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#Reportaje

Las mujeres con tatuajes siguen siendo estigmatizadas por la sociedad. Para estas mujeres, que viven con​ ​arte​ ​corporal​ ​permanente,​ resulta paradójico que, hacía ​8000​ ​años atrás,​ haya sido​ ​más​ ​fácil que ahora.

Al sentarse en el estudio privado de tatuajes de Adolfo Gutiérrez, es difícil no distraerse con la decoración. Un diablo rojo, de cejas negras y lengua reptiliana te mira​ ​sin​ ​parpadear​ ​desde​ ​detrás​ ​del​ ​tatuador​ ​mientras​ ​este​ ​habla.   

El tatuaje es una fiesta. Hay una ética de amigos. Estas máscaras ― dice Adolfo, mientras​ ​señala​ ​al​ ​diablillo​― ​me​ ​las​ ​han​ ​traído​ ​de​ ​Indonesia​ ​como​ ​regalo. 

Es una habitación de tamaño mediano, reducida a un tercio de su tamaño por la camilla para clientes. Hay varios estantes rellenos de tintas. Los incontables certificados, diplomas y máscaras colgadas en las paredes transmiten una sensación de terror al vacío. Adolfo explica que compró su primera máquina para tatuar el mismo año que terminó el colegio. Detrás de él, a medio metro del diablo rojo, el cuadro un perro hace pucheros mientras usa un chullo. Las curiosidades que empapelan el cuarto parecen confirmar las expectativas cliché sobre un estudio de tatuajes. En contraste, Adolfo defiende su arte con voz pausada, iluminada por el patrón explosivo dibujado​ ​en​ ​su​ ​garganta.   

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― Siempre ha habido tabú con el tatuaje, porque lo han utilizado personas de mal vivir. Eso algo que asocian desde los marinos. En los puertos encontrabas de todo: criminales, prostitutas. Este tipo de gente eran lo más accesible para dejarse​ ​tatuar. ​​Era​ ​carne​ ​de​ ​cañón. ​​Así​ ​lo​ ​comenzaron​ ​a​ ​satanizar.    

Adolfo Gutiérrez, sentado en su estudio.

La tinta en la piel es una tradición tan antigua como la mismísima humanidad. La palabra ‘tatuaje’ viene del polinesio ​tatau. En esa cultura nativa, los tatuajes son más una cuestión de tradición étnica que un capricho estético. Sin embargo, no se conoce un origen histórico único para esta tradición.

Según TED-Ed, el registro más antiguo de tatuajes es local: una momia del Perú pre-Incaico tiene el labio superior tatuado desde 6000 a. C. Lars Krutak, un antropólogo especializado en el estudio tatuajes, cuenta que, de las muchas culturas prehistóricas de Perú, los antiguos Chimú (1100-1470 d. C.) fueron los más tatuados y elaborados de todos. Los estudios de las momias chimú indican que la práctica del tatuaje era bastante común entre hombres y mujeres. En algunos asentamientos costeros, se estima que al menos el 30% de la población puede haberse tatuado. La aplicación técnica del tatuaje era una forma de pincharse a mano o coser la piel, similar al bordado. Y se sugiere que las mujeres fueron las principales artistas del tatuaje.

Pero, en la Lima moderna, la cultura de la pintura corporal sigue siendo​ ​empujada​ ​al​ ​​underground. Especialmente cuando se trata de mujeres tatuadas.

El diario Perú 21 tiene un texto titulado ¿Qué debo hacer si mi hijo quiere un tatuaje?, donde la obvia respuesta es persuadirlo de que no lo haga. Cheri Gregory, una madre estadounidense, realizó una serie en su blog titulada Cómo amar a tu hija cuando odias sus tatuajes. Tiene once entradas, publicadas semanalmente, es decir, aproximadamente tres meses de luto por la tinta inyectada en la piel de su hija de veintiún años.

Publimetro y El Comercio advierten del estigma laboral: un tatuaje visible puede costarte tu próximo trabajo. El Comercio debate un poco sobre lo absurdo de juzgar la efectividad laboral a partir de un adorno corporal. Pero, al final, no hay nada que​ ​detenga​ ​a​ ​un​ ​reclutador​ ​prejuicioso​ . En la misma nota, hablan sobre cómo la gente todavía tiene más problemas con las mujeres y los tatuajes que con los hombres.

― Sobre todo, personas mayores que me tachan ― comenta sobre el tema Gabriela Morazzani, una joven publicista que cuenta con al menos trece tatuajes en los brazos, el torso y las piernas.

Un pikachú de unos 15 cm saluda desde la parte interna de su brazo izquierdo cuando lo levanta para acomodarse el cabello.

― Me miran con cara de que soy loca o rebelde.

Gabriela Morazzani

Katherine M., psicóloga y coach profesional, explica que las personas tienden a emitir juicios porque tienen creencias y valores específicos. Pero eso no quiere decir que tengan la razón. Al haber laborado en la gestión de recursos de una empresa de servicios, ofrece una perspectiva de primera mano sobre cómo se relacionan los tatuajes con el acceso al trabajo.

­―Cuando trabajé en el rubro del entretenimiento, hacíamos mucho hincapié al momento de hacer la selección. No se podían elegir a personas que tengan tatuajes que sean visibles con el uniforme asignado ―cuenta M.

Nicole Haaker es comunicadora audiovisual e ilustradora, como HumanNico. Tiene tres tatuajes medianos: dos, en el brazo y uno, en la espalda. Una rosa cubre casi toda la parte interna de su antebrazo izquierdo. Funciona como un delicado recordatorio del perfume de rosas de su abuela fallecida. También es el tatuaje más visible y cuestionado que tiene.

―En las comunicaciones hay bastante espacio en lo que puedes hacer con tu imagen personal ― cuenta, mientras se acomoda los lentes en el puente de la nariz―. Depende más de a qué posiciones quieras apuntar.

Nicole Haaker

Haaker explica que en el área administrativa de las comunicaciones hay parámetros más estrictos de vestimenta. Para un puesto de comunicación empresarial es probable que te exijan una apariencia más formal. Y es mucho más probable que los tatuajes sean mal vistos. Pero en el área creativa, donde trabaja ella, puede que hasta el CEO de la empresa salga campante con media manga pintada.

― Cuando postulé a un trabajo más tradicional, de mesera, sí cubrí mis tatuajes. Porque sabía que el uniforme no lo permitía ― recuerda Haaker sobre su experiencia aplicando a un hotel cinco estrellas en Estados Unidos―. Afortunadamente, el uniforme tapaba todos mis tatuajes. Sin embargo, si los hubiera mostrado, quizás no me hubieran dado el trabajo.

Nicole Haaker, cuando trabajaba en un hotel 5 estrellas, en Estados Unidos.

En teoría, no contratar a alguien por una decoración corporal sería un tipo de discriminación. En Estados Unidos y el Reino Unido, solo es legal si el código de vestimenta de una empresa privada prohíbe los tatuajes de manera explícita y argumentando por qué. En Perú, solo existen legislaciones relacionadas con la edad de consentimiento de quien se tatúa. Por lo tanto, no hay ninguna manera de defenderse si eres descartado de un puesto trabajo específicamente por llevar arte corporal. Además, es muy improbable que te enteres. Según Katherine M., las empresas no están obligadas a decirte por qué no has sido seleccionado.

― Cuando no seleccionas a alguien, no se le da el motivo de no calificación. Entonces no llegan a enterarse por qué no les puedes dar el empleo. Así que tal vez por eso no da la oportunidad de que denuncien ― explica M.

Hay muchísimas razones por las que alguien puede tatuarse. La psicóloga M. explica que puede variar desde un símbolo importante para la persona hasta una simple decoración. Pero eso no impide que la gente haga suposiciones negativas tras dirigirte la mirada por dos segundos. ― Los seres humanos siempre estamos etiquetando a otros ― afirma―. Por lo que las personas con esta modificación corporal se ven obligadas a planear sus vidas laborales caminando de puntillas alrededor de los prejuicios ajenos. Cada entrevista de trabajo, cada vez que conoces a un cliente nuevo, son puntos de quiebre en los que tienes que tomar una decisión: ¿oculto mis tatuajes o no?

― Cada que me he presentado a una entrevista los he tenido que cubrir [los tatuajes] para anteponerme a cualquier tipo de prejuicio ―cuenta Gabriela Morazzani―. Siempre yo voy con un blazer o con algo que los pueda tapar para la entrevista.

Otra situación incómoda recurrente es el trato con los servicios de salud. Según un artículo revisado por la Universidad de Illinois, la mayor parte de los riesgos de salud de los tatuajes están presentes al momento de realizarlo y durante la sanación. No se ha confirmado ningún efecto adverso a largo plazo para salud que sea causado específicamente por los tatuajes en vez de por una pobre aplicación. Y, según la Cruz Roja Estadounidense, solo tienes que esperar tres meses después de tatuarte para poder donar sangre, siempre que lo hayas realizado en un establecimiento apropiado. Pero eso no evita que prejuicios antiguos puedan entorpecer los servicios de salud para quienes llevan tatuajes.

― No me han dejado donar sangre varias veces. Mi tatuaje está justo debajo de donde te pinchan para sacarte sangre. Así que lo van a ver igual ― cuenta Nicole Haaker sobre las veces que ha intentado participar en colectas públicas de donación de sangre―. Me siento y les explico: “Mis tatuajes son viejos. Todos tienen más de tres años”. Pero ellos me dicen: “Bueno, yo no tengo cómo confirmar eso ahorita, así que no te permito donar sangre en esta campaña”.

Nicole Haaker, cubriendo sus tatuajes para el trabajo.

Gabriela, por su parte, ha tenido que lidiar con médicos que le reprochen sus tatuajes con un discurso sobre todos los posibles (pero no confirmados) riesgos relacionados a los tatuajes. ― Pero incluso después he ido a una dermatóloga a preguntar y nunca me ha mencionado nada ― comenta la joven algo confundida.

En el caso específico de las mujeres, un tatuaje a la vista puede agravar el riesgo de sufrir acoso callejero. Nicole lo describe como “otra herramienta que cogen para acosar gente”. Gabriela siente que lo usan como excusa para observarla de manera incómoda en la calle.

― Con el acoso, siento que los tatuajes como que jalan la vista de muchos hombres. Entonces, si tengo tatuajes en la pierna, me la están mirando, pero obviamente con una connotación más sexual ― narra Gabriela―. Como si eso les diera algún tipo de poder para molestarme.

Créditos: iStock.

Si hay tantas situaciones en las que una decoración corporal puede ser tan contraproducente, ¿por qué las personas se siguen tatuando?

― ¡Por lo que te dé la gana! ― exclama Nicole, para quien sus tatuajes son una fuente de confianza y felicidad.

Gabriela simplemente pregunta: “¿Por qué no?”. Para ella, es un arte como cualquier otro: las razones para coleccionarlo son muy personales. Y no hay ninguna razón para no hacerlo.

― Una vez escuché decir a alguien: “A mí no me gustaba mi cuerpo. Entonces me lo llené de arte que sí me gustaba”. ―comenta Nicole, con rostro pensativo―. Me pareció algo muy poderoso.

Créditos: iStock.

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