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Propongo lo siguiente: leer las memorias de personajes famosos cuatro a cinco años después de su publicación. Uno se despeja del ruido mediático del lanzamiento y la morbosa curiosidad para apreciar con calma su calidad literaria. Y vaya que la hay en las páginas de este libro publicado originalmente el 2009. Pocas veces uno se topa con un texto que esté a la altura de los vaivenes biográficos de un deportista que marcó un antes y un después en su campo.

No creo que haya un símbolo tan claro de la acelerada obsolescencia de nuestros cuerpos y su funcionalidad laboral como la vida de los deportistas profesionales. Conminados a mostrar sus dotes desde temprana edad y a responder con rápida madurez al nivel de presión demoníaco con el que conviven, cualquier tropiezo puede devenir en la oscuridad del olvido. Y la exigencia no cesa en ningún momento, solo se acentúa mientras se acorta el camino al Parnaso deportivo, con cada vez más gente dependiendo de uno, desde el público tan ávido de adorar a un nuevo dios atlético hasta los patrocinadores de los que se depende para concentrarse exclusivamente en mejorar sin agobiarse por el dinero. Un nanosegundo puede ser clave para el devenir de toda una carrera y eso lo saben más que nadie los tenistas, sobre todo Andre Agassi (Las Vegas, 1970) cuya carrera fue tan irregular como espectacular.

Si había un tenista que acaparaba las páginas deportivas de fines del siglo pasado e inicios del este, ese era él. Si bien fue una época de feroz competencia, ninguno de sus colegas llevó a este deporte a un posicionamiento en medios tal como lo hizo el chico “Viva las Vegas”. Estilo inconfundible, relaciones con estrellas del firmamento de Hollywood y una actitud que escapaba a los parámetros comunes en el deporte blanco, Agassi era un meteoro que no dejaba indiferente a nadie. Para la prensa y el público era una estrella de rock, el distinto, el rebelde. Nada más alejado de sus deseos como lo revelan estas páginas.

Agassi posa junto a su familia. Créditos: El Confidencial.

El mayor peligro de este tipo de textos por encargo es el deseo de mostrarse como un ejemplo de superación y centrarse en brindar una moraleja. Aquí no. Aquí se reniega del tenis desde la primera línea. Ser un dotado para el deporte supone una condena a la que es imposible escapar sin herir a alguien en el camino. Solo hay una vida posible: jugar. Jugar y jugar hasta la extenuación, venciendo, aplastando a los demás para poder destacar y ser visible. Peor cuando es en el mismísimo hogar donde se juega para existir, subyugado a la mirada del padre, una figura omnipotente de cuyos deseos se desprenden los hilos que manejarán su vida.

La primera mitad del libro hace hincapié en la sensación de orfandad en la que Agassi se ve sumido por su sombra constante y agresiva, una máquina a la que solo se satisface ganando puntos. Año tras año, Agassi atacaría la ausencia de cariño paternal extrapolando su figura en los diversos amigos que irá consiguiendo, quienes serían clave para los distintos altibajos que supondría sus carreras.

J.R. Moehringer, el premio Pulitzer elegido por Agassi para llevar a cabo esta empresa, optó por narrar su vida en tiempo presente, confiriéndole a la lectura una sensación permanente de suspenso y expectativa frente a lo que implicará cada decisión a su protagonista, cada experiencia por la que pase. Desde las humillaciones juveniles en la academia en la que pasó su adolescencia hasta la ruptura de su relación con la mega estrella, Brooke Shields.

Pero “Open” es una biografía deportiva, y si hay algo que destaca por encima de los conflictos familiares y amorosos es la recreación de la tensión de cada partido, de cada punto que está en juego y del que depende saborear las mieles de éxito o asomarse a una derrota implacable. Cada partido narrado provoca buscar en la web su video correspondiente y disfrutar de cómo ha sido abordado por Moehringer, que supo mostrar la grandeza del norteamericano en el deporte, no como un niño prodigio de carrera incólume sino como un titán que podía pasar de una ominosa racha de eliminaciones en las rondas iniciales de torneos de ínfimo nivel a obtener ocho Grand Slams que lo convirtieron en una leyenda atípica, para lo que contrasta su figura con una galería de personajes, como Peter Sampras o Boris Becker, de forma humorística y feroz en varios pasajes geniales, a tal punto que se le perdona su propaganda filantrópica o el soso misticismo de su viaje para conocer a Mandela.

¿Qué rebelión queda ya? ¿Qué nuevo pecado puedo cometer para demostrarle al mundo que no soy feliz y que quiero volver a casa? Nadie lee las memorias de alguien que te quiere contar lo feliz que ha sido siempre, sino las de alguien que ha pasado por trances tan míseros que permitan, al menos de ese modo, a su ídolo. Y que esté muy bien narrado, claro. Ace.


Texto: Sebastián Uribe.

Edición: Sofía Salazar.