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Era 2012, y el escritor Pedro Novoa, con terno gris y corbata, recibía de manos de Mario Vargas Llosa —literato a quien aspiraba conocer— el galardón del Premio Internacional de Novela Corta Mario Vargas Llosa, por su novela Maestra vida. Cuando estaba en la Marina de Guerra del Perú, nunca imaginó que aquello pasaría.

Por aquel entonces (1992-1997), vestía el uniforme de blanco y vivía sus días con disciplina castrense; era infante de Marina. “Después de haber pertenecido a un colegio violento, me tocó continuar en la armada. Somos la generación de la destrucción, en el sentido en que nuestra generación tenía que estar en el bando de Sendero Luminoso o la milicia”, cuenta. En la Marina, su entrenamiento fue —bajo sus propias palabras— un “sofisticado embrutecimiento” a través de ahogamientos y descargas eléctricas, además de tener que comer pólvora.

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Por una medida disciplinaria, Pedro fue dado de baja en la Marina y pasó a la vida civil. Estudió Lengua y Literatura en la Universidad Nacional Federico Villareal, y es allí donde comenzó su carrera como escritor. Recibió varios galardones importantes: en 2011, el Premio Horacio Zeballos, por su novela Seis metros de soga; en 2012, el Premio Internacional Mario Vargas Llosa, por Maestra vida; en 2014, finalista del Premio COPÉ, por el cuento Un grito flotando al amanecer; ese mismo año, finalista del Premio Herralde, por La sinfonía de la destrucción; en 2015, finalista del Premio COPÉ, por la novela El evangelio de la destrucción; en 2016, el Concurso de las 1000 Palabras, por Inmersión, y en el 2017, el Premio Luces a mejor novela del año. Aquella disciplina castrense se convertía en un aliado en su carrera literaria de la mano de sus principales lecturas: Vargas Llosa, Ribeyro, Reynoso, entre otros.

Novoa, nacido en Huacho, que había vivido en el Rímac y había estudiado en Comas, que provenía de una sociedad violenta — muchas veces olvidada y marginada por la Lima de las revistas—, que no tenía dinero para financiar sus primeras publicaciones, había logrado presentar sus libros en París, Madrid y diversas ciudades alrededor del mundo. Recibió premios y gastó con generosidad, tal como lo cuenta una nota publicada por Perú 21: una vez recibió un premio y gastó la tercera parte del mismo invitando a sus amigos a comer a un chifa.

En julio de 2019, le diagnosticaron COVID-19, cuyo virus que había puesto al mundo en cuarentena. Batalló contra él con ferocidad militar y logró ganarle. Sin embargo, en septiembre del mismo año le diagnosticaron cáncer de colon, enfermedad que ocupa el primer lugar en morbilidad por cáncer a nivel mundial y es el tercer caso de cáncer más común en varones.

Créditos: La República

Este mal lo ha ido consumiendo de una manera rápida y mordaz. A sus 46 años, Novoa ha dejado atrás el cuerpo robusto que le caracterizaba: ha adelgazado, se alimenta intravenosa y tiene problemas para el habla, lo que le ha impedido seguir enseñando en la Universidad Cesar Vallejo. Estuvo hace poco internado en el Hospital Rebagliati, pero, a pesar de haber empezado el proceso de quimioterapia, lo desahuciaron. Su enfermedad está en etapa terminal.

«Nunca nos dijeron la verdad, nunca nos dijeron cuál era la fase del cáncer en la que estaba»

Rosalin Cancino, esposa del escritor, ha denunciado una serie de deficiencias en la atención a Novoa, las cuales agravaron su salud, como negarle la operación a tiempo, haberlo abandonado en una cama, no alimentarlo adecuadamente, no tener implementos básicos en el Hospital, demorarse quince días para realizar cada examen, entre otros cuestionamientos. “Nunca nos dijeron la verdad, nunca nos dijeron cuál era la fase del cáncer en la que estaba para buscar otra opinión y al final lo desahuciaron”, dice.

Durante el tiempo que ha estado en su casa, los costos del tratamiento han sido asumidos por el mismo autor; es por ello que se impulsó una cadena de solidaridad entre escritores, quienes han criticado al Estado por dejarlo morir ahora que el cáncer ha hecho metástasis, como es el caso del poeta Harold Alva: “me atrevo a pedirle al presidente de la República que intervenga, que no basta con leer a Vallejo, que no basta emocionar con el discurso”. Gracias a la crítica —y a la intervención de una amiga— Novoa ha sido trasladado al Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas (INEN).

Pedro Novoa, el escritor que ha salido del centro de la violencia, estuvo en la Marina, alcanzó importantes galardones literarios y venció al COVID, no se resigna a morir. La fortaleza está en su carácter y no se encuentra deprimido a pesar de los oscuros cuartos de los hospitales y las pocas posibilidades de sobrevivir. “Hay un 10 % de probabilidades de que sobreviva y quiero pelearla. No estoy como desahuciado, estoy cognitivamente lúcido. Estoy preparado para lucharla”, afirma.

Desde su trinchera, le ha pedido a Mario Vargas Llosa que intervenga por él, pero no ha recibido respuesta. Y ha llegado a hablar con el ministro de Cultura, Alejandro Neyra, quien, según el escritor, se ha comprometido a interceder por él. Novoa espera de parte del Estado una pensión o, por lo menos, un fondo de humanidad que le permita comprar los medicamentos que requiere. Novoa quiere ir ahora por el premio más grande: vivir.

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