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#Crítica

Por: Hernán Yamanaka

Josemari Recalde (1973-2000) fue un joven poeta de enorme talento y sería hoy, no lo dudo, una voz mayor de la literatura. Se fue pronto y su único poemario es objeto de culto. Lo conocí y aquí lo cuento.

«Es un gran poeta»

Con estas palabras me lo presentó Ignacio Alba, amigo en común, a inicios de los noventas. Josemari estudiaba literatura en la PUCP y un mediodía nos visitó a los «filósofos» en la Facultad de Teología. Al notar el origen de mi apellido, me dijo socarrón: «¡Los japoneses están de moda!». «¡La culpa es de Fujimori!», respondí con igual humor.

Aquella vez hablamos un poco de todo: recuerdos del colegio (Ignacio y él eran exalumnos del colegio jesuita La Inmaculada), deportes y, claro, un poco de filosofía aquí y allá.

Después de ese encuentro no lo vi durante siete años, pero por amigos comunes seguí sus huellas literarias. Supe que frecuentaba fiestas y discotecas dark: le gustaba la música alternativa y esa complicidad que permitía la oscuridad del ambiente y de la ropa. Y a Josemari le iba muy bien el caminar: sus más asiduos dan fe que caminaba larguísimos trechos, olvidando la distancia por el placer de la compañía y la conversación.

Los 120 días

Agosto del 2000. En el Congreso Nacional de Filosofía (sede en la UNMSM) tuve un tema en la mesa sobre Nietzsche y Josemari era parte del auditorio. Al salir me buscó: «¡Tú eres pata de Ignacio, el japonesito ¿no?». Y sin más trámite me invitó a la cafetería («Para lorear un poco sobre Nietzsche»). Los minutos se volvieron horas y parecíamos dos viejos cosacos contándose sus historias de batallas. A las seis de la tarde salimos hacia el Centro Cultural de la PUCP: el José poeta Watanabe presentaba poemario (El guardián del hielo) y Josemari compartió conmigo su invitación.

Después de esa tarde-noche tan intensa la simpatía mutua se alimentó de conversaciones en bares de Lince (Josemari no prefería los espacios simples por esnobismo, sino por naturalidad), llamadas por esa antigüedad llamada «teléfono fijo» y correos electrónicos. Hablamos de casi todo lo humano y lo divino durante 120 días. 

De la selva su ayahuasca

Josemari tenía un tiempo investigando la cultura amazónica y se encontraba muy tocado por la experiencia de la ayahuasca: sesiones («mesas») en las que el consumo del alucinógeno, bajo la mano de un chamán, ofrece sensaciones corporal y mentalmente radicales. Cinco veces me invitó a participar en ellas, aunque sin fecha precisa; cinco veces acepté por cortesía y sin intención de asistir. ¿Qué buscaba Josemari en esas exploraciones? ¿Exorcizar demonios? ¿Conocimiento profundo de sí? ¿Contacto con «El otro lado»? Quizá todas esas cosas.

Y aquí una nota: al escucharlo y ver en su rostro aquel entusiasmo sicodélico descubrí que no era el mismo de los noventas, algo en él era muy distinto, su mirada -celebrada por las chicas debido al color de sus ojos- mostraba un fulgor triste, como el de Fausto iluminado por ciencias prohibidas. Su interés por la ayahuasca era desmedido y me sobrepasaba. 

No quise parecer paternalista y nunca ahondé en el asunto, limitándome a conversaciones generales. ¿Quizá debí escuchar más, tratar de entender las preguntas tras esa efervescencia de neoconvertido? Quizá.

El Libro del sol

Josemaría ya tenía un largo camino publicando sus poemas en revistas universitarias, fanzines e impresos poéticos cuando El Libro del sol, su unigénito, se presentó en noviembre de 2000 en el Centro Cultural de España.

El Libro del sol gusta tanto a legos como a muy entendidos. Sin embargo, no es un poemario cándido: su voz poética discurre entre alegorías e imaginarios que mezclan la luz, el fuego, la ausencia y el amor presentido con menciones crísticas e invitaciones personales que, hoy lo sabemos, fueron profecías autocumplidas. Muchos de sus versos subrayan el vínculo con sus admirados Eguren y Hernández, este último recordado por su poesía lúdica y porque se fue del mundo cuando quiso hacerlo.

No fui a la presentación: un dolor migrañoso bloqueó mi salida aquella noche que debía ser muy especial. Hablé con Josemari un par de días después y afeó mi conducta con un lacónico: «Muy mal, eh. También habrá que hacer algo con tus dolores de cabeza».

ENSAYO DE SOL / Homenaje a Josemári Recalde | Lima Gris

La última vez

Hablamos tres días antes de su muerte. Los avatares de la política (con un Fujimori que ya no estaba de moda) y un libro sobre los Misterios de Eleusis fueron los temas de conversación. Renovó la invitación a la mesa de ayahuasca que pensaba para enero:

«Vas a ver: será de puta madre. El verano es bueno para sanar y te ayudará

con tus dolores de cabeza. Esperemos que el sol lo permita»

La frase fue algo enigmática, pero en ese momento entendí por «Esperemos que el sol lo permita» el calor del verano ad portas. ¿Se podía más?

Dos días después me enteré de su muerte: el 20 de diciembre, un incendio en su casa de Jesús María donde se encontraba solo, un día antes del solsticio de verano (cuando el sol reina como el día más largo). Dicen que el humo lo aturdió impidiéndole reaccionar. Otros asumen que Josemarí ardió como un bonzo, basados en el final de uno de sus poemas:

Al final de los mitos, cuando todo se halla evaído,

Encontraremos quién sabe una luz,

No, no quiero

Pertenecer más a la realidad verdadera

Ni a la falsa,

Por eso incendio mi cuerpo

(De: Sermonem ad mortuos)

Soy de los convencidos de su muerte voluntaria y la acepto sin entrar en divagaciones: nunca he creído que el suicidio, aunque lamentable, sea algo nefando para quien lo comete. Tantos veíamos a Josemari el poeta, el investigador, el entrañable pata de aventuras y parrandas, pero nadie tocó el santuario de su silencio más profundo.

La coda de Ignacio

Ignacio tuvo la amabilidad de enviarme sus recuerdos sobre Josemarí y las imágenes que acompañan este texto. La tiranía de espacio no me permite compartirlos como debiera, pero extraigo este: «(Josemari) vivía para la poesía o, mejor, que la poesía vivía en él. Su vida fue poesía: inabarcable, exagerada, silente, lúdica, profunda, alegórica. Y tuvo un verso para cada persona que lo conoció.  Hay, pues, muchos Josemari, muchos versos distintos alojados en la memoria y el corazón de quienes tratamos con él».

Ignacio vio a Josemari cinco días antes de su muerte, en la Feria del libro (Miraflores). Acordaron encontrarse el 23 (Ignacio quería un ejemplar del Libro del sol de manos del autor) y Josemari, por supuesto, no acudió a la cita. El domingo 24 fui yo quien le informó la muerte del común amigo.

Mi amigo, el hijo del sol

Josemari fue un hijo del sol. No en el sentido del imaginario inca o romano (el Solis Invictii que cedió su fecha a la Navidad occidental). No. Josemaría estaba unido al sol, al fuego, a la luz cenital porque los encontraba afines a su búsqueda de algo que perdió y que no sabía definir: cada poema suyo era un paso -y una derrota- en ese hallar lo inexpresable al que al final decidió unirse.

Al extinguirse la voz de Josemari Recalde el arte peruano perdió un talento mayor que germinaba. Y yo, personaje marginal en esta poesía que fue su vida, perdí un amigo a quien recuerdo siempre a la muerte del sol.