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Lejos de cualquier desvarío impropio de lo posible en este mundo, Camilo José Cela proyecta en La colmena la vida humana en todas sus luces y sombras. Madrid es importante en la medida en que el idioma español interviene como foco sustancial en la ponderación de la obra. Los lectores de traducciones —por más buenas que sean— no paladearán el sabor más exquisito del libro: los diálogos. Las conversaciones son las piezas del rompecabezas que ofrece la imagen del espíritu del hombre abstracto, es decir, de todos los hombres. En el fárrago de escenas reconocemos todas las personalidades más o menos tipificadas que impregnan de diversidad y, en consecuencia, riqueza a la experiencia existencial.

El estilo narrativo de Cela hipnotiza. Puede que los personajes sean demasiados, pero de otro modo no sería una colmena, y, por lo demás, no interesa mucho saber si es uno u otro quien presta su voz para encarnar cierto estereotipo conductual sino la sensación del acto, uno por uno, como fulgurantes momentos independientes entre sí. Pienso que el lector perseguidor de una lógica en la historia de La colmena concluiría el libro y, al cerrarlo, habría sido inferiormente enriquecido con respecto al lector hedonista, ávido de las inhalaciones del instante. La clave está en entregarse a las páginas con vocación de paracaidista. El salto presupone y garantiza la vivencia de dolores y carcajadas.

Cultura y disrupción

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La colmena es, por supuesto, una novela, pero no sería ningún desliz describirla como un magno conjunto de microrrelatos apenas sostenidos por nombres y apellidos —cual registro de identidad— audiblemente rememorados. El inventario de apellidos compuestos que aun el propio autor confunde (en uno de los brevísimos prólogos que escribió Cela, aduce, no exento de ironía, haber confundido la caracterización de cierto personaje con su oficio, por ejemplo, Fulano fue zapatero y carnicero la misma mañana) son ornamentales y quizá esa única función se evidencia en el hecho de que el escritor no se esmera en descripciones; es más, parecería que deliberadamente las elude para resaltar las actitudes por encima de las formas.

Hay poesía en la novela. No se trata sin embargo de prosa poética, sino que la poesía aparece en sus estructuras más convencionales, anexadas a modo de collage o ilustración de lo que el personaje está leyendo u oyendo, y, además, brota en los diálogos cierta línea de la tradición oral española que es heredada y pronunciada por algún ciudadano que, probablemente, no sabe que sus palabras reproducen el verso de sus ancestros. No lo sabe pero lo vive. Y el lector junto a él.