¿Para qué sirve un escritor?

Félix Francisco Casanova. Fotografía antes de morir de un accidente casero.
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Hace algunos días me hicieron esta pregunta en una entrevista que brindé para un medio de comunicación piurano “¿Para qué servimos?”, resonó silenciosamente en mi cabeza.

Está muy claro que los escritores escribimos por necesidad, porque no concebimos la vida de otra manera ¿Qué llevó a Kafka a escribir toda una vida sin pretender publicar si no es la necesidad? ¿Qué llevó a Ribeyro a rechazar su carrera como abogado por escribir libremente a pesar del hambre y la enfermedad? ¿Qué llevó a Bukowski a una vida de alcoholismo y trabajos esporádicos si no fue la necesidad de escribir?

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Y ni hablar de Pizarnik, quien se suicidó cuando se dio cuenta de que no había vuelta atrás, como Kafka, se había adentrado en la literatura, dejó de entender el mundo real y no hubo vuelta atrás. O como Rimbaud, el chico bello que empezó a morir el día que dejó de escribir, a sus 19 años. Quien no escribe por necesidad no es escritor (un verdadero escritor), no se escribe por vanidad, ni por querer reconocimiento o por apariencias.

Escribir, manifestar, sacar una palabra de los conchos, de lo recóndito, del alma (si es que existe). Parir.

Nudo y Desnudo: Jorge Eduardo Eielson - Caretas Cultura
O cómo dejar de mencionar a Eielson, cuyos poemas están escritos en las calles de Ámsterdam, pero en el Perú poco se ha profundizado en él.

La necesidad como respuesta solo responde por qué y no para qué. La pregunta planteada por aquel joven periodista e historiador hace referencia no solamente a los fines sino también a la ‘utilidad’ y ‘consumo’, dos términos necesarios para comprender el mundo contemporáneo y que posiblemente dejen mal parados a los escritores. Un libro, aparentemente, es menos útil que un automóvil, un smartphone, una laptop o, incluso, una cuenta en Tik Tok o Instagram. Una historia, llámese novela o cuento, no te permite conectarte con otras personas, ni tomarte fotos, ni moverte de un lado al otro, ni mucho menos hacer bailecitos en menos de tres minutos o superponer la voz de Mickey Mouse ¡Ni hablar de la poesía! ¡Qué cosa para más extraña!

Después de una pregunta tan compleja como esta a uno solo le toca sonreír con cierto nerviosismo ¿Para qué sirven los escritores en el mundo de Netflix, Spotify y la inteligencia artificial? Encima, la mayoría de escritores solemos ser seres extraños, extravagantes, vetustos, que nos damos más importancia de la que tenemos y que nos peleamos entre nosotros por cosas a las que a nadie le importa, como la revolución o lo que dijo Sartre. Cuando publicamos un libro nos leemos entre nosotros y algunos lectores que, en un país como el Perú, son una minoría como los afroperuanos y los LGTB, nos criticamos y nos damos duro en artículos en diarios venidos a menos, firmamos manifiestos. Los escritores solemos tener una tendencia innata al alcoholismo, la drogadicción, la depresión y la soledad. Somos intranscendentes como decía Bolaño. Y, por si fuera poco, nuestras ideas caen como un baldazo de agua fría a la mayoría de personas que nos ven como salidos de otros planetas, como seres raritos o alienígenas posmodernos ¿Para qué coño sirve un escritor en el siglo de las pantallas negras?

Pues, los escritores no servimos para mucho. Esa fue mi primera conclusión. Muchos escritores no saben ni entienden cómo funciona el mundo real. Se decía de Pizarnik que no sabía ni freír un huevo. Si nos comparan con abogados, médicos, políticos o bomberos, realmente no servimos. Contamos historias salidas de quién sabe dónde, somos herederos de una tradición literaria (vaya uno a saber qué es eso), solemos ir con libros bajo el brazo y, además, muchas veces tenemos un gusto estético fatal que podría matar a Capote, Wilde o Valdelomar de un infarto. Solo servimos para escribir.

La mitad evanescente', de Brit Bennett, la historia de dos gemelas en un mundo obsesionado con el color de la piel | Vogue España
Brit Bennett, autora de la «La mitad evanescente», una de las mejores novelas del año según The New York Times.

Es decir, para hacer arte y, entre otras cosas, hacer de esta vida un espacio algo más agradable. Los escritores, como trabajadores de la belleza, interpretamos el mundo, lo que existe y lo que no existe y tratamos de transformarlo en algunas palabras que tengan sentido. Este quehacer no puede asimilarse al mero entrenamiento. La literatura no es solo entretenimiento, si así fuera, la batalla estaría ya perdida ante las masivas plataformas de streaming y las redes sociales. La literatura no solo entretiene, también cuestiona, también critica, también se queja, también hace preguntas incómodas, como las preguntas que se hace Britt Bennett en su novela La mitad evanescente sobre la discriminación racial.

“No servimos para nada, solo para hacer de la vida un lugar más agradable, lo que ya es mucho”, respondí al entrevistador que se rio. Hoy le agregaría que, además, sirve para dejar en el aire cuestiones morales que hacen de la vida algo “más consciente”. Quién sabe, a pesar de todo, las mejores series y películas aún se basan en libros.

Portada: Félix Francisco Casanova. Fotografía antes de morir de un accidente casero.