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Los siguientes son testimonios de personas que salieron a marchar en contra de la corrupción y la vacancia. Algunos de los nombres en estos relatos  han sido cambiados por cuestiones de seguridad.

 

A una hora determinada, una mujer con un pañuelo verde en la muñeca y una mascarilla arcoíris siente el golpe de los escudos transparentes contra su espalda. En otro lugar  y a otra hora,  un hombre se sienta en una vereda  para tratar de detener el hilo rojo que sale de su pierna. Una mujer trata de entender que está pasando mientras ráfagas de gente borrosa pasa a su alrededor.

Mientras que en toda la ciudad se oye como  las cucharas golpean las ollas,  La brutalidad de la policía cae pesada sobre las cabezas de los que se arman de sus voces para salir a defender un país cada vez más cansado e iracundo. Gas, agua, sangre, el ruido  de las armas de fuego, correr, correr, correr.

«mátalo, mátalo» dice un efectivo, como si estuviera de caza, como si estuviera disparando zorros o palomas. como si fuera un deporte.

Diana

Fotógrafa y activista

Diana tiene miedo. Sabe bien lo que le puede pasar,  hace unos días dijo «No quiero morir, quiero vivir».  Recuerda todo lo que quiere hacer con su vida, pero sabe que necesita estar ahí y documentar todo lo que pueda. Tiene su cámara y su celular. Va a quedarse todo el tiempo que pueda. Necesita ver todo lo que está pasando. Es fotógrafa y activista y desde que todo comenzó algo en ella la mueve a tratar de  registrar todos los abusos que pueda mientras protesta.

Desde el inicio todo parece desorganizado, la gente no está segura de a quién seguir. Está oscuro pero no es muy tarde. Aún faltan horas para el toque de queda. Puede ver a  unos chicos que están llevando la bandera. Diana les grita que la sostengan bien. La miran sin saber muy bien que decir. «No es que no quieran es que no saben, no saben que hacer, son chibolos…»

No hay nadie que esté liderando. Nadie avanza. «Me acuerdo que había policías  en varios lados y no querían dejarnos pasar  y como no estábamos organizados no sabíamos que hacer…».

La plaza San Martín se llena de bombas lacrimógenas. La gente se asusta, todos empiezan a correr desesperados. «¡No la dejen!», grita  Diana  al ver que la bandera estaba desatendida. Tiene los ojos llorosos por el gas «nunca había sentido eso, se siente horrible….».

Diana no está segura de que está pasando pero la policía hizo algo y no está segura de que, pero ahora hay piedras en el aire.  Hay un hombre incitando a los protestantes a que lancen cosas a la policía. «¡No tiren piedras! Es una marcha pacífica!» grita Diana  «¡Terna, terna, terna!».  Más adelante se vuelve a encontrar con una situación similar. Decide que tiene que hacer algo, se mete en medio de los protestantes y de la policía «¡No tiren piedras, no tiren piedras, no tiren piedras!» grita. Paran. Tiene una herida pequeña en la pierna.

«Necesitábamos material de la policía, a eso habíamos ido»

Todo está más calmado, pero entonces  la policía intenta quitarles  la bandera y comienza a disparar sus armas al aire.  Se acercan a los fotógrafos  y les ordenan que se vayan. «¿Por qué me vas a botar?», pregunta ella. «Porque este ya no es el lugar para ustedes», responde el efectivo  «Tengo derecho a estar aquí…» pero el policía no responde. Solo la mira.

Diana logra grabar un video en el que se puede escuchar a la policía alentarse a dar en el blanco, mientras disparan contra manifestantes. Al día siguiente vuelve a marchar.

 

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Claudio

Es brigadista.

Sale a protestar lleno de indignación. En su mente está el hartazgo que siente y la esperanza de que la presión de las protestas haga retroceder a los congresistas y corregir lo que hicieron.  Toma la decisión de estar al frente cada vez que marcha y cada vez se encuentra con la misma represión, el mismo desdén por las vidas de las personas que se supone deben proteger. «Ese comportamiento no era justo. Ellos estaban defendiendo a un gobierno ilegítimo y nos estaban haciendo daño».

El sábado 14, Claudio está al costado del hotel Bolívar con una amiga y ve pasar a chicos menores que el que se dirigían a marchar. «Me llenó de orgullo y esperanza; fue uno de los momentos más felices que he tenido en mi vida, nunca olvidaré eso».

Claudio pertenece al grupo que se encarga de desactivar las bombas lacrimógenas. Está en el cruce de Av. Abancay con Nicolás de Piérola, rodeado de chicos enfrentándose a la policía.

«Vi el momento en el que uno de los chicos que murió recibió el impacto, cómo se desplomó y cayó a dos metros de mí. En ese momento no pude ayudar pues la policía empezó a disparar más bombas lacrimógenas, una de las cuales impacto el lado izquierdo de mi pecho. Sólo supe que unos chicos se lo llevaron y de ahí no supe más hasta el día siguiente».

 

Mariana

Mariana sale a marchar a Miraflores y todo está tranquilo. Mira a todo el mundo y le parece hermoso ver a la gente salir por sus ventanas, gente mayor golpeando sus ollas. Los autos que pasan tocan sus bocinas también en señal de apoyo. Un portero sale levantando las manos cómo bailando, se siente conmovida y lo filma por un momento, sonriendo.

A pesar de la calma de todo, Mariana nota que la policía habla algo impaciente, apura a las personas. Después de caminar aproximadamente una hora, paran. Empiezan a cantar el himno nacional. Ella mira a su alrededor, algunas personas se arrodillan. Sin previo aviso la policía lanza bombas lacrimógenas, sin provocación. La gente comienza a correr hacia las calles más cercanas. Mariana siente una gran tristeza y miedo. Miedo por su asma, miedo por la confusión. Ve a adultos mayores confundidos, a personas con sprays de agua con bicarbonato tratando de ayudar a la gente cómo pueden.

«Fue trágico, me sorprendió muchísimo y fue sin razón»

A pesar de su experiencia va al centro de Lima al día siguiente, al Palacio de Justicia. Lleva máscaras de gas y  guantes para el calor, para dárselos a las personas que se encargan de  desactivar las  bombas. Quiere ayudar todo lo que pueda. Ha dormido pésimo los últimos días porque la ansiedad no la deja descansar una noche completa.

Estuve revisando su celular cada vez que puede pero ve a la gente está cansada. Entrega las cosas. La mujer que los recibe está roja y está sudando. Es activista, feminista, Mariana recuerda un tweet en la que ella hablaba de como no quiere ser una heroína.  «No es justo que la policía haga eso, que por luchar por lo que es justo, nos maltraten de esa manera».

«Parece que estaban desatando sus frustraciones con jovencitos». Recuerda una foto en la que se puede ver a la policía, con todas sus protecciones y cascos, enfrentándose a un pueblo que sólo tiene pedazos de madera y triplay para protegerse. «Es una foto que me chocó muchísimo, la diferencia… esa mentira casi vil que están diciendo de que hubo armas y agresión de parte de los manifestantes. Yo estuve ahí y no vi nada de eso. Yo no vi eso…ya no confío en la policía en lo absoluto.

«Tengo un polo de ‘Merino no es mi presidente’ y puse mensajes en mi camioneta. La gente me decía ‘cuidado porque te va a parar la policía’ porque a varias personas los han detenido por carteles.  Yo no confío en que si la policía me para yo voy a salir bien de esa…Yo he sido muy crítica con la policía y realmente tengo miedo».

«Es un riesgo, llegar a este punto de no poder confiar en los que nos protegen, lo que me parece gravísimo… Entendí que el pueblo es el que te cuida. Nosotros mismos nos cuidamos.»