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La humanidad vive momentos en que existen muchas cosas que las unen, y la mayoría de estas son negativas: crisis económica, enfermedades, prejuicios raciales, etc. Y existe un antídoto que, si bien puede no solucionar o acabar con  todos los problemas de raíz, sí implica un paso en el camino de la mejora, de la superación: la verdad.

Desde cada estado y nación, los distintos poderes que gobiernan su territorio poseen responsabilidades únicas e inalienables, justicia, mandato, legislación, verdad. Es razón de existir de la prensa la distribución, la comunicación y el develar la verdad. La verdad puede no ser cómoda, y, en tiempos como los que se viven en la actualidad, no lo es. “La verdad los hará libres, pero primero los hará miserables”, dijo James A. Garfield, el vigésimo presidente de los Estados Unidos. Y es cierto, en tiempos problemáticos no existe más que verdades incómodas que, si bien parecen no ser lo mejor para comunicar, es lo que la prensa debe comunicar.

En el caso concreto del Perú, los medios tradicionales de prensa están acostumbrados a informar su versión de la verdad: mostrar absolutamente todo lo que hay. Esto, hasta cierto punto, es bueno. Existe en la labor periodística un imperativo moral de presentar las distintas versiones de un hecho, las dos caras de la moneda y el lado oscuro de la luna. Siempre que se encargue del angustioso y pesado trabajo de la verificación de datos (o fact checking), para que, después de presentar una perspectiva novedosa sobre un tema, pueda clarificar si esta es o no correcta.

En las últimas semanas se dio un bochornoso caso de fake news (noticias falsas) en el Perú que, por la confianza exacerbada e injustificada a nuestros medios por parte de agencias de prensa extranjeras, rebotaron incluso en la CNN. La imagen en plano medio de Jorge Cuyubamba, presentado como científico peruano que trabaja en un equipo de élite en China que está a punto de conseguir elaborar la tan esperada vacuna contra la COVID-19, se estuvo paseando por todos los canales de televisión desde Santa Beatriz hasta Pachacámac, desde Piura hasta Tacna. No hubo canal ni noticiario peruano que haya obviado el singular mensaje de este prodigioso compatriota, un prócer de la industria médica a la altura de Alcides Carrión.

Después de varios días de pregonar los estudios que, por si faltara razón para el orgullo, él mismo dirige a distancia sobre esta nueva enfermedad, se descubrió su verdad. Pero como para hacer la verdad algo más dolorosa y sentirse realmente miserable por la calidad del periodismo que abunda y sofoca, mas no acapara, toda la prensa del país, se mencionarán algunas de sus averiguaciones: dentro de los próximos meses llegarían la COVID-20 y COVID-21, la vacuna estará finalizada de aquí a tres meses como máximo y será gratuita para los países asociados a la China benefactora.

Ahora sí, la verdad. Jorge Cuyubamba no posee ningún título que lo acredite como médico. Para tal efecto, se le pueden acreditar un par de ciclos en la carrera de Medicina Humana de la Universidad Científica del Sur. Sin bachillerato, licenciatura, maestría, diplomado, cursos, talleres o seminarios que hagan notar su capacidad para ser parte de esta clase de investigaciones, las cuales supuestamente dirige.

Aquello es lo primero que puede saberse de él. Lo siguiente hace de Jorge Cuyubamba (el científico peruano sin título en Medicina que investiga una cura para la pandemia más importante de los últimos cien años) todo un personaje: existe en sitios web creados para presentar proyectos emprendidos por él junto a equipos de investigadores, científicos, ingenieros, etc. Largos discursos sobre cómo él ha sido becado por importantes universidades de China, luego de abandonar sus estudios en nuestro país por falta de dinero. Debido a su excelencia académica y a su espíritu revolucionario consiguió cientos de millones de dólares en financiamiento para un proyecto que incluye un trabajo en biogenética, clonación, nanotecnología, e ingeniería aeronáutica.

Jorge Cuyubamba es, en otras palabras, todo lo que un científico multidisciplinario aspira a ser a sus 29 años. Pero, claro, Jorge lo ha logrado de un día para el otro, y sin que muy pocas personas, salvo él mismo, lo noten. Un personaje histriónico a cuyos pies cayeron embelesados todos los presentadores de noticias (aparece la imagen de Juliana Oxenford comenzando una entrevista ruborizada por lo halagos que le brinda un Cuyubamba seguro y confiado de su expertise científica), al punto de pasar de uno a otro noticiario, en un par de días estando bajo el reflector de la cobertura mediática por el coronavirus; y hasta conversando con altos funcionarios del Ministerio de Salud al increpar al Estado peruano que no se le daba suficiente vitrina a gente como él que luchaba por la salud mundial.

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Para el sector periodístico, sobre todo el peruano, la crisis por el coronavirus ha caído muy mal. Con noticiarios, periódicos y emisoras de radio que a lo mucho invitaban a un experto médico en un segmento de 15 minutos semanales (y siendo esta persona la misma que saltaba de un estudio a otro), no hay forma de que la prensa estuviese preparada para una cobertura diaria, semanal, mensual y trimestral sobre una crisis sanitaria. No poseen una gran plana de médicos o investigadores de la salud que puedan servir de ayuda en la difusión de verdades, de medidas de prevención y de cuidado.

Pero la carencia no implica el conformismo. Es labor del periodismo el encontrar recursos, hallar formas de conseguir la verdad. Una simple investigación era necesaria para darse con quién era realmente la persona tras la fachada de joven promesa de la medicina internacional. Asimismo cada día, la prensa se encarga de difundir de manera irresponsable medicinas milagrosas, tratamientos alternativos sin eficacia demostrada, sustancias tóxicas que mediante su ingesta podrían o no ayudar en el proceso de tratar la COVID, sin tener siquiera pruebas científicas de su funcionamiento, apoyándose en testimonios amateurs y poniendo en riesgo la vida de toda la audiencia.

A veces, sobretodo en tiempos como estos, las responsabilidades (y aún más la falta de seriedad sobre estas) pueden expandirse y magnificar los resultados de no actuar con cautela. La prensa tiene el deber de comprobar las informaciones que le llegan para así informar correctamente a la población, sin propagar las noticias falsas, los charlatanes disfrazados de expertos y cualquier mensaje que pueda llevar a la población al colapso, debe ser capaz de decir la verdad aunque duela, aunque haga miserable. Porque, en la instancia última, la verdad tiene el verdadero poder.