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Jair Villacrez

Solo en 2020, el cáncer infantil afectó a más de 32 000 niños, entre 0 y 14 años, en América Latina.

#Crónica

Como el pequeño Iker Jaziel no quería irse de esta vida viendo a su madre triste, le repetía insistentemente: «Mamá, no llores. Sonríe». Aunque apenas tenía 2 años, era consciente de lo que ocurría en ese momento: sería la última vez que vería a Lizety, su joven madre, y quería despedirse viéndola feliz. Pero ella, por más que trataba de mostrarse fuerte, no podía ocultar las lágrimas al saber que su bebé se iba entre sus brazos, en la misma casa donde habían sido tan felices, en Piura. Esa tarde de noviembre de 2018, la leucemia se llevaba para siempre a su primer y único hijo.

Lizety empezó su lucha por salvar a su bebé en 2016, cuando él tenía tan solo un año y 8 meses. Su pequeño había empezado a sentirse muy mal y no dejaba de llorar. Ella se preocupó porque, además de la calentura que sintió en el cuerpecito de su niño, Iker Jaziel empezó a expulsar sangre. Lo llevó inmediatamente al hospital.

Inicialmente, la doctora que lo atendió sospechaba que podía tratarse de algún virus, fiebre amarilla o dengue. Sin embargo, los resultados de los análisis que le hicieron al pequeño no arrojaban eso. Y el dolor se hacía cada vez más fuerte e incesante.

Solo en las películas

Las cosas no mejoraban. La doctora ordenó un análisis de médula ósea. En ese momento, Lizety se paralizó. «Yo solo había escuchado eso en las películas. Empecé a pensar en muchas cosas, pero en mi mente solo encajó una palabra: leucemia».

A Iker Jaziel le realizaron aspirado medular y citometría de flujo. Pero los resultados seguían sin advertir algún mal. «Salía que mi bebé tenía 5% de blastos, lo cual no supondría un riesgo». Eso dificultó que le dieran una rápida atención. En el Hospital Santa Rosa de Piura, solo fue recibido cuando supieron que tenía 7% de hemoglobina.

Iker Jaziel, jugando en el hospital, su nuevo hogar.

Incluso estando internado, Lizety vio que la salud de su hijo se iba agravando, pero sobre todo por la inoperancia y dejadez del personal médico. Cuenta que a su pequeño solo lo atendían practicantes de medicina, quienes no sabían cómo proceder. Por eso, pidió el traslado a un hospital de mayor complejidad, solicitud que se le concedió días después gracias al apoyo de la asistenta social.

Así, Iker Jaziel fue trasladado en una ambulancia al Hospital Regional de Lambayeque. Pero ahí la situación fue similar: durante los 20 días que estuvo internado, Lizety solo percibió ineficiencia por parte del personal médico. Entonces, pidió un nuevo traslado, pero esta vez a Lima, pues creía que en la capital habría profesionales más preparados.

La (dolorosa) noticia

Finalmente, se ordenó el traslado a Lima. Ella pensaba que, por ser un caso delicado, el viaje se haría vía aérea, pero no fue así. Llevaron al menor en un carro de ambulancia, que ni siquiera contaba con medicinas. «Cuando mi bebé se puso mal en la madrugada, tuve que calmarle la fiebre con agua y un pañito que llevaba en la mano».

Ya en la capital, la situación no fue como Lizety se imaginaba. En el Hospital del Niño de Breña, le dijeron que no podía quedarse con su hijo. Tuvo que esperar en la calle. Aun así, estaba dispuesta a soportar todo por su hijo. Para ella, cada segundo valía la pena.

Tras varios análisis, le dieron los resultados: leucemia mieloide megacarioblástica M7. A Lizety se le vino el mundo abajo.

Lizety, con su pequeño Iker Jaziel, después de una quimioterapia.

El hospital, su hogar

Lizety ya se imaginaba lo que vendría: los interminables tratamientos y las dolorosas quimioterapias. Estaba segura de que tanto ella como su bebé podrían ser valientes y resistir todo ello, pero lo que no podía asimilar era la frialdad con que le habían comunicado la noticia: por el tipo de leucemina, Iker necesitaría un año de tratamiento, y no se podía asegurar que resistiría.

Pero, tras haber sido sometido a siete quimioterapias durante varios meses, Iker resistió. Había aprendido a convivir con la enfermedad. Y conocía los tecnicismos propios del tratamiento, según cuenta Lizety. «Cuando la sangre le bajaba, él mismo llamaba a la enfermera y le decía: “Retorno”». El hospital se había convertido en su casa.

Otra de las cosas que también le preocupaba a Lizety era tener que lidiar con el costoso tratamiento. Afortunadamente, su pequeño siempre tuvo donantes, personas anónimas que aportaban económicamente para poder ayudarle a continuar con su lucha. Ella tenía fe en que todo saldría bien, incluso en aquella ocasión en la que no encontraba una cama para su bebé. Las enfermeras le habían dicho que debía esperar a que un niño «se fuera» para desocuparla. «Era muy triste. Uno tenía que esperar que un niño se muriera para poder darle a tu propio hijo. Te sientes muy mal por eso».

Pero todo se fue solucionando. Las cosas marchaban bien aparentemente. Le mandaron tratamiento ambulatorio, para que solo visitara el hospital cada semana. Sin embargo, en una ocasión, a Lizety le dijeron que le subirían la dosis a su pequeño, justo cuando estaba por cumplir un año desde que había empezado el tratamiento.

Era octubre de 2018. Iker, que ya tenía 2 años y 10 meses, volvió a caer mal. La leucemia había avanzado en un 60%. Y ahí llegó la noticia que Lizety jamás hubiese querido escuchar: a su bebé le quedaba un mes de vida.

Aunque los médicos ya habían dicho que las probabilidades de que su hijo viviera eran casi nulas, insistían en aumentar la dosis del tratamiento. Pero Lizety no quería que su pequeño siguiera sufriendo con tan dolorosas pruebas. Decidió llevarlo a Piura, su ciudad, para que pudiera despedirse tranquilamente de este mundo, sin más sufrimiento.

En su último mes de vida, el pequeño Iker fue muy feliz. Jugaba mucho. Corría junto a sus primos. Parecía que estuviera completamente sano. Incluso, Lizety tenía pensado celebrarle una fiesta por los tres años que estaba a punto de cumplir. Pero aquel 7 de noviembre de 2018, su bebé se despedía de ella para siempre. Con una sonrisa en su rostro, se marchó. Le esperaba una celebración allá arriba.

Iker era un niño muy risueño. Se había ganado el cariño de todo el personal médico.

***

Enzo tenía 4 años cuando fue sometido por primera vez a una cirugía. Cerca a la oreja, le había salido una misteriosa protuberancia que le hacía retorcerse de dolor. Una vez que se logró extraer el tumor maligno, se sometió a un minucioso análisis. Los resultados eran contundentes: sarcoma cerebral. Aunque el pequeño logró salir bien de la operación, su lucha contra el cáncer apenas empezaba.

Días antes de la operación, José Barrera y su esposa llevaron al pequeño Enzo a la clínica porque, aparentemente, tenía una infección estomacal. Era agosto de 2019. Enzo no quería almorzar y no podía dormir, debido al fuerte dolor; había amanecido vomitando. Para entonces, sus padres no habían advertido de la hinchazón que tenía Enzo cerca a la oreja.

El pequeño permaneció internado varios días en la clínica por la supuesta infección. Pese a que le dieron de alta porque ya estaba mejor, tuvo que regresar porque el dolor había vuelto a aparecer, y esta vez era incesante. Ahí fue cuando advirtieron la hinchazón que tenía detrás de la oreja izquierda. Era de 5 centímetros. El médico, que había pedido una tomografía, decía que se trataba de un sangrado. Pero también lo revisó un neurólogo, quien aseguraba que había un tumor maligno y se tenía que operar. Pidieron hacerle una resonancia magnética. A José, todo aquello que se decía sobre su hijo le hacía sudar frío, se imaginaba lo peor.

El pequeño Enzo fue sometido a su primera cirugía con tan solo 4 años.

Un amigo suyo le recomendó cambiar de clínica para que dieran con el diagnóstico real. Hicieron el traslado y le realizaron la resonancia magnética. Y ese mismo día intervinieron Enzo.

Para José, saber que su único hijo se enfrentaba a tremendo episodio siendo tan pequeñito lo llenaba de angustia. Las cinco horas que duró la intervención fueron las más eternas de su vida. «Pero, en ese momento, la fe crece. Eso nos ayudó a fortalecernos a mí y a mi esposa».

Cuando el médico salió del quirófano, miró a José y le dijo: «Tú hijo ha salido bien de la operación. No pensé que iba a salir así». Recién ahí él se enteraba de que la intervención era tan compleja que, probablemente, su hijo no resistiría. Pero nadie le había advertido nada anteriormente.

Para entonces, el médico dudaba de que se tratara de un tumor. Decidió llevar lo extraído a patología para que lo examinaran. Luego de ello, ya se conocía el diagnóstico real del sarcoma cerebral.

Resistencia

Ya con esos resultados, el pequeño Enzo recién empezaría el tratamiento. El médico le explicaba a José y su esposa sobre las quimioterapias, radioterapias y medicinas de su hijo. «El doctor nos hablaba, pero nosotros no entendíamos nada. Mi esposa y yo estábamos con todas las dudas. Nos preocupábamos porque la medicina que te dan es muy fuerte y no sabíamos cómo iba a reaccionar el cuerpo de mi hijo. Y encima eran seis horas de medicina; luego, las reacciones».

José cuenta que Enzo respondió valientemente al tratamiento. «Los niños tienen una fortaleza única. Ellos no se dan cuenta de lo que está pasando, pero te enseñan cosas que son inexplicables. Uno asocia la palabra ‘cáncer’ con ‘muerte’, pero ellos te enseñan que es ‘lucha’».

Enzo se divertía jugando con los amigos que había hecho en la clínica: otros pequeños luchadores como él y los voluntarios que iban a regalarles alegría.

Pero había una preocupación más para José: el tener que explicarle a su niño por lo que atravesaba sin transmitirle miedo, sobre todo por los efectos del tratamiento: la caída del cabello, las cejas y las pestañas, así como la sequedad de los labios. No fue necesario.

El pequeño Enzo nunca preguntaba, solo aceptaba pacientemente. José le decía: «Enzo, ya toca quimio», y él se preparaba para ir con las enfermeras, a quienes ya consideraba su familia. Elegía sus juguetes y se alistaba para lo que venía. En cada quimioterapia, se quedaba dormido a causa de los medicamentos que le suministraban. Y así fueron durante las ocho quimioterapias a las que fue sometido.

El médico le decía a José y a su esposa que no se preocuparan por otros efectos, como vómitos o mareos, pues era normal como parte del proceso. Lo importante era que el niño no convulsionara o tuviera una complicación mayor. Por eso, siempre estaban atentos ante cualquier extraña reacción.

Dolor en soledad

Para José, el momento más difícil durante el tratamiento se dio con la llegada de la pandemia. El entonces presidente Martín Vizcarra acababa de anunciar el confinamiento a nivel nacional. El médico le dijo a José y a su esposa que solo uno de los dos podía permanecer en la clínica, mientras que el otro tendría que volver a casa. Además de que ya se había decretado por ley, quedarse ahí implicaba el riesgo de infectar de algún virus o bacteria al pequeño, pues, por su condición, era proclive a ello.

José decidió sacrificarse para que su esposa se pudiera quedar. Aunque él iba a la clínica solo para dejar los implementos necesarios de su hijo, no se le permitía ingresar, ni siquiera en aquella ocasión en que Enzo se infectó con una bacteria. «Fueron los 45 días más dolorosos de mi vida. Ellos allá, luchando, y yo aquí, en casa, sin poder hacer nada. Era angustiante. Lloraba a mares aquí solo».

Cuando José hablaba por teléfono con su esposa o su hijo, siempre se mostraba fuerte. Debía darles ánimos y transmitirles seguridad. Todo saldría bien. «Eso me hizo más fuerte. Yo tengo mucha admiración por mi esposa, porque me di cuenta de que ella era muy fuerte. Ella me daba tranquilidad a mí y a mi hijo. Y por eso me hice fuerte mirándolos a ellos. En ese momento, yo pensaba: “Yo debo estar a la par con ellos”».

José esperaba que su hijo, Enzo, regresara a casa para volver a verlo feliz, como le recordaba.

El regreso a casa

Y José resistió la larga espera. En cuanto su pequeño terminó su tratamiento, lo pudo ver. Tras haber superado valientemente sus ocho quimioterapias, su hijo volvió a casa. Era mayo de 2020, el mes más feliz para la familia.

Los médicos aseguran que ahora Enzo está sano. Sin embargo, cada tres meses debe ir a realizarse su chequeo y resonancia magnética para descartar cualquier presencia enemiga en su cuerpecito que le impida seguir jugando.

Aunque el pequeño Enzo hizo muchos amigos en la clínica durante su tratamiento y ya se había acostumbrado a ver otros niños en igual condición —incluso conectados con suero—, José dice que ningún padre espera volver a pasar por esos dolorosos episodios. Reconoce la valentía de su «campeón», como lo llama, para lidiar con todo esto y haber logrado vencer el cáncer. «A veces uno subestima a los hijos, pero ellos te demuestran que tienen mayor fortaleza que los adultos. Yo le diría a los padres que crean en sus hijos».

Aunque Enzo ganó esta dura batalla, José sabe que, ahora más que nunca, debe cuidar a su pequeño y aprovechar cada momento con él.

Enzo, a quien su padre llama con orgullo «campeón», logró reincorporarse a sus clases virtuales y terminar el año escolar, a pesar de que estuvo varios meses fuera debido a su tratamiento contra el cáncer.