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Últimas entradas de Alejandro Alva Lagos (ver todo)

#Crónica

Durante la época del terrorismo, los peruanos se vieron inmersos dentro de un abismo en donde el miedo y la incertidumbre eran el pan de cada día. Las calles se mancharon de sangre inocente y, por las noches, los apagones y bombardeos enmudecían a familias enteras, quienes se refugiaban en la desesperación y el llanto.

La Comisión de Verdad y Reconciliación (CVR) estima que, durante esas dos décadas de violencia, al menos 69 000 compatriotas perdieron la vida como consecuencia de los atentados de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). La mayoría de las víctimas fueron campesinos, mendigos, minorías sexuales, funcionarios públicos y ciudadanos de todas las condiciones sociales.

“¿Alguna vez te conté cuando me llamaron los del MRTA?”, dice Alejandro, un hombre de 78 años, contador jubilado. Cabellos blancos —por el tiempo—, rostro que expresa elegante carisma, ojos que se pierden en el horizonte y el mar. Con su extraña pregunta, mi padre abre el telón de fondo y me lleva hacia las entrañas de un escenario tétrico, una ciudad envuelta por la penumbra y los laberintos del terror: Trujillo de los años 90.

Cuenta que un martes cualquiera estacionó su camioneta en el exterior de la Farmacia Solari, establecimiento que estaba ubicado en el centro de Trujillo y en donde se encargaba de la administración general. Cuando abrió la puerta y prendió las luces se dio con la sorpresa de que, en el piso, había una carta. Después de ver que su reloj marcaba las tres de la tarde, se acercó con curiosidad, casi con miedo, y la abrió para leer su contenido:

“Señor Alva, muy buenas tardes: somos del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. El motivo de nuestro mensaje es para solicitarle su colaboración con suturas MR50, algodón, alcohol y esparadrapos. Nuestros heridos de guerra están muy graves y queremos que tenga la bondad de proporcionarnos estos productos. Debe estar atento a la llamada que recibirá en un par de horas. Ahí le daremos las instrucciones y el punto de entrega”.

Mi padre era consciente de las acciones subversivas de los grupos terroristas. Mientras leía la carta, recordó que, en una noche de 1987, las poderosas cargas de la dinamita explotaron el carro del jefe departamental de la PIP, el teniente coronel Erwing del Pozo. Recordó también que Sendero Luminoso asesinó a sangre fría a un subprefecto y a un profesor en la sierra de La Libertad. Sabía que del terror no había escapatoria.

“Yo estaba cien por ciento seguro que de ese día no pasaba”, dice.

No le quedó más opción que ir al complejo policial “Alcides Vigo Hurtado”, ubicado en la Urbanización San Andrés de Trujillo. Les contó la forma en cómo había encontrado la carta, además de la urgencia de contar con el apoyo policial, ya que su vida corría peligro. Sin embargo, cuenta que los policías se negaron a esta última solicitud porque había que montar todo un operativo de inteligencia.

“Me dijeron que me iban a llamar a las cinco de la tarde, justo a la hora que también llamarían los terroristas. Los inteligentes de la PIP comenzaron con sus discursos y burocracias. La realidad era que se estaban orinando de miedo”, ríe.

Sin ninguna solución, decidió arriesgarse y coger al toro por las astas. Volvió a la farmacia y en dos bolsas oscuras metió todo lo que le pedían los del MRTA. Mientras las manijas del reloj avanzaban, la desesperación silenciosa se apoderó de él. A las cinco en punto de la tarde sonó el teléfono. La voz sombría de un joven de veinte años le puso la piel de gallina.

Cambiemos la dirección

Antes de recibir la llamada, un agente de la policía ingresó por una de las puertas de la farmacia y entre susurros le indicó que estarían vigilando el lugar en la esquina de la clínica Belén. “A la hora que levante el teléfono, procure hacer larga la conversación”, fueron las indicaciones del policía antes de marcharse.

— Señor Alva, buenas tardes. Somos del MRTA. ¿Tiene lo solicitado?

— Todo ya lo tengo preparado. ¿Dónde lo dejo?

— El punto de entrega será en la esquina del Colegio Modelo.

— ¿El colegio ubicado frente a la empresa de transportes Entrafesa?

A la espera de la respuesta, cuenta que la voz del joven se apagó y después de unos segundos de silencio alguien completamente distinto contestó el teléfono. Desde la esquina, los policías miraban de un lado a otro, mientras le hacían unas señas con sus manos que, según él, significaban alargar más la conversación. Pero la nueva voz que le habló fue más intimidante, al punto que no le quedó tiempo para responder absolutamente nada.

— Efectivamente, señor. Queda frente a esa empresa, pero tenemos que informarle que, por estrategia, el punto de entrega ya no va a ser ahí. Nosotros le avisaremos en unas horas.

La incertidumbre

Cuando el terrorista colgó, los policías se acercaron para preguntarle los detalles de la llamada. Pensando que todo lo habían grabado, que ya existía la evidencia suficiente para el inmediato actuar de las autoridades, que ya todo iba a estar bien y volvería a casa sano y salvo, confiesa que los policías le dijeron que la información se la llevarían a su jefe para recién armar el operativo de inteligencia. Sin más que decir, se marcharon de la farmacia con la promesa de contactarlo lo más pronto posible.

“Pero nunca más volvieron”, suspira.

Créditos: IDEH PUCP.

Las manijas del reloj avanzaban. El miedo y la tarde también. Se apoyó en su escritorio y pensó sin querer en Juan Casalino, su viejo compadre de la universidad. Tal vez él podría ayudarlo en esa situación. Por lo menos darle apoyo moral y compañía. Mi padre tan solo quería sentirse protegido y la soledad no es la mejor opción para enfrentar el miedo. Lo llamó por teléfono y le contó todos los hechos. Su amigo le dijo que, con Rafo (hermano de Alejandro), irían inmediatamente a la farmacia. También le advirtió que ni se le ocurriera moverse en caso de que los terroristas le devuelvan la llamada. Podrían citarlo en un sitio solitario y hasta matarlo.

“Me sentí un poco más tranquilo. Por lo menos iba a estar acompañado”, dice.

Pero su alivio no duró ni diez segundos. Al momento de colgar a Juan, recibió la llamada del MRTA. El reloj marcó las siete de la noche.

Ojos en la espalda

Enfatiza que la voz era más fría y tenebrosa. No solo lo amenazó con la dirección exacta del lugar dónde vivía, sino que también le dio el nombre completo de sus hijos e hijas. Además, le dio diez minutos para dejar lo solicitado debajo de un número “6” que estaba pintado en la pared del colegio San Juan de Trujillo. Sin pensarlo dos veces, mi padre cerró la farmacia y salió corriendo con las dos bolsas en dirección a su vieja camioneta Toyota Station Wagon.

“Para mi mala suerte la Avenida España estaba repleta de carros, pero el tráfico pasó rápido y arranqué como una bala hasta llegar a la Cruz Roja. Cuando estaba a punto de ingresar a la avenida que lleva al colegio San Juan, ¿qué crees que pasa?”, pregunta Alejandro.

Cuenta que el inesperado apagón que hubo en toda la avenida lo hizo pensar por primera vez en la muerte. Mientras el carro se adentraba sigilosamente en la oscuridad, en el exterior, las calles estaban vacías. Tan solo se veía la silueta de un joven que estaba arreglando su bicicleta, y más allá, a una pareja de enamorados que venían caminando de la mano. Llegó a la puerta principal del colegio, avanzó unos cuantos metros y apareció el 6 pintado en la pared. Suspiró, cogió con fuerzas las dos bolsas y abrió la puerta. Sin apagar la camioneta, saltó a las tinieblas y corrió hasta dejar las bolsas en el lugar indicado.

“¡Patitas, ¿pa’ que te quiero? Volví como loco a la camioneta y salí disparado hacia la farmacia”, sus ojos dejan de mirar el horizonte y ahora resaltan el miedo que debió haber sentido en ese momento.

Minutos después volvió a recibir una llamada. El Movimiento Revolucionario Túpac Amaru le agradeció eternamente y le aseguraron que, cuando triunfe el movimiento, su nombre estaría en una lista de personas que contribuyeron en la salud y bienestar de los soldados heridos en combate. Colgaron.

DATO:

El movimiento terrorista nunca triunfó, y sus cabecillas enfrentaron su último combate, pero esta vez la victoria fue de la justicia. Víctor Polay Campos, líder y fundador del MRTA, fue capturado y encarcelado en julio de 1992. Tras su detención, Néstor Cerpa Cartolini asumió el liderazgo hasta su muerte en la Operación Chavín de Huantar, el 22 de abril de 1997.