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Comunicador por la Universidad de Piura. Cursó el Programa de Extensión Académica de Arte e Ilustración en Corriente Alterna. Coordina proyectos de formación democrática y de promoción de derechos humanos. Escribe e ilustra en la cuenta @Chicodeldrama en Instagram.
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Rostros de la calle en la «Casa de Todos»

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Al declararse en emergencia el Perú debido a la crisis sanitaria generada por la pandemia COVID-19, se obligó a todos a quedarse en sus casas. Es ahí cuando apareció la iniciativa «La Casa de Todos» de la Municipalidad de Lima, que buscaba dar un espacio temporal a quienes vivían en la calle. Sorprendidos con la idea de un lugar que concentrara a estas personas olvidadas, un grupo de periodistas y fotógrafos fueron a su encuentro para conocerlas, conversar con ellas y mostrar sus historias al público. En el encuentro, descubrieron mucho más de lo que esperaban. Así inició el proyecto periodístico documental que lleva el mismo nombre que la iniciativa: Casa de Todos, el cual se exhibe en la web de UPC Cultural.

El 16 de marzo de 2020, empezaba la cuarentena general en el país y el cierre de las fronteras. El anuncio inicial decretaba 15 días en el que todos los peruanos debían permanecer en casa, menos quienes —para el Gobierno— desempeñaban actividades esenciales. «El Perú estaba aterrado. No sabíamos qué iba a pasar. Las calles estaban vacías», recuerda Úrsula Freundt-Thurne, directora del proyecto y decana de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC).

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Como le debe haber sucedido a gran parte de la población mundial, la incertidumbre invadía a muchos peruanos. Úrsula se encontraba en una situación similar. En noviembre de 2019, le habían comunicado que su facultad había ganado una beca a la que había postulado con un proyecto sobre la tradición del relato oral en el Perú; sin embargo, con la pandemia todo parecía disolverse.

«El 16, aparece ese famoso titular que yo nunca olvidaré: #YoMeQuedoEnCasa. Nos pusieron aislamiento social obligatorio y prohibieron la circulación de carros entre las 8:00 p.m. y las 5:00 a.m. Con todas esas variables, el proyecto inicial no iba a poder se llevará a cabo», cuenta Úrsula.

Unos días después, preocupada por el panorama del país y también por la posibilidad de perder la beca, Úrsula se encontró con un reportaje que informaba que se abriría la Casa de Todos, un proyecto que acogería provisionalmente a personas sin hogar en la Plaza de Toros de Acho «El nombre me pareció fascinante. Las casas no suelen ser de todos. Salté de mi cama y dije: ‘Este es el proyecto’. Tenía que ir a volver a presentarlo y pedir que por favor cambiáramos de tema», detalla.

Entonces, contactó con los responsables (la beneficencia pública de la Municipalidad de Lima) y consiguió la autorización para ingresar. Convocó al equipo: los fotógrafos Franz Krajnik y José Vidal, y los periodistas Carlos Fuller y Luis Cáceres. También pudo mantener la beca para esta nueva idea de proyecto. Todo se fue dando para contar la historia de los nuevos huéspedes de la plaza.

Donde terminan los olvidados

Construida en 1766, durante el gobierno del virrey Manuel de Amat y Juniet, la Plaza de Toros de Acho es el recinto taurino más antiguo de América. Supone un motivo de orgullo para los taurinos y una vergüenza para los animalistas. Anualmente, hasta antes de la pandemia, este monumento ubicado en el distrito de Rímac, albergaba la Feria del Señor de los Milagros.

La noticia de convertir esta histórica plaza en un albergue no fue bien tomada por todos. A fines de marzo del 2020, la Asociación Cultural Taurina del Perú (ACTP) denunció al alcalde de Lima ante el Ministerio de Cultura por el supuesto riesgo en que se pondría un patrimonio cultural de la nación. Este grupo de taurinos también argumentó que la plaza no era un espacio ideal para albergar a personas debido a las bacterias a los que estas podían exponerse. Sin embargo, la iniciativa continuó.

«Las personas se enteraban, a veces, por información que les llegaba a través del diario o entre las personas de la calle. Alguien dice: ‘Oye, hay un proyecto de Casa de Todos, donde van a tener la posibilidad de tener una casa’. Entonces asistían y hacían su cola», cuenta Franz Krajnik.

Cuenta que las filas eran largas, pero no todos llegaban a ingresar, debido a que la beneficencia seleccionaba a los más vulnerables y a quienes cumplían con ciertos requisitos. «En las afueras de la plaza, los primeros días, hubo mujeres a quienes las pasaron a otro espacio, porque la casa no podía ser un lugar mixto», narra.

La idea de un lugar que albergara a quienes no habían tenido hogar era una oportunidad para acercarse a escuchar a un grupo invisible para la sociedad. «Si ahí termina la gente desamparada y olvidada del Perú, ¿cuántas historias habrá detrás de esas personas? Son personas que han dormido en la calle durante muchos años; no uno ni dos, sino diez, quince o veinte años», asegura Úrsula.

Foto: Franz
Foto: Franz Krajnik

Acercándose a las historias

Al inicio, no conocían mucho del lugar y nada de las personas que iban a entrevistar. Además, debían abordarlas manteniendo el distanciamiento. «Fue incómodo. No podíamos acercarnos tanto. Teníamos que usar las mascarillas más gruesas, los protectores faciales, guantes, el mameluco blanco, protectores para las suelas de los zapatos. Nos desinfectábamos a cada rato», detalla Luis Cáceres.

Para los fotógrafos, según Franz, era aún un poco más complicado que para los redactores porque debían usar el facial al tomar las fotos y esto le dificultaba con el encuadre porque les dejaba un punto ciego. Así, poco a poco, con la costumbre iban aprendiendo a cómo componer con estas nuevas condiciones.

Luis iba detrás de la historia y de los personajes. Preguntaba por su disponibilidad a los huéspedes de la plaza. Recuerda cuando intentaba abordar a Mekks, un interno de nacionalidad ecuatoriana. «José y yo teníamos que estar un poco más alejados porque él tuvo el nuevo coronavirus. Teníamos que acercar el micrófono con la extensión que habíamos llevado y estar prácticamente gritando».

Como una celebridad acosada, Mekks huía de los periodistas y los fotógrafos. «Yo lo fotografiaba y él me miraba como diciendo: «¿Por qué me fotografías? ¿Por qué me buscas y me sigues?», cuenta Franz. A pesar del evidente rechazo hacia la persecución, Franz no se rendía y abordaba de vez en cuando para preguntarle lo que hacía.

Antes de que Mekks acepte las entrevistas y las fotos, tuvieron que ganar su confianza. Un día —quizás convencido de que no se iba a librar de ellos—, el ecuatoriano hizo una solicitud: necesitaba un cargador de celular. Luis le entregó el objeto, y Mekks respondió con un «tú eres humano, gracias por entender mi situación».

Esa frase le marcó a Luis. Se enteró que con el cargador le había ayudado a volver a comunicarse con su familia en Ecuador. Mekks llamó a sus hijos y a su esposa. «Fue un destape de emociones. Fue muy gratificante», dice.

Foto: Proyecto Casa de Todos, UPC Cultural.

No con todos fue difícil conversar. Franz recuerda a Manuel Alejandría Huamaní (62 años). «Era un tipo muy muy amigable. Rápidamente comenzó a contarnos su historia. Le gustaba hablar mucho porque escribía. Se relacionaba con las personas a diferencia de otros», cuenta. Luis llamó a Manuel ‘el cronista de Acho’, porque registraba todos los días su convivencia con todos los albergados.

También conocieron a Delfor Castillo Maco, un mecánico aeronáutico, que le gustaba alardear sobre sí mismo, según cuentan. Él había dedicado la mayor cantidad de tiempo a su trabajo y había dejado de lado su familia. La siguiente cita recogida en el proyecto describe parte de su personalidad y su pasión por los aviones: «Cualquiera es mecánico de motor, de automóviles, mecánico soldador; son mediocres. Aviones es otra cosa. ¡Es otra cosa! Tu personalidad cambia. Lindo es trabajar en aviones, carajo. ¡La responsabilidad que tienes!».

Delfor decía que deseaba un hogar como lo tuvieron sus padres, con tantos hijos, pero él estuvo de pareja en pareja y no formalizó.  «Sus hijos estaban regados por el mundo», afirma Luis.

Retrato de Delfor Castillo Maco. / Foto: José Vidal.

Escribir y aprender

Para Luis Cáceres, el mayor reto del proyecto era entablar relaciones de confianza y que estas personas se abriesen por dos, tres o más horas durante cinco días a la semana. «De eso se trata el trabajo: de regresar, hablar con mucho respeto, con mucha sinceridad, con mucho tino. Los periodistas tenemos que estar con los pies en la tierra y conversar con quien sea para poder sacar información y entregarlo al público de la mejor manera».

Escuchar las historias, escribirlas y brindarlas al público permite ponerse en el lugar del otro. Es lo que cree Luis sobre su trabajo. Y, para él, las historias de estas personas demuestran que una decisión te puede cambiar la vida por completo. “Todas las decisiones que han tomado formaron esas personalidades: algunos más bruscos, otros más abiertos”.

A Úrsula, el ingresar al mundo de estas personas le ha dejado varias reflexiones. «Esto nos hizo pensar sobre lo terrible que es la indiferencia. Porque si no fuera por la pandemia, si no fuera por ese momento tan difícil, no nos hubiéramos dado cuenta de la frialdad y de la insensibilidad con la que circulamos por las calles de nuestro país».

Retrato de Barry Wallace Frank, estadounidense interno de la Casa de Todos. / Foto: José Vidal.

En la Casa de Todos, los responsables del proyecto encontraron historias de lustradores de botas, agentes de seguridad, profesores de inglés y de guitarra, obreros de construcción, comerciantes, vendedores de pañuelos, músicos, técnicos aeronáuticos, vendedores de sombrillas, asaltantes de casinos. «Había mucha gente. Entonces, los estereotipos y los prejuicios se empezaban a derrumbar. Eso realmente fue fascinante. Estos señores, que habían estado olvidados y tirados en las calles de Lima, muchos de ellos además con severas enfermedades, aceptaron la fotografía. Todas las fotos que tomó Franz son de gente que mira de frente, a los ojos. Realmente son impresionantes en términos de dignidad», expresa con emoción Úrsula.

Franz regaló copias de fotos a quienes quisieran. Úrsula cuenta que muchos de ellos, al verse, se asombraron de su envejecimiento. «Qué dura está la vida» o «no sabía que yo estaba así» eran algunas frases que lanzaban.

Además del docuweb publicado en UPC Cultural, el equipo ha hecho dos documentales cortos (uno en español y otro en inglés para el público de Reino Unido). También han elaborado un podcast y un libro con la historia de once personajes.

Ahí, en Acho, pasó algo mágico, asegura Úrsula. «Nos dimos cuenta de que todos tenían historias extraordinarias que contar. Detrás de estos señores olvidados, las historias no son para ser olvidadas y son de todo tipo: de empuje, de fracaso, de éxito, de soberbia, de tolerancia, pero también de una bondad indescriptible», finaliza.

Mario Noa Pariona y la guitarra con la que entona canciones religiosas. / Foto: Franz Krajnik.

Investigación: María Fernanda Lamus.

Author: Diego Ato

Comunicador por la Universidad de Piura. Cursó el Programa de Extensión Académica de Arte e Ilustración en Corriente Alterna. Coordina proyectos de formación democrática y de promoción de derechos humanos. Escribe e ilustra en la cuenta @Chicodeldrama en Instagram.