como en medio de chaperones. Nos conocimos muchísimo en el proceso. […] Esto siguió avanzando por cuatro meses, nos fuimos a un cerro a tomar fotografías, a cafetines a conversar por horas…”, narra la mexicana.

“Nos enamoramos a través de las notas de voz”, asegura ella. Porque, aunque la conexión haya sido profunda y las ganas de encontrarse incluso más, el bicho descarado del covid-19 interrumpía las intenciones de un amor en crecimiento, entonces la salida –o tal vez la vía de encuentro– fue la mensajería por audios. Fiel a su estilo de chica lectora y reflexiva, Vanessa entendió una de las lecciones del Talmud, el texto principal del judaísmo rabínico: “Si no soy yo, ¿entonces quién?; si no es ahora, ¿entonces cuándo?”. Guillermo era el ejemplo que la vida le proponía. “¿Cuántas veces pasamos ansiando cosas solo porque no tenemos el valor de decir quiero esto o te quiero?”, se cuestiona la joven.

La declaración oficial, con flores, fotos y carta, llegó el 26 de octubre en medio de una cena y de un sí que tenía un proceso de análisis tan bonito como el arreglo que Memo le dio a Vanessa: “Qué fuerte la coincidencia, qué fuerte el destino, qué fuerte la vida. […] Yo nunca había entendido este concepto de que tu novio tiene que ser tu mejor amigo, y lo entendí con él. Al final del día podemos recordar lo que nos ha llevado a estar juntos”.

Esta es una historia que lleva años, no solo por la vez en que compartieron espacio en la iglesia cristiana, sino también porque ambos cayeron en cuenta de que en algún partido de básquet de mucho tiempo atrás ella había sido jugadora y él un iniciado que fotografiaba a su equipo. “Es el placer de que el amor se sienta libre. También conocí a través de él la dicha de ser amado por quién eres”, reitera Vanessa, quien además tiene la seguridad de que si alguna vez un malestar los asaltara, habría una frase cuyo valor ambos comprenden: “Esto también pasará”.