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María Fernanda Lamus
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#Reportaje

Las mujeres con tatuajes siguen siendo estigmatizadas por la sociedad. Para estas mujeres, que viven con​ ​arte​ ​corporal​ ​permanente,​ resulta paradójico que, hacía ​8000​ ​años atrás,​ haya sido​ ​más​ ​fácil que ahora.

Al sentarse en el estudio privado de tatuajes de Adolfo Gutiérrez, es difícil no distraerse con la decoración. Un diablo rojo, de cejas negras y lengua reptiliana te mira​ ​sin​ ​parpadear​ ​desde​ ​detrás​ ​del​ ​tatuador​ ​mientras​ ​este​ ​habla.   

El tatuaje es una fiesta. Hay una ética de amigos. Estas máscaras ― dice Adolfo, mientras​ ​señala​ ​al​ ​diablillo​― ​me​ ​las​ ​han​ ​traído​ ​de​ ​Indonesia​ ​como​ ​regalo. 

Es una habitación de tamaño mediano, reducida a un tercio de su tamaño por la camilla para clientes. Hay varios estantes rellenos de tintas. Los incontables certificados, diplomas y máscaras colgadas en las paredes transmiten una sensación de terror al vacío. Adolfo explica que compró su primera máquina para tatuar el mismo año que terminó el colegio. Detrás de él, a medio metro del diablo rojo, el cuadro un perro hace pucheros mientras usa un chullo. Las curiosidades que empapelan el cuarto parecen confirmar las expectativas cliché sobre un estudio de tatuajes. En contraste, Adolfo defiende su arte con voz pausada, iluminada por el patrón explosivo dibujado​ ​en​ ​su​ ​garganta.