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Cada cierto tiempo, nuestro país deja registrado un escándalo a nivel mundial. El último: las cerca de 3200 vacunas que habían sido donadas por el laboratorio chino Sinopharm fueron aprovechadas por altos funcionarios del gobierno de Martín Vizcarra, entre ellos el mismísimo exmandatario. Este destape, que ha ha escandalizado a todo el país, se dio a conocer precisamente en medio de una agresiva ola de la pandemia.

La nueva crisis ha obligado al presidente Francisco Sagasti a expresar su indignación y furia contra los altos funcionarios que se vacunaron en secreto. Su gobierno ha formado una comisión investigadora para conocer quiénes recibieron estas donaciones y las razones, a profundidad, por las que fueron suministradas.

Según las cifras del gobierno, Perú acumula más 43 mil 703 fallecidos por coronavirus, con 1 millón 253 mil casos confirmados y un millón 14 mil personas recuperadas. A eso se suma el sistema de salud saturado, con 14 mil 230 hospitalizados. Sin embargo, nuestro enfoque, una vez más, no son las cifras de la pandemia, ni los muertos, ni las crisis hospitalarias, ni las vacunas que llegan a cuenta gotas, sino la misma corrupción, una característica que pareciera ser una marca de agua de nuestros políticos para el mundo.

Aunque en otros países, los presidentes y funcionarios se han vacunado en público para dar el ejemplo a la población, en el caso peruano las críticas se deben al hecho de que miembros del Gobierno hayan recibido las dosis sin comunicarlo y cuando aún no arrancaba la campaña de vacunación de manera oficial.

Aunque la investigación de esta situación apenas inicia, es claro que tendrá que haber una sanción contra todos los funcionarios que recibieron la vacuna, una dosis que debió ser dirigida a cientos de médicos y personal en primera línea, quienes batallan día a día con la pandemia. Creemos y tenemos la certeza de que las acciones de sanción deben ser tomadas de inmediato antes las vergonzosas evidencias.

Mientras esto se investigue, debe quedarnos claro algo: no debemos distraernos. La pandemia sigue acechando y acabando con más vidas cada día. Quienes deben investigar, que lo hagan, como corresponde. Pero quienes tengan que seguir trabajando para agilizar la llegada de las vacunas y atender a las poblaciones más vulnerables, enfóquense en hacerlo. El escándalo no puede volver a sesgar el objetivo de avanzar. Aún hay una población esperando con mucha esperanza para vivir, personas que apenas pueden visualizar la vacuna como un pequeño aliciente dentro de tanto ruido deshonroso en nuestro país.