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Sebastian Uribe
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Una reseña de “El sistema del tacto” de Alejandra Costamagna

Anagrama, 2018. 192 pp.

Una buena portada es aquella que se complementa de buena manera con  la lectura del libro. La ilustración de  tapa de “El sistema del tacto” de Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970)  brinda muchas luces sobre el sentido de esta novela : la intervención sobre una foto como símbolo de la modificación de la memoria y el pasado en última instancia. Rearmarlo, reconfigurarlo y sobre todo, reinterpretarlo. Sacar los recuerdos de los moldes fijos en los que parecen guardados, motivados por algún evento trágico y doloroso de la actualidad. Cambiar la historia desde el presente debido a una  nueva lectura de ella.

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De Costamagna sólo había leído algunos cuentos con los que, si bien me parecían correctamente escritos, nunca pude conectar del todo como sí lo he hecho con esta novela en las que los conflictos generacionales de una familia dividida de forma por la cordillera de los Andes  sirven de punto de partida para hurgar en los mecanismos universales de supervivencia y adaptabilidad al entorno social. A Ania, la protagonista, le es imposible relacionarse con la gente, al punto de pensar que es mucho más llevadero convivir con un animal o una planta antes que con un ser humano.  Sin dinero ni estabilidad laboral, lo único que parece quedarle como soporte es su padre, quien le avisa que su tío Agustín,  está agonizando al otro lado de la frontera.  En paralelo, se muestra  la historia de él cuando joven, un ser sin carácter ni facultades que, sacudido por una montaña de pensamientos, busca de manera desesperada de comunicarse y expresarse; dar una señal de estar vivo, llevándolo incluso a límites de obsesión y deseos imposibles.

Conectados por el lazo familiar, la novela muestra cómo estos dos seres distanciados generacional y geográficamente, guardan más similitudes que lo que sus posibilidades físicas aparentan y que serán la condena de la estirpe familia.  “Hay una culpa extraña que se le instala. Como si ella tuviera alguna responsabilidad en la extinción de la familia. (…) Ania, en cambio, no quiere reproducirse en nadie, salvar a nadie. A lo más rescatar una mariposa herida de algún parabrisa”  (pág. 41). La mejor manera de dinamitar un legado es no extenderlo, se entiende. No “salvar” a la familia es el acto contra la sociedad que lo exige y demanda. Las capacidades de reproducción de ella y la de comunicación de él, son puestos en cuestionamiento en todo momento, preguntándose si solo están adheridos al mundo por dichas funcionalidades.

Si Costamagna construye puentes con  el pasado es para exhibir cómo las estructuras familiares/sociales  se han mantenido inalterables en el fondo.  Los distintos elementos que inserta en la novela, como notas mecanografiadas, fragmentos de manuales o fotos, fungen de piezas para recomponer la historia con otra mirada, una más clara, lúcida y aterradora a la distancia. Una narrativa capaz de ser interpretada de manera distinta, con testimonios que mutan y dan la sensación de horror y pánico a la luz del presente, actuando como ciertas aves que “están desarrollando canciones más complejas para evitar que el ruido de la ciudad tape su canto natural” (pág. 144), adaptándose para sobrevivir aún con el peligro de disolverse en el proceso al atentar contra el orden establecido  y transgredirlo. Finalista del premio Herralde, “El sistema del tacto” no va a ser devorada por el tiempo. Sobrevivirá.

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