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«Quien no insulta, no gana»: trivialización de la política peruana

La trivialización de la política es una costumbre peruana tan añeja como su historia democrática. Y no pasa necesariamente por la poca importancia que dan los ciudadanos a los asuntos de Estado o de índole nacional, sino por el mismo hecho de que han sido los propios políticos quienes se han encargado de banalizarla.

Desde hace varias décadas de «democracia peruana», se puede ver cómo los candidatos son capaces de caer en lo ridículo con tal de ganar los votos que les permitan llegar al sillón presidencial o una curul en el Congreso. No les importa ser la portada de un «diario chicha» con un titular amarillista, salir en un programa de espectáculos bailando con vedettes, andar en «dimes y diretes» con sus rivales, promover campañas con muñecos caricaturescos propios de la cultura popular o hacer videos virales supuestamente «graciosos» y «creativos» para llegar a la gente joven.

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La consigna es ganar votos a toda costa. Se debe mantener el interés de los seguidores con un storytelling que los mantenga «enganchados» —cual telenovela mexicana—. Desde luego, el que determinado candidato haga alguna de estas acciones no lo descalifica como líder, en absoluto. Pero sí hay algo que —con o sin intención— hacen: desvirtuar el propósito de la política.

Más allá de reforzar la errada idea de que la “política peruana es banal”, lo que termina ocurriendo es que las personas no se centran realmente en las ideas o propuestas, esas soluciones que se proponen ante los problemas que aquejan a la ciudadanía. Por nuestra propia cultura e idiosincrasia, sabemos que nos encanta el chisme, el morbo, las peleas (las «mechas», como se le conoce en el argot popular). Es eso, precisamente, lo que se ha trasladado a la política: el «chismecito político».

Lamentablemente, le prestamos más atención a lo que dijo ese candidato sobre su rival o qué hizo en tal o cual programa en lugar de tener una mirada crítica y juiciosa sobre su actuar político en sí. Ya no analizamos sus planes de gobierno o iniciativas. Y los políticos se aprovechan de eso para distraernos. No siempre quieren que conozcamos sus verdaderas intenciones.

La «farandulización» de la política ha logrado calarse muy bien en nuestra realidad y, ahora, nos resulta tan normal que, cuando vemos que no está presente, nos parece «aburrido». Muestra de ello son los debates en los que, cada vez que los aspirantes se dedican a presentar propuestas, no nos parece entretenido. Los ataques, insultos y golpes bajos son la regla básica para lograr captar la atención del público y, además, determinar quién ha sido mejor que el otro. Quien no insulta, no gana.

Hemos incorporado tanto esas ideas a nuestra realidad que, dejarlas de lado, ya nos resulta antinatural. De hecho, ya no percibimos la diferencia entre la política y la farándula. ¿Y de quién es la responsabilidad? Pues de ambos lados, tanto de los políticos —y sus asesores— que recurren a esos recursos para “manipular” fácilmente a los electores, como de quienes aceptamos sin siquiera juzgar un poco. Pero también hay una responsabilidad compartida con los medios de comunicación, que se prestan a alimentar eso solo por el rating.

A puertas del bicentenario, solo vemos que, como sociedad crítica y juiciosa, poco hemos evolucionado. Ojalá que este 11 de abril demostremos lo contrario. Que las urnas no sean un fiel reflejo de los memes en redes sociales.

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